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Acompañando tu maternidad

Recolecto partos y empiezo por el mío

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Casi todos los días llego a casa con una historia de parto; casi todos los días, con una historia de un MAL parto.
Será por mi carácter (tengo mi genio) o por mi propia experiencia, el caso es que me enervo; me pone de mal humor y me indigna escuchar y sentir esos partos.
Ayer mi marido me decía que los escribiese, que la mejor manera de denunciar es informar. Tal vez alguien los lea, alguien de los que asisten esos terribles partos. Tal vez ese alguien ni siquiera se había planteado que fuera algo malo, que la mujer saldría de allí herida en lo más sagrado, su alma. Tal vez si lo ve escrito, esa persona se lo plantee y comience a asistir partos de otra manera. No lo sé. La verdad es que más bien pienso que mi marido es muy ingenuo y de verdad cree que todo el mundo es bueno. Yo ya me he llegado a plantear que no es que sean malos, es que les da igual.
Pero hay una cosa en la que tiene razón: la información es poder; y eso es así en todo. Una mujer con información tomará decisiones más conscientes que una mujer sin información.
En cualquier caso, no voy a ser yo quien escriba los partos de estas mujeres que lloran aquí conmigo (un parto robado suele ser el inicio de una lactancia robada, y vienen a intentar recuperar la segunda, ya que el primero nunca más será suyo). No me siento digna de interpretar sus sentimientos y narrar sus emociones.
Pero sí voy a pediros que seais vosotras quienes compartais esos relatos. Por vosotras y por las mujeres que os siguen. Porque así recuperáis vuestro poder y cerráis vuestras heridas. Porque llorando todas juntas puede ser que ese llanto cobre un sentido y dejemos de ser unas locas que no saben lo que quieren ni lo que tienen.
Y por aquello de dar ejemplo, voy a empezar yo.
Me costó 8 años escribir mi parto y sigue costando compartirlo. Creo que lo más terrible es el tiempo que tardé en darme cuenta de que había sido maltratada. Y eso es lo más terrible: el maltrato en el parto, la violencia obstétrica, no existe, no se ve, porque se asume como algo normal.

Siempre me he considerado una mujer bastante inteligente, y he tenido la suerte de tener acceso a una muy buena preparación académica. Desde que recuerdo, en casa me han tratado con respeto y nunca me he sentido menospreciada ni ninguneada. Salí de casa con 19 años y mis padres me empezaron a tratar como una adulta, y siempre me han animado a tomar decisiones. Pero me quedé embarazada.

Desde el principio del embarazo quienes me atendieron me trataron concondescendencia, y es curioso, pero no me di cuenta. Cuando mi gine me dijo cuándo salía de cuentas, yo le dije que a mi me salía otra fecha, semana y pico más tarde, y me dijo quemás sabría él, que si las cuentas se hacían así y asá. Claro, él es quien sabe. Así que cuando cumplí y me pasé de fecha, de “su” fecha, no me pareció raro que me dijera que había que ir al hospital a inducir. No se podía esperar más, porque podría estar arriesgando la vida de mi hija.

Pero cuando iba a ir al hospital a que me indujeran el parto, comenzaron las contracciones. Eran muy soportables y me hacían tanta ilusión… El momento más feliz de mi vida estaba ahí; iba a conocer a mi hija mayor.

Cuando llegamos al hospital, después de ingresar, de ponerme aquél ridículo camisón que no se abrochaba por ninguna parte, me pasaron a monitores; allí había otras 10 mujeres cada una en una fase de su parto, todas expuestas, entre un montón de gente pero muysolas. Pero era normal; ¿dónde iban a estar si no?

Recuerdo el dolor. Un dolor insoportable que hacía que mi cuerpo se levantara solo. ¿Cómo me podía pasar eso? Debía estar tumbada; los cables, los monitores, todo.

Primer tacto. No estaba dilatada ni un centrímetro. El cuello empezaba a borrarse, pero no había manera de dilatar. La matrona sólo dijo: “te voy a ayudar un poco”. Y tiró del cuello de mi útero hacia arriba. No me lo esperaba y sentí aún más dolor. La siguiente contracción casi me parte…¡y no habíamos ni empezado!

Otra matrona me dijo que mejor estuviese en la cama cuando me llevaran a la habitación, porque había veces que las contracciones comenzaban por el movimiento y en reposo se paraban, y así sabíamos si estaba realmente de parto. “Cuando los dolores sean menos soportables en la cama, entonces vuelves.” Y otra vez para la habitación.

Mis compañeras de cuarto (4) ya habían dado a luz todas, y la verdad es que me daba mucha vergüenza quejarme con ellas y todos sus familiares allí, así que tumbada, en la cama, sobrellevaba como podía aquello, poniendo buena cara además a todas las personas de mi familia que habían ido al hospital a verme.

Después de merendar volví a monitores. Estaba tan cansada

De nuevo atada, con aquella sensación de que saldría volando fuera de la cama en la siguiente contracción. Ahora otra matrona. Otro tacto. De nuevo sin dilatar ni un centímetro. Otro Hamilton para “ayudarme”. Salí de monitores llorando.

A las 2 de la mañana, acallando mis ganas de gritar para no despertar a mis compañeras, mi marido decide que ya está bien, que va a llamar para que me vuelvan a meter en monitores a ver qué pasa. Necesito algo para el dolor ya.

Vuelta a monitores y aquí hay otra matrona. “Estás de un centímetro. Aquí dice que ingresaste de parto a las 2 de la tarde. Pues hija, si en 12 horas lo único que has podido dilatar es un centímetro, es que no vas a dilatar. A las 8 te llevarán a inducción y ya verás, lo mismo es cesárea. Pero la mala noche no te la quita nadie, porque no te pueden poner nada si no estás de 3 centímetros por lo menos”. Volví a salir de allí llorando, pero por lo menos no hubo más ayudas.

A las 4 de la mañana vomité. Lloraba y me encontraba tan mal que mi marido volvió a llamar. Mala suerte. Estaban con un parto, así que me engancharon y me dejaron allí sola. Era la única vez en el día que veía la sala de dilatación sin mujeres, y era cuando más necesitaba compañía. Me moría de miedo. Necesitaba a alguien allí, alguien que me dijera que todo iba bien, que no me preocupase. Pero no había nadie.

Dí rienda suelta a mis emociones y empecé a llorar y a pedir ayuda. Ahora lo pienso y sigue dándome vergüenza. Pero el caso es que no vino nadie.

Cuando terminó el otro parto, llegaron las matronas con la mujer que había dado a luz…sola. Estaba recuperándose, claro.

Me miraron con cara de pocos amigos, como diciendo “esta es una exagerada que nos va a dar la noche”, y yo me sentí así, la verdad. Me dijeron que tenía poca tolerancia al dolor, porque las contracciones, según la gráfica del monitor, aún no eran de parto, porque eran “chatas”; pero cuando me hicieron un tacto resultó que estaba ya de 5 centímetros; media hora antes estaba de un poco más de 1.

Rápidamente se pusieron las pilas: me pusieron una vía, me rasuraronrompieron la bolsa y me pusieron un enema. “Ahora vas al baño y haces caca”. Fui al baño, pero según me senté mi cuerpo se revolucionó y empezó a empujar ¡solo!. Me asusté muchísimo y pedí permiso para salir del baño sin hacer de vientre porque sentía que lo iba a tener allí mismo. Casi no llego a la cama cuando otra contracción casi me parte por la mitad. Me volvieron a tumbar, aunque costaba trabajo hacerse cargo de mi cuerpo. Estaba de 8 centímetros. “El anestesista no va a llegar”, dijeron. Pero llegó enseguida.

Me sentaron. Las contracciones eran tan seguidas que no era capaz de estarme quieta. “Curva la espalda hacia fuera y estate quieta”. “No puedo, de verdad que no, lo siento“. El anestesista era un gran profesional; a la primera acertó sin problemas a pesar de que yo no colaboraba nada.

Fue inmediato. Dejé de sentir. Pero no pude recuperarme: había que ir a paritorio.

Allí estaba ya mi marido, que me ayudó a ponerme en el potro, porque casi no me respondían las piernas. Me dijeron que empujase cada vez que notase la tripa dura, y eso fue lo que hice. Empujé y empujé. En un momento dado, le dije a la matrona que por favor no cortase; en ese momento cortó. A los dos segundos sentí a mi hija recorrer todo mi cuerpo hacia la salida. Allí estaba, con los ojos muy abiertos, a dos metros de mi. No pude ni tocarla; me quedé llorando como una gilipollas, esperando que alguien me la llevara, y lo único que conseguí es que me la acercaran en una cuna transparente. No la olí ni ella a mi; no me vio, seguro, porque estaba demasiado lejos.

La matrona ya estaba cosiendo, cuando se dio cuenta de algo: “la niña te ha desgarrado por dentro; menuda escabechina te ha hecho“. Se llevaron a la niña y le dijeron a Javi que fuera con ella para ver cómo la bañaban. Avisaron a una gine porque aquello no lo podíanarreglar ellas.

Cuando llegó la ginecóloga se me estaba pasando el efecto de la raquídea. Me dijeron que aguantase, porque aquello había que hacerlo ya y era mejor no poner anestesia local, porque “se puede edematizar la cicatriz”. Sentí que me daban la vuelta como un guante. No puedo decir más.

Tardaron 5 horas en llevarme a mi hija; ya la habían dado biberones, y sólo me dejaban tenerla en la habitación 1 hora cada 3, con un descanso de 6 horas durante la noche. Mala información y poco apoyo: una lactancia de 6 días.

Cuando terminé la cuarentena fui a la visita de mi gine a ver qué tal estaba la cicatriz. Echaba mucho de menos a mi marido, así que deseaba con todas mis fuerzas que me dijesen que el desaguisado que me había causado mi hija ya estaba bien. “Ya ni se nota, tienes buena encarnadura, hija. Puedes retomar tu vida sexual cuando quieras“.

Tenía tantas ganas de volver a estar con él… Ese mismo día pusimos la cuna en otra habitación; ya era hora. Otra violencia: la separación.

Fue una experiencia horrible. Volví a sentir que era un guante al que estaban dando la vuelta. No volví a permitir que mi marido me tocase en casi 2 años.

Costó mucho. Un apoyo incondicional de mi marido que nunca me presionó, y unaterapia psicológica y física de recuperación del suelo pélvico. Mucha información sobre todo lo que había ocurrido aquel día, sobre la causa de aquel desgarro.

Alguien me habló de una tela, una larga y resistente pieza de loneta; si estiras de la pieza de loneta, por fuerte que lo hagas, la loneta no se rompe. Pero, ¿qué pasa si haces un pequeño corte, apenas medio centímetro, en uno de los lados de la loneta? Si vuelves a tirar, la loneta se rompe. Mi vagina se rompió porque alguien decidió ayudarme con un pequeño corte en su base. El gine que me dio el alta sólo valoró la cicatriz de la episiotomía, no la interna, que no había curado y aún estaba inflamada. Además, el periné quedó afectado y se había “cosido de más”; de ahí el dolor y la sensación de “darme la vuelta”, que tanto me recordaba a cuando me cosieron en mi parto.

Una vez recuperada, tanto física como psicológicamente, si pude volver a mi vida de antes,pero fue un largo camino.

Esto ha sido muy duro de escribir, pero creo que era necesario.

Para mi, porque tenía que verlo reflejado de una vez; han pasado casi 8 años y no quería ni pensar en ello, y eso no es bueno. Pero también por otros.

Últimamente leo en los foros hombres que aseguran que las mujeres dejan de interesarse por ellos cuando tienen hijos. Su idea del sexo es que simplemente, después de la maternidad, no existe. Mi marido me preguntó qué sentía, si me podía ayudar, y con su pregunta y su apoyo, salimos de ello y retomamos nuestra vida como pareja; pero no todos son iguales.

Y este es otro tipo de violencia, la que se da fuera del hospital, la de todo el mundo cuando asume que tienes que recuperar pronto tu vida, y que le debes algo a alguien que no seas tú misma y tu hijo.

Y no se trata sólo de maridos, es la sociedad en general. Todo el mundo juzga el resultadoy se quedan ahí, así que si tú estás bien, si tu hijo está bien, qué mas quieres. Ya sabemos todos que las cosas no van a ser igual, pero es normal. Y eso hace que te encierres y no digas nada; nadie quiere ser la loca que no sabe lo que tiene.

Y a vosotras, las que aún no habéis parido, informaros, informaros mucho. Dónde, quién, cómo. No paréis de preguntar. No permitáis que os infantilicen, ni que os traten con condescendencia. Cuando llegue el momento todo el mundo tiene que tener claro que sois mujeres hechas y derechas, con conciencia de su sexo y de su cuerpo.

No lo olvidéis: vuestro cuerpo es vuestro, y vuestro parto también.

2 Comentarios

  1. Jooo, que pena que tuvieras que pasar por eso.

    Mi parto (junio de este año) no fue como yo esperaba, es cierto, pero no tengo muy mal recuerdo.

    Yo quería dilatar con ayuda de mi pelota de pilates, parir sin epidural, en vertical y sin episiotomia.

    No pude usar la pelota por bolsa rota, me puse la epidural porque no había dilatado nada en 10 horas y las contracciones eran muy dolorosas. Puesta la epidural adiós al parto en vertical. Tras la epidural y la oxitocina una dilatación muy lenta así que en el expulsivo dieron un pequeño corte (informandome antes) porque yo estaba ya muy cansada.

    Aún no siendo como esperaba tuve la gran suerte de que dentro de lo posible fui respetada, me explicaron todo lo que me hacían en cada momento.

    Para mí lo peor fue el postparto porque sangre muchísimo pero debo decir que ahí también me sentí muy cuidada.

    Por eso, por no salir todo como yo esperaba y deseaba no me dejé vencer cuando la lactancia se tornó complicada, aquello si lo podía controlar yo, aquello tenía que salir; y salió: casi 5 meses y una feliz lactancia materna exclusiva

  2. Pingback: Acompañamiento del embarazo y posparto |

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