El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

Reconociendo violencias

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Lo siento, sí.

A lo mejor me he pasado.

A lo mejor, diciendo esto he herido susceptibilidades. Perdón.

O no.

En primer lugar, he de decir, para explicar mi comportamiento, que no soy un “pack” de happy flower. Que no por creer en un nacimiento pacífico sin violencia para madre e hijo, o en una crianza respetuosa, o en brazos y cariños “a demanda”, no me cabreo y doy un golpe encima de la mesa.

No.

De hecho, si tuviera a Estivill así, cara a cara, probablemente lo encerraría en una habitación sin vistas, oscura y digna de las peores pesadillas de la calle Elm, para que probara un poco de su propia medicina. A ver si seguía vendiendo libros. Un zulito rico para el doctor.

Y lo genial de la situación es que estoy segura de que a todos vosotros, aquellos que compartís conmigo la misma filosofía de crianza de los hijos, se os ha pasado la idea alguna vez por la cabeza. Venga, admitidlo.

Si a un niño le abandonas, llorará hasta que le hagas caso. Los mineros cortan el tráfico.

Admitid que vosotros sois también capaces de ejercer violencia. Porque eso es así. Porque todos somos capaces de ese golpe sobre la mesa. O sobre la cara de alguien en según qué momentos. Y si no lo admitís es porque queréis engañaros a vosotros mismos, porque es más fácil dormir por las noches pensando que somos Teresa de Calcuta. Y es que hasta Teresa de Calcuta, hijos. Incluso me imagino a Gandhi perdiendo los estribos. O defendiendo lo suyo. Nunca se sabe dónde está el límite de cada persona. Pero tened claro, que todos los tenemos.

En mi caso, y lo tengo que reconocer, mi límite no está precisamente escondido.

Soy una persona muy visceral. A lo largo de los años, he ido cambiando la visceralidad por la vehemencia. Pero todavía tiemblan las puertas de mi casa cuando me cabreo mucho, porque saben que alguna se va a llevar un buen portazo. Y a pesar de mis firmes convicciones sobre la crianza, aún me cuesta mucho trabajo no levantar la voz a mis hijas cuando me exasperan.

Pero me gusta ser visceral. Porque es verdad que la violencia sale más fácilmente que en otros caracteres, pero también el amor, el contacto, los abrazos, las risotadas… En general, las personas que tenemos este rasgo de carácter, tendemos a vivir muy intensamente cada una de nuestras experiencias vitales. Y no quiero renunciar a eso. Seguiré tratando cambiar la visceralidad por la vehemencia cuando lo primero que me salga sea un taco muy gordo, o un portazo importante. Pero hasta ahí.

En este punto diré que jamás justifico la violencia, ni siquiera la que a mí se me escapa. Nunca.

Pero también diré que no voy a condenar según qué tipo de comportamientos, porque hay límites, y cada uno tiene el suyo.

Entramos ahora en el post.

¿Os he dicho ya que soy periodista?

Es algo que, a mi modo de ver, no se puede evitar. Quiero decir que no por no ejercer como tal se deja de ser periodista. Hay personas que, simplemente, lo son, y no se pueden evadir de ello. Es la mirada crítica, el análisis, el mirar con lupa lo que acontece a tu alrededor y hacerte una composición de lugar. Si además ya no le debes nada a ninguna empresa, si puedes ser periodista de ti mismo, entonces es fantástico, porque no mediatizas nada, lo diseccionas y te lo comes. Y luego si eso, lo vomitas.

Lo de la crisis no es de ahora. Viene de lejos, de mucho más lejos de lo que la peña quiere ver, y de lo que otros van a permitir que se vea, claro.

Hace algo más de 10 años la burbuja inmobiliaria ya se veía que tenía que estallar. En la provincia de León, en aquél entonces, se despidieron a 35 periodistas de distintos medios de comunicación, en el mismo año. Si tenemos en cuenta que León es una provincia pequeña con poco interés mediático (sic, lo siento, pero es así) y donde se sobreexplota al periodista obligando a uno a hacer el trabajo de 3, podéis imaginar que 35 despidos es la caña. Nadie dijo nada. Ni nosotros.

Desde entonces yo he ido viendo cómo caían sectores, uno tras otro.

Recuerdo cómo una amiga, ingeniero de telecomunicaciones ella, me comentaba que estaban viendo cómo sus condiciones laborales se iban recrudeciendo. Hasta qué punto había gente que había contratado hipotecas de miles de € al mes, porque las podían pagar, y se encontraban con que en las empresas les iban bajando el sueldo, y cada vez tenían menos que decir. Recuerdo comentarlo en casa, y oír aquello de “no seas tonta, mírate tú, que ellos tienen mucho”. Una mirada para otro lado, la segunda, en realidad. Y la razón era no ser tonta, porque para mí tenía, y los telecos estaban forrados.

Hace un par de años fueron los controladores aéreos. Se iban a empeorar sus condiciones laborales, y ese empeoramiento, iba a tener como consecuencia la bajada de sus sueldos. Para su desgracia, sus sueldos eran muy altos. Paralizaron el país unas horas, con millones de pérdidas como consecuencia, y se les llevó a juicio por ello. Nadie les apoyó. Desde los medios de comunicación se recordaba constantemente los sueldos astronómicos que cobraban los controladores, y a la peña le parece mal que el vecino gane más que él.

Voy a hacer aquí un inciso, para decir, que pese a quien pese, igual que tenemos un punto violento en nuestro ser, también tenemos un punto mezquino. Ése que hace que en el fondo, nos alegremos de la desgracia ajena cuando ésta hace parecer menor la nuestra. Esa mezquindad de la que se aprovechan quienes nos gobiernan para manipularnos, y que han aprovechado para ir desmontando, piedra a piedra, el Estado de Bienestar.

Vale. El caso es que recuerdo una conversación de sobremesa sobre los controladores, en mi casa. A mí me mosqueaba, porque es que creo que si quieres ganar lo mismo que un controlador, pues hazte controlador, pero no la emprendas contra un colectivo de trabajadores que ve peligrar sus condiciones laborales, sólo porque “ya te gustaría a ti tener esas condiciones y ese sueldo”. Volví a oír la palabra “tonta”. “No seas tonta, que esos ganan un pastizal y mira tú cómo estás”.

Un poco después empezaron a ver peligrar sus sueldos y condiciones laborales los maestros y profesores. La frase: “anda, que tienen 3 meses de vacaciones al año, que se jodan y trabajen como todo el mundo”, estaba en boca del personal.

Bien, voy a aclarar algo que algunos profesores, no saben sobre sus condiciones laborales: NO TIENEN 3 MESES DE VACACIONES AL AÑO. Los maestros y profesores tienen al año el número de días de vacaciones que corresponden al número de días trabajados y cotizados, como todo el mundo. Lo que ocurre es que, como los centros docentes están 3 meses al año cerrados, y para que no se tengan que ir al paro, se coge su sueldo bruto de un año, cotizaciones incluídas, y se prorratea en 14 pagas. Por eso, maestros y profesores tienen, de media, sueldos menores que técnicos de categorías A o B en el resto de Administraciones Públicas. Además, que si te apetece tener 3 meses de vacaciones al año, métete a profesor, pero no acumules tanta envidia como para no apoyar, aunque nada más sea en la mesa del café, a un colectivo que por otra parte, tiene en sus manos la educación de tus hijos.

A estos funcionarios les siguió el resto. Por supuesto, a los funcionarios de las Administraciones Públicas no les iban a apoyar los que habían sufrido antes, porque lo habían sufrido solos, así que se sentaron a mirar divertidos; pero tampoco el resto, una vez más por lo mismo, y una vez más, los que decimos algo, somos tontos, porque ellos tienen un puesto fijo, y seguro que por enchufe.

Y de los enchufes hablaremos otro día. Porque estoy segura de que nadie rechazaría un enchufe con tal de trabajar, pero cuando no lo tenemos, no podemos soportar al que sí lo tiene.

El siguiente paso en el gran plan de “desmontemos la democracia” ha sido convencernos de que estamos divididos, y que si apoyamos según qué tipo de iniciativas entonces nos corresponde determinada etiqueta. Y estamos poco dispuestos a ser etiquetados, porque la etiqueta nos señala. Además, cuando estamos divididos por colores es más fácil distinguir al enemigo. Y es curioso, porque los que se empeñan en emplear colores políticos para dividir, TODOS, visten de azul. Será para que a ellos no se les distinga.

Así que el siguiente paso es jugar la partida de pint ball más ridícula jamás jugada. Donde unos se lanzan pelotas azules y otros pelotas rojas, a modo de acusación.

Y en este punto, yo ya empiezo a cabrearme, porque veo que una profesora del colegio público al que van mis hijas, intenta esquirolear a sus alumnos el día de la huelga general. Y apunta contra ellos su rifle de bolas rojas. Y resulta que a mi hija le estalla una en el pecho cuando digo “tú no vas, porque yo hago huelga”. Vale, ya somos rojos. Que además, según los azules, somos unos insolidarios y los causantes de la crisis. Cágate lorito.

Mi vena se hincha, claro. Y noto que un calor muy característico inunda la parte superior de mi cuerpo. Pero no pierdo los estribos. Llevo años transformando mi violencia en vehemencia.

Ahora las discusiones con la profesora de mi hija, nunca directas, son diarias. Y la mando, el día de la huelga de educación, que por supuesto su profesora no sigue, porque “aquí somos trabajadores, no huelguistas”, con un brazalete verde en apoyo de la escuela pública. Pero va.

Y llegamos por fin (disculpad que esta entrada es muy larga, pero es que no puedo quitar palabras) al tema minero.

Un tema que lleva ya años.

Como periodista sé que la ayuda al sector minero es muy inferior a las ayudas que se están dando a otro tipo de energías. Como periodista sé que muchos especuladores del viento se han forrado en los últimos años sin un solo molino. Como periodista sé que el carbón sigue siendo necesario para alimentar los altos hornos, imposibles de mantener en marcha con energía solar, por ejemplo. Como periodista sé que se han cargado la Siderurgia en España para poder aumentar la alemana. Y como periodista sé que a medida que se cierren minas aquí se abrirán las teutonas.

Ahora la vena está que revienta.

Como espectadora con criterio (porque soy periodista, y veo la tele de otra manera) me llevan los demonios las encuestas en las que la peña habla de “apretarse el cinturón”, las declaraciones de todo el mundo justificando lo injustificable.

Como hija veo la preocupación en los ojos de unos padres que han trabajado toda su vida y que ahora tienen enfermedades crónicas MUY CARAS, que se cagan cada vez que alguien habla del copago (repago), y oyen a alguien decir que hay que recortar en sanidad mientras se subvenciona el dispendio de los bancos y se suben los sueldos de los políticos.

Y sin darme cuenta, mi cuerpo ya está en posición de lucha, con la derecha arriba y la izquierda cubriéndome la cara, como un boxeador que sabe lo que viene pero que no va a tirar la toalla sin romper la nariz al contrario.

Y esta es la violencia de los mineros. Una mujer reivindicando lo suyo y lo de su familia, y recibiendo hostias como panes.

Y entonces veo a mi gente.

Las lágrimas en los ojos de mi amiga.

El miedo de toda una comarca.

La destrucción de una provincia.

Y a nadie le importa. Ya no queda nadie que luche porque los de arriba ya han caído y les puede el rencor, y los que quedan sólo quieren no ver, no sentir.

Que me dejen en paz, que hagan lo que quieran pero que no me toquen los garbanzos.

Y entonces grito

¡¡¡¡¡¡¿PERO NO VES QUE YA TE LOS HAN TOCADO? ¿NO ENTIENDES QUE NO TIENES NADA, SÓLO LA CARIDAD DE QUIEN LE HA QUITADO TODO A TODOS? ¿ESTÁS CIEGO?!!!!!

Sí, es mi golpe encima de la mesa, mi voz levantada, el portazo que por fin ha hecho añicos la puerta.

¿Que si justifico la violencia?

NO. Ni siquiera la que yo ejerzo. Soy consciente de ella y no me gusta, y por eso no la justifico.

¿Que si condeno esta violencia?

Mientras ellos no condenen la suya, mientras un pueblo tenga que defender a unos hombres de unas pelotas de goma que no tienen ojos para distinguir a los niños, NO LA CONDENO.

¿Que si no siento lo que he dicho?

No.

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