El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

9 abril, 2014
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Soy Yo

Si ahora fuera a contaros esto, empezaría con un largo e intenso silencio…

Estoy escribiendo, y en el negro sobre blanco los silencios son difíciles, yo diría que imposibles, porque significan la no existencia, la nada.

Hoy escribo para deciros que La Teta y Más se reinventa una vez más, pero no.

Hoy escribo para deciros que soy yo, y que no me reinvento, ni me invento: me descubro a mi misma y me comparto con vosotros.

Llevo ya tiempo (meses) un poco oculta. Han pasado muchas cosas en mi vida que me han afectado mucho más de lo que yo creía o estaba dispuesta a aceptar. Y no voy a hablar una vez más de la gente que se me ha ido, las mujeres de mi familia que ya no están y me han dejado un hueco eterno, porque ese hueco, aunque no se llena, se oculta al reordenar la mochila para seguir viajando. No. Son más cosas.

Hace meses me trasladé. Toda la familia nos mudamos a otro lugar, muy cerca de casa, es verdad, a otra casa que también era la mía. Una casa llena de fantasmas, de esos fantasmas buenos que te recuerdan lo que eras y lo que querías y esperabas hace…la mitad de mi vida.

Y la tienda cerró, y con ella, otra parte de la vida que se ha llevado, en prenda, relaciones, emociones, distancias, cercanías. Con aquello hemos tenido que aprender a vivir sin algunos, y pendientes de otros. Hemos tenido que aprender a vivir con la sensación de haber perdido mucho más que la tienda, porque han aflorado sentimientos que a nadie le gusta tener presentes.

De repente, todo lo que yo era ya no estaba. El caso es que nunca he sido más que lo que hago. Es complicado.

Raquel García ha sido periodista, hija, hermana, prima, sobrina, amiga, esposa, madre, tía, gerente de una tienda, asesora, … Me he definido siempre por lo que hacía o lo que quería hacer, y nunca, jamás, me había tomado el tiempo de pensar en lo que soy: mujer. Y he tenido que llegar a un momento de mi vida en el que el lugar en el que estoy hace menos inmediato el contacto con las amigas, con mi madre, … En que mis hijas ya no necesitan mi presencia constante … En que el negocio ya no tiene un lugar físico al que acudir cada mañana. Ha tenido que ocurrir todo eso en mi vida para verme en realidad, sin las cosas que hago, y tener que obligarme a buscar lo que soy de verdad y cómo es esa mujer que me mira desde el espejo cada mañana.

crisálidaEl caso es que todo esto  ha ido formando en torno a mí una especie de crisálida de apatía, que cada vez era más densa. En lo personal, en mi yo de más adentro, me ha resultado difícil organizar mi tiempo, no quedarme perdida en mitad de algo, con la mirada hacia algún sitio del que no era, ni soy, consciente. Y en lo demás…

He tratado de deshacerme de cosas, lo habéis visto, con ofertas y actividades varias, pero no podía llenar esos huecos con nada más. El teléfono lleva meses apagado, sin contestar a nadie. Pero no lo doy de baja, sigue ahí, y sus facturas me lo recuerdan todos los meses.

Pero ya.

De repente hubo un día en que me di cuenta de que había un trocito de seda de la crisálida menos densa y que dejaba pasar la luz. Y en cuanto quienes me quieren han visto que empezaba a verles, se han puesto delante para que tomara conciencia de ello.

Y mi comadre del alma me dijo con sus acciones que confía en mi y que tire.

Y otra comadre, a la que no he puesto piel, pero sí muchas horas de letras, me dice que quiere que esté con ella y me ofrece el mejor regalo envuelto en la caja  de una formación que me ha devuelto ganas.

Y empiezo a pensar: yo soy otra, soy Raquel, la mujer que necesita saber, que mira con curiosidad, que adora compartir, para la que es imprescindible conocer cosas nuevas a cada momento. Soy Raquel, ya no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más es la puerta de mi casa, donde estoy yo, Raquel. Soy Raquel, la que es feliz cuando otra mujer se mira en sus ojos y se encuentra en ellos.

Y empiezo a gestar, porque soy Raquel, una mujer fértil.

La Teta y Más no se puede reinventar. Las reinvenciones son fruto de la desesperación por abrir vías de negocio, y esto no es sólo un negocio, sino una forma de vida; la forma en que yo quiero vivir mi vida. Y me tiene que dar de comer, sí, pero no hay que reinventar nada. Porque La Teta y Más soy yo, y yo no tengo que reinventarme, sino demostrar que soy yo.

Pero había algo que me retrasaba. Un hilo de seda atándome un pie. La ausencia, supongo, de una excusa.

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Pero, y esto es para que veáis que todo lo que ocurre en la vida es importante, un hacker hijo de puta (no había escrito ni un solo taco, y esa también soy yo: Raquel habla peor que un carretero) llenó de software malicioso el blog que yo dedicaba a los productos, destruyendo todas las bases de datos, igual que las bases de datos de la careta de entrada a la web. Me acordaré, lo juro, de todos los ancestros del personaje, porque el buscador de google me sigue teniendo en cuarentena, y habrá quien no quiera entrar ahora en mi casa virtual por miedo a una infección. Pero bueno, que me estoy alejando del tema.

El caso es que después de darme cabezazos con lo que estaba pasando, decidí que es que ese era el momento. Había que cortar el hilo del pie, y sacar las alas. Ni un duro tengo, pero no importa, porque tengo manos, un ordenador y una cabeza que no funciona mal. Y me puse de parto.

Y parí todo lo que llevaba gestando semanas.

Una nueva web, que está orientada sobre todo a estar en contacto con vosotras, las mujeres que me llamáis y no me encontráis porque el teléfono está desconectado (se conectará en breve, lo prometo). Una web en la que describo con detalle todo lo que puedo hacer por vosotras, y que está abierta a que expliquéis vuestros sentimientos y dudas.

Y no digo que se acabe La Teta y Más. Eso jamás. Pero ahora queda más claro que yo no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más soy yo.

Que no es lo mismo.

Aquí la tenéis:

www.latetaymas.com

9 abril, 2014
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Malas Madres

Desde hace un tiempo preparo (e incluso doy) charlas sobre diversos temas, pero todos con una base común: la teoría de la Crianza con Apego.

Sólo para contextualizar, diré que la Crianza con Apego (el Atachment Parenting, en inglés) es una filosofía basada en los principios de la teoría del apego en la psicología del desarrollo; según la teoría del apego, un fuerte enlace emocional con los padres durante la infancia, o apego seguro, es un precursor de relaciones seguras y empáticas en la edad adulta.

Toda la filosofía, recogida en 8 puntos, gira alrededor del respeto a los ritmos del niño, tanto en lo que se refiere a la alimentación, como al sueño, la adquisición de determinadas habilidades, o el entendimiento mutuo hacia una disciplina que se denomina positiva (aunque a mi lo de disciplina, me sigue rechinando).

Es curioso, porque quienes no están relacionados con la teoría del Atachment, creen fervientemente que el respeto a los ritmos del niño va en detrimento de la pareja, y que las madres que optan por este tipo de crianza son una especie de esclavas que se someten a sus hijos, que terminan convirtiéndose en tiranos absolutos de la casa.

Quienes así piensan, no sólo no saben que el octavo punto de la filosofía de la Crianza con Apego es la búsqueda de equilibrio entre la vida personal (individual y de pareja) y el apego familiar, y que igual que se debe respetar al niño, los ritmos de todos deben ser respetados, sino que suelen pensar que los niños no son capaces de madurar si no se les indica cómo. Es decir: los niños nacen como botes vacíos, que los adultos llenamos. Es más, y dando una vuelta de tuerca. Los niños son botes vacíos tendentes al mal, y es la disciplina del adulto quien encauza a ese niño por el buen camino. No importa que luego te salga el niño asesino en serie; si esto pasa es que has tenido mala suerte. Es el niño el que te ha salido mal. Vamos que las ovejas negras nunca son los padres, son siempre los hijos. Pero si te sale Obama, entonces tienes que sentirte orgulloso, porque has hecho un buen trabajo como padre.

Lo divertido es que cuando estas personas hablan de quienes han querido educar de otra manera (estamos hablando de la Crianza con Apego, pero vamos, que da igual, elijan ustedes la filosofía que quieran, basada en respetar al niño, quererle y no educar a base de castigos ni físicos ni de los otros), razonan justo de la manera contraria: lo lógico es que educando así (de mal) el niño te salga rana; vamos que puede ser hasta que fume, que es peor que lo del asesino en serie, sin lugar a dudas. Y si te sale Gandhi, es que has tenido mucha suerte, porque a pesar de todos tus esfuerzos, el niño ha salido bien.

Como queda claro lo que opino del tema (soy tendenciosa al escribir, porque puedo, porque el blog es mío), no me voy a entretener en decir que los niños, señores, no son tarros vacíos, y mucho menos tendentes al mal. Por si quedan dudas, ya escribí sobre ello hace un par de años.

Pero sí me preocupa la impronta que tiene esta sociedad en nosotras. Una sociedad en la que las mujeres SIEMPRE tenemos la culpa de todo, y la responsabilidad de educar a los hijos. Me preocupa que cuando algo sale mal, ya no hace falta que alguien nos diga que es por culpa nuestra, porque nos lo decimos nosotras. Nos machacamos con ¿y si lo hubiera hecho de otra forma?. Y lo peor es que los que nos rodean, que llevan años deseando saltar a la yugular, no sólo no nos consuelan, sino que nos clavan un tacón en el cuello para que no nos olvidemos jamás de que ya nos lo habían advertido. Es la cultura del “cachete a tiempo”, deseando poder recordarnos cómo se educa a un niño y lo malos que pueden llegar a ser si no les metemos en cintura.

Bueno, pues esto es para todas las maravillosas mujeres madres a las que quiero y que han optado por criar con apego a sus hijos. Recordad siempre que no educamos con respeto para que los niños nos salgan de una manera o de otra. Educamos con respeto porque creemos que debemos hacerlo así, porque no podríamos hacerlo de otra manera. Y porque sabemos que los niños no son botes vacíos. Porque sabemos que los niños crecen, y cuando lo hagan, tendrán que tomar decisiones, y que esas decisiones serán suyas, no nuestras. Porque si no lo pensamos así, es señal de que en el fondo no los hemos respetado, sino que hemos educado con la idea de un bote vacío que iba a responder de determinada manera ante nuestra forma de educación. Y no es así.

Es como la lactancia materna o la artificial: no es verdad que la lactancia materna proteja contra las enfermedades; si fuera cierto, no habría niños enfermos, bastaría con dar teta. No. La lactancia artificial aumenta el riesgo de padecer determinadas enfermedades. Vamos, que el niño que va a tener asma, la va a tener mame o no mame; el hecho de no hacerlo es sólo un factor que incrementará el riesgo, pero ni la lactancia artificial causa asma, ni la lactancia materna hace que el niño no la padezca. En la educación es igual: no todos los niños maltratados son adultos maltratadores, pero el maltrato es un factor de riesgo, y hay estudios que dicen que hay menos incidencia de maltrato entre los adultos que fueron educados con amor que entre aquellos que fueron educados a golpes; lo que no dicen estos estudios es que no haya ningún caso de adulto educado con amor y sin cachetes que se haya convertido en maltratador. Porque de todo hay. Desgraciadamente.

Quereros a vosotras mismas, porque si no lo hacéis, cuando veáis que algo se tuerce vuestro sentimiento de culpa superará a cualquier otro, anulará vuestra capacidad de respuesta y os dejará exhaustas. Y hay una cosa clara (y lo sé por propia experiencia como hija): cuando un hijo toma la decisión equivocada termina por darse cuenta. Y es ahí cuando más nos necesitan. Y pensad entonces en cómo te sientes cuando alguien te sopla en el cuello un “te lo advertí”.

Y sobre todo: quereros porque os merecéis ese amor. Porque ocurra lo que ocurra sois unas madres maravillosas que, como todas, independientemente de lo que decidan para la educación de sus hijos, sólo queréis lo mejor para ellos. No conozco a ninguna mujer que, eduque como eduque, no desee la mayor felicidad para sus hijos. El camino que tomemos para ello es sólo cosa nuestra. Y el camino que tomen nuestros hijos, cosa suya.

Y ni un niño “sale mal”, ni “se tiene suerte”. Porque los protagonistas de su vida son ellos, no nosotros. Protagonicemos la nuestra como nos de a entender nuestro corazón.

Y a los adolescentes, casi adultos, que leen esto (que creo que yo que serán más bien pocos). Cuando vayáis a hacer alguna gilipollez, que ya os digo yo que las vais a hacer por docenas, pensad en que vuestros padres os quieren. Y haced la gilipollez, pero no les responsabilicéis de ella, que bastante tendrán con abuelos, suegros y cuñadas. Sólo sabed que luego, van a estar ahí. Hasta el padre de Dexter le quería.

 

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9 abril, 2014
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Recolecto partos: Mª Jesús Alegre

Mi no-parto. El nacimiento de mi hijo Rodrigo.

El embarazo había sido normal salvo por una tensión un poco alta pero sin complicaciones. El día 8 de julio empezaron a dolerme los riñones y fui a urgencias a que me pincharan algo para el dolor (eran las 9 de la noche y no había parado desde las 4 de la tarde), me exploraron y monitorizaron para una comprobación rutinaria (quedaba una semana para salir de cuentas) y me dijeron que el parto había comenzado y me iban a romper la bolsa porque el líquido estaba turbio. Todo fue muy rápido y no me dio tiempo a pensar en nada. Rotura manual de bolsa, enema, rasurado. Todo era dolor: las exploraciones dolían (soy muy grande y la matrona era muy pequeña y no llegaba), las contracciones dolían, cuando me rasuraron me dejaron toda escocida de lo mal que lo hicieron… Así que cuando me dijeron de ponerme la epidural dije que sí pensando que el dolor se calmaría. ¡Qué ilusa! Sólo se calmaron las contracciones, tanto, que dejé de tener. Pero los tactos, la sonda, y todo lo demás, lo sentí perfectamente y no es que tuvieran cuidado precisamente (porque como estaba con la epidural…). Toda la noche la pasé postrada en una cama con los brazos extendidos (oxitocina por uno y el tensiómetro por otro). Además del monitor, claro, que por cierto, le encargaron controlar a mi marido junto con la tensión que se tomaba automática cada 10 minutos dejándome el brazo hecho polvo. Fue una de las peores noches de mi vida. El estar tumbada, sin poder moverme ni para mear a pesar de mis peticiones, sin poder ver a mi familia,… fue muy duro. Sin olvidar que estaba al lado del paritorio y oía perfectamente a las otras mujeres que llegaban durante la noche a dar a luz. Además, el hospital donde nació mi hijo tiene muchos estudiantes y cada vez que venían a hacerme tactos venían 3 ó 4 personas y lo repetían una y otra vez. Nadie me pidió permiso y nadie me explicó qué iban a hacer. Simplemente lo hacían y yo me dejaba porque las horas pasaban y estaba agotada sin comer ni beber desde el mediodía salvo algunos tragos de agua a escondidas que me daba mi marido porque me dijeron expresamente que no debía meter nada al estómago, que debía estar preparada por si el niño no era capaz de salir solo.

Por la mañana, en el cambio de turno, decidieron que, como no dilataba (seguía con los 3 cm que llegué) y el bebé había perdido su oportunidad de nacer solo, me iban a hacer cesárea. Yo sólo podía llorar y pedir que, lo que sea, pero que fuera ya para no hacer sufrir al bebé. Pues todavía esperaron hasta las 11 para entrarme en el quirófano (después de las cesáreas programadas para ese día) y una hora más que estuve allí sola hasta que se prepararon (no les quedaba material estéril después de tanto ajetreo diurno) y llegó todo el mundo. Yo estaba temblando y dolorida. Los efectos de la epidural ya estaban olvidados hacía rato y solo me calmaba sentir a mi bebé e intentar transmitirle tranquilidad y fuerza para lo que quedaba. Sentirle me daba la energía que ya mi cuerpo por sí solo no tenía.

En el quirófano me volvieron a “crucificar”, tensión por un lado y gotero por el otro, atados ambos brazos a las extensiones de la camilla de quirófano y me pincharon más analgesia pero no fue suficiente. A partir de los primeros cortes de las capas superficiales de piel empecé a notar un dolor indescriptible que no pasó hasta que, pidiendo casi a gritos que pararan me inyectaron más analgesia aún hasta el punto de quedarme medio drogada. No se creían que me dolía. Había mucha gente a mi alrededor y, a pesar de eso, nadie hablaba conmigo. Sólo el anestesista me dirigía algunas palabras de vez en cuando para controlar como iba (supongo). Entre ellos sí hablaban y hacían comentarios de lo grande (o gorda más bien) que estaba y de cómo sería mi cama porque mi marido era como yo. Yo les escuchaba entre sueños y en ese momento no les di importancia, era algo horrible más de todo lo que me estaba pasando.

Cuando me dijeron que ya estaba fuera el bebé, no me lo enseñaron y me angustié un montón porque no le oí llorar, sólo un pequeño quejido que no sabía qué significaba pero estaba tan drogada que ya no podía ni hablar y apenas me mantenía despierta. Alguien dijo: “Todo está bien, ahora lo ves”. Pero no fue así. Se lo llevaron. Y a mí me dejaron (una vez cerrada, claro) nuevamente sola en la sala de postoperatorio para reponerme. En cuanto cogí fuerzas y pude hablar pedí ver al niño pero nadie me hizo ni caso. Pedí ver a mi marido al menos, a alguien de mi familia, pero les oí comentar desde la otra habitación que era una pesada. Me sacaron para subirme a la habitación y fuera me esperaba mi familia super contenta porque ellos sí habían visto a mi pequeño, estaba bien, y gracias al morro de mis hermanos que se metieron en el ascensor que le llevaba a neonatos y le hicieron fotos pude ver su carita y me puse a llorar de rabia y de impotencia. A mi marido tampoco le dejaron verlo más que de pasada mientras le ponían unos papeles delante para que firmara y que nadie le explicó nunca qué eran. Él estaba pendiente del niño, los firmó rápido pero no llegó a tiempo de que se lo llevaran. Después supimos por el informe de alta que había tenido un APGAR 9/10. ¿Por qué se lo llevaron entonces?

Ya en la habitación, ¡¡esperé 4 horas hasta que me lo subieron!! Y, por fin, pude abrazarlo y besarlo a mis anchas. Pero me disgusté nuevamente cuando no conseguí que se enganchara al pecho porque en neonatos le habían dado un biberón sin mi permiso. Igual que le pincharon las vitaminas y todas las cosas que se hacen “por protocolo”. La enfermera que lo subió me dijo que no me quejara que lo habían hecho para que no llorara y estuviera tranquila. Me dijo lo del biberón como si tuviera que darle las gracias por ello.

Yo estaba agotada y no tenía fuerzas para discutir, me esperaban más días de lucha después de aquello y sólo quería estar con mi hijo. Cosa que aprovecho cada minuto del día y de la noche. Aunque los problemas que tuve después con la lactancia materna estoy segura que son debidos a la poca ayuda que recibí allí ya que el fomento de la LM brilló por su ausencia en mi caso, que sé que no es el único aunque también sé que otras madres tuvieron más suerte que yo y las ayudaron un montón. Depende del profesional que te toque supongo.

A pesar de todos los problemas, Rodrigo ya tiene cinco años, 7 meses de LM exclusiva con extractor y en diferido y hemos practicado el porteo y el colecho siempre para “compensar” el comienzo duro que tuvimos. Y una cosa tengo clara: el próximo parto no será como este. He aprendido cosas y tengo mucha más fuerza para luchar por lo que considero imprescindible: el bienestar de mi bebe y el mío, entre otras cosas. Hace 5 años pero aún hoy no puedo evitar seguir llorando cuando recuerdo ese momento, no puedo evitar sentirme mal, no puedo evitar pensar que aún no me he quedado embarazada de nuevo y puede que en parte sea por el bloqueo psicológico, no puedo evitar enfadarme con el mundo cuando alguna de mis amigas pasa por algo parecido y se queda tan a gusto pensando que ha sido lo mejor. Y me mira con cara rara como si yo fuera una extraña con ideas de loca. No puedo evitar desear que las cosas no hubieran sido así pero a la vez no puedo evitar estar agradecida por esos momentos que hicieron que algo dentro de mi cabeza cambiara para siempre y hoy en día me hagan ser la persona que soy. He llegado a un punto al que hubiera preferido llegar por otro camino pero eso no se puede cambiar ya.

9 abril, 2014
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Maternajes

Me encanta la palabra “maternar”. Es un verbo que el diccionario de la RAE no recoge, pero afortunadamente, este idioma nuestro que es el español, es una lengua viva que se nutre de los modos de muchos lugares del mundo. Y en lugares de Hispanoamérica el verbo existe, igual que otra palabra que también me gusta mucho: “maternaje”.

Pues maternar es algo así como criar con atención y cariño; se emplea sobre todo para indicar la forma de criar de las comadres, las que no son madres en sí mismas, pero rodean a la madre, “maternan” con ella.

Mi madre para mi es muy importante. Me comunico con ella al menos una vez al día, sin contar cuando además de hablar con ella, voy a verla a su casa. Se mueve mal, así que es raro que ella venga. Se lo cuento casi todo, y lloramos mucho juntas (también reímos). Nunca me planteé hasta qué punto había otras mujeres que hubieran ejercido una influencia derivada de una cierta crianza, mujeres que me hubieran “maternado”, junto con mi madre. Yo ya pertenezco a la generación en la que las familias nucleares se convirtieron en la seña de nuestra sociedad, las familias en las que ya no estaban las abuelas, sino que vivíamos en un lugar distinto al de origen de mis padres.

Cuando el año pasado, y tras casi 7 años de lucha intensa contra el cáncer, falleció mi madrina, me empecé a plantear esto del maternaje. Porque me sentí un poco huérfana, sin serlo. Era una sensación muy rara, difícil de encajar, porque realmente tengo la suerte de tener una relación maravillosa con mi madre, así que sabía, y sé, que el sentimiento no era porque yo hubiera sustituido ninguna figura materna en ningún momento. De hecho, mi amada madrina era casi como una hermana más que como una madre.

Me di cuenta entonces, y lo he madurado en estos meses, de que ella estuvo siempre presente. Que sus historias y experiencias han estado a la vera de mi camino, apenas perceptibles, pero siempre señalando la linde. Las cosas que decía, las que hacía. Los regalos que me traía de sus viajes, su forma de ver la vida en su juventud, el hecho de que mi hermano y yo fuéramos siempre antes que ella. Ya estando muy enferma, se fue con mi madre de compras porque las niñas necesitaban ropa. Se mareó en una gran superficie, pero no soltaba las bolsas a pesar de tener que sentarse en la sección de calzado infantil.

Por eso me sentí huérfana.

Hay más mujeres que me han “maternado”, y las iré descubriendo. De hecho, tengo claro quienes son las que lo hacen ahora, mis comadres. Las que tengo físicamente aquí, conmigo, las que comparten maternidad conmigo, son mis ángeles y me enseñan siempre, como mi Raquel, o mi Evita, o mi Mary. Las que se reparten por el territorio nacional, con las que aprendo a las que refiero ante las dudas, Esme, Nohemi, Trini, …

Y en mi familia, de las que me maternaron, forjaron mi camino en mi niñez y adolescencia, sin saberlo… creo que sólo hay una, y de ella me tendré que despedir, por edad y porque, desafortunadamente, se encuentra muy enferma.

Muchas de quienes habéis estado en el embarazo conmigo, me habéis oído hablar de ella, porque es mi “tía la comadrona”, que a mi padre tanta gracia le hacía que después de tantos años y una carrera que nada tiene que ver, yo terminara lindando “el negocio familiar”.

Me sé “su niña”, porque siempre me lo dijo, sin pudor, delante de quien fuera, porque ella es madre de 3 hombres, y siempre echó de menos una mujer al lado. Y sé, porque me miro en el espejo todos los días, que cada vez me parezco más a ella, sobre todo desde que decidí que yo tampoco quería teñirme, y salieron mis canas a la luz.

Hemos tenido largas (larguísimas) conversaciones por teléfono, hasta que el alzheimer ha hecho muy complicada la comunicación telefónica. Le he contado mis cosas, y jamás me he sentido juzgada, quizás porque ella fue pionera en su tiempo, de mujer que buscó y consiguió la libertad para decidir sobre su vida. Siempre se ha alegrado por mi, incluso en aquellas cosas en las que no estaba de acuerdo.

Hemos discutido amorosamente sobre las formas tan distintas de ver los partos, las lactancias… Una generación de distancia es mucho en esto. Pero al final, ella acompañó y yo acompaño. Ella desde su papel de comadrona, y yo desde el mío de doula.

Hoy la pienso, la recuerdo y siento. Hoy tengo mucho miedo a perderla, porque sé que me voy a volver a sentir huérfana.

Editado el 28 de noviembre de 2013: Hoy ha muerto mi tía Felicidad. Ha muerto mi tía querida, la matrona. Hoy soy otra vez huérfana.

9 abril, 2014
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¿Competencia? No, comadreo

La semana pasada me encontré con mi gran Esmeralda Solís, de Siriñadas. Ella vive en Alcorcón, pero tiene ascendencia leonesa, así que desde hace como año y medio hemos adquirido la sana costumbre de compartir comida, café y abrazos cada vez que viene a León. Un gusto.

Mi querida Esmeralda, demostrando que a ella no, no le duele la espalda

Mi querida Esmeralda, demostrando que a ella no, no le duele la espalda

De repente formamos un Círculo de Mujeres, un Círculo de sólo dos, pero igualmente sanador y energizante como si fuera uno integrado por mil mujeres. Porque Esmeralda expele energía de la buena por cada uno de sus poros, una energía que se te mete y la sientes durante días después.

El caso es que hay mucha gente a la que le sorprende que comparta cosas de otras tiendas on-line relacionadas con mi sector. Somos “competencia”, y entonces, si somos competencia, ¿por qué comparto esas cosas en mi muro de Facebook, llevando a mis potenciales clientes a otras tiendas donde se venden las mismas cosas?

Pues mira, en primer lugar, porque todas nos diferenciamos en algo, porque este tipo de negocios se basan fundamentalmente en las experiencias de maternidad que cada una tenemos, y no hay dos experiencias iguales.

Y luego porque todas aprendemos de todas. Todas leemos las cosas de las demás en busca de nuevas respuestas. Todas somos comadres.

A lo mejor no somos comadres en sentido estricto (según la RAE, en las dos primeras acepciones: f. Madrina de bautizo de un niño respecto del padre, la madre o el padrino./Madre de una criatura respecto de sus padrinos.) Ya ni digo en el sentido en el que se hablaba de comadres a mediados del siglo pasado (Mujeres que viven su maternidad juntas, que incluso amamantan indistintamente a sus hijos). Me voy a quedar con la tercera acepción de la RAE: vecina y amiga con quien se tiene más trato y confianza.

Somos vecinas, porque en esto de internet, en realidad, estamos cerquita. Tenemos trato, porque nos preguntamos y nos buscamos cuando tenemos dudas. Y confianza, porque hay dudas que no le planteo a nadie más que a ellas.

Y además, en esto de la Crianza con Apego, me refiero a las que la hemos “profesionalizado”, somos pocas y dispersas. Cuando viene Esmeralda es de las primeras cosas que le digo: yo me siento muy sola en León, donde no hay Asesoras de Lactancia, donde no entiende todavía muy bien la figura de las Doulas, donde el hecho de que te pasees con tu hijo en un fular es visto y mirado por el rabillo del ojo. Me cuesta mantenerme al día de las cosas y echo de menos conversaciones frikis como la que tuvimos la semana pasada sobre fulares ante la atenta y desorbitada mirada de una pareja de muchachos que creían que escuchaban con cierta discreción desde la mesa de al lado.

Cuando Nohemí Hervada sacó su formación de Asesoras Continuum yo creo que no le sorprendió a nadie que entre las que acogimos la noticia con entusiasmo estuviésemos “las de siempre”, que casi todas nos conociésemos al menos virtualmente. Desgraciadamente yo no he podido hacer la formación, pero no me canso de compartir las noticias que desde su página Nohemí publica, porque son cosas que también me definen, y por lo tanto, me enriquecen y me hacen mejor profesional.

Las Asesoras de Lactancia en León no "se llevan", pero en Mimos y Teta la profesionalidad ha hecho famosa a Nohemí Hervada.

Las Asesoras de Lactancia en León no “se llevan”, pero en Mimos y Teta la profesio

Cada vez que leo y comparto un artículo de cualquiera de las maravillosas expertas en este mundo nuestro tan desconocido crezco como persona y mejoro en mi oficio. Y si pudiera, no sólo leería y compartiría, sino que me dedicaría a poner piel a cada una de ellas.

Se lo comenté a Esmeralda:

Si me tocara la lotería, me marcaría un tour por toda España para repartir abrazos, comidas y energía con todas ellas.  Empezaría por las de mi comunidad autónoma, y abrazaría a Patricia Suárez, que tanto me ayudó en mis comienzos, mientras ella luchaba desde su ya desaparecida (desgraciadamente) Bebesiños. Y luego me iría a Salamanca, a darle un abrazo a Patricia y visitar su Centro Mímame. Viajaría hasta Palencia, para abrazar a Marta y aprender mucho de su proyecto Mis Canguritos.

Seguiría viajando por España. Y cerquita a todos los niveles está Asturias, donde está Jessica Gómez, cabeza de Háblame Bajito.

Bajaría hasta Madrid y después de volver a abrazar a Esmeralda (en cuya casa me quedaría antes que en un hotel de 5 estrellas), cruzaría la calle para visitar Oh! La Luna, y aprender un montón de cosas de Elena López.

Me iría a Andalucía, y me quedaría una semana como Trini, de Canguritos. La recuerdo al teléfono más de hora y media conmigo cuando estaba pidiendo información para abrir la tienda física; toda la paciencia y el cariño. Y a su marido Alberto, que me facilitó y me sigue facilitando tanto las cosas cuando éstas no vienen bien dadas. Todo es cariño y gratitud hacia esa hermosísima familia.

Y dejaría lo mejor para el final. Cogería un avión y me iría a las islas para abrazar a mi querida Nohemí, de la que llevo aprendiendo desde hace años, desde la primera vez que me planteé coger a mi hija pequeña en un fular, a través de sus vídeos y de sus colaboraciones en Red Canguro, asociación de la que ha sido presidenta. A la que acudo cada vez que tengo una duda sobre un uso específico de algún portabebé y a la que admiro por saber hacer tan bien las cosas. Hasta el punto de que, cuando cambié la tienda on-line de servidor, contacté con ella para preguntarle por el servidor de su tienda Mimos y Teta.

Pues eso: que no hay competencia. Que lo que hay es mucho comadreo. Y que me encanta. Y que lo que la gente debería saber que cuando hacemos o dejamos de hacer cosas por miedo a la competencia, en realidad nos empobrecemos, y empobrecemos aquello que ofrecemos a nuestros clientes. Y que yo tengo muchos defectos, y me queda mucho por aprender. Pero hay una cosa que tengo clara: si quieres ser alguien de verdad en tu sector, no puedes permitirte el lujo de hacer nada que te empobrezca, sino que tienes que buscar relaciones, información y formación que te enriquezca.

Y eso sólo lo vas a encontrar entre aquellos que buscan lo mismo que tú, entre los que tienen tus mismos intereses.

Gracias a todas por hacerme mejor.

9 abril, 2014
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Llanto

Llevo llorando desde ayer.

Tengo que decir que no tengo ningún familiar directo en la mina. No soy de esas familias leonesas (muchas) que vienen de la mina, que la viven porque algún familiar haya estado allí.

A punto estuve, porque los padres de mi primer novio ambos eran trabajadores de la mina; ella, de las primeras mujeres que trabajaron en la bocamina, y él jubilado por silicosis.

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También lo conocí en el colegio, a través de una compañera, huérfana antes de llegar a la adolescencia porque de nuevo la silicosis, se llevó a su padre de manera prematura.

Y hoy, vivo la mina a través de una mujer de bandera y puño en alto, mi comadre Raquel, mujer del carbón y compañera desde hace media vida de un minero, que ayer estaba en el pozo Emilio, y que afortunadamente salió con bien de la mina.

Como digo, llevo llorando desde ayer.

Por ellos y por mi. Porque es injusto que esto pase siempre, porque uno de ellos tenía que estar fuera según el plan del carbón recientemente derogado.

Hace unos minutos me llamaba una clienta. Una de esas con las que se mantiene el contacto y cuando nos vemos, lo celebramos con un café. La acompañé una mañana recién llegada del hospital, con un problema de lactancia que se solucionó. Y como quedó contenta, me recomendó a unos amigos con un problema similar, este verano. Hace 6 semanas. Me llamó la atención el papá, que normalmente mientras yo estoy con la mujer, hacen mutis por el foro, y estuvo allí, sin moverse, preguntando cosas y queriendo saber cómo acompañar también él a su mujer. Este papá me llevó luego a mi casa en coche y estuvimos hablando de su paternidad, de su papel, y del mío. Hace unos minutos me ha llamado su amiga. Uno de los hombres que perdió la vida ayer era ese papá.

Así que no puedo parar. Llevo llorando desde ayer.

Durante las protestas mineras (esas que nosotros en León sabemos que han sido casi de guerrilla, pero que para el resto de España se ha limitado a la manifestación de Madrid) se ha hablado de los sueldos y subsidios de los mineros, de sus prejubilaciones al cumplir los 40.

Pero no se habla del grisú. Bueno, sí; hoy se ha hablado del grisú. Hoy todo el mundo (o casi) sabe que se compone principalmente del metano, que puede explotar, y cuando no lo hace, se come el oxígeno existente en cuestión de segundos. Hoy España sabe que el grisú mata. Pero no se habla de la enfermedad, la otra cara del grisú, del gas que se te mete dentro sin enterarte y que no te asfixia de repente, sino que hiere de muerte tus pulmones y te convierte en un enfermo crónico a los 40.

Tampoco se habla de los huesos que envejecen antes de tiempo por el trabajo duro, por los brazos que se cansan de picar o de entibar en posturas imposibles durante horas en las que no ves el sol,  y sólo percibes el rancio y pesado aire que inunda la mina. De la humedad que se mete en esos huesos que te hacen viejo en la mitad de la vida, tampoco se habla.

Sólo se habla de los subsidios, pero no de los por qués. Los mineros, una panda de vagos que sólo están ahí chupando del frasco, y encima se quejan. No de las causas de esos subsidios.

Se habla de la violencia de los mineros, pero no de las situaciones que les han llevado a ejercer esa violencia.

Por eso lloro, y lo  llevo haciendo desde ayer.

Y que me perdonen las familias porque siento que les usurpo el sentimiento. Pero no puedo evitarlo.

9 abril, 2014
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Simbiosis y Talleres

Venimos ya unas semanas anunciando una nueva forma de trabajar de La Teta y Más a través de talleres informativos. En realidad, lo de los talleres ya lo habíamos dicho hace tiempo, cuando abrimos el blog de servicios, como parte de los que se ofrecían de manera gratuita.

Por otra parte, y por si alguien todavía no lo sabe, hace unos meses me vi obligada a cerrar el espacio físico de La Teta y Más, así que ubicar esos talleres, tanto los que ofrecíamos en un primer momento, gratuitos, como los talleres más especializados, se ha convertido en mi prioridad.

He de confesar que no me ha sido muy complicado, porque he encontrado a una mujer estupenda, que se llama Laura, como mi hija mayor, y que inició, hace ahora 7 meses, la difícil aventura de llevar una guardería respetuosa con los niños. Con ella he hablado desde casi el principio, porque entre otras cosas, me pidió información sobre el tratamiento de leche materna con los bebés que ella atiende, y en su guardería hemos llevado a caboencuentros de Círculos de Mujeres y un taller informativo de iniciación a los portabebés justo cuando cerré la tienda.

Trabajar con Laura es un gusto, porque puedes decir con la boca abierta que los niños serán bienvenidos… y bien atendidos.

Pues bien. Después del último Círculo, Laura y yo estuvimos hablando un buen rato, y decidimos que los talleres que organice La Teta y Más, tanto gratuitos como remunerados, se harán en las instalaciones de My Little Planet, su guardería. Y que empezaremos, además, de manera casi inmediata, entrando a formar parte de su escuela de padres

Colchoneta

 

 

Una zona para gateadores exploradores, y primeros pasos.

 

 

 

 

Cunas

 

 

Para los siesteros, cunitas en las que se les ve sin dificultad. Y al primer llanto… bracitos siempre.

 

 

 

 

 

Entrada

 

 

 

Y en la entrada, los carteles que son toda una declaración de intenciones. Desde el “Se recoge Leche Materna”, hasta el “Derecho al Amor”

 

 

 

Juegos

 

 

Y para los más mayores, zona de “Juego tranquilo”

 

 

 

 

 

 

Por supuesto, los padres que llevan a sus hijos a My Little Planet tienen prioridad para formar parte de los talleres que ahora se ofrecen junto a La Teta y Más. Es decir: si el aforo nunca va a ser alto (hacer un taller para más de 10-12 personas es una locura, y al final se aprovecha mal), quienes tienen preferencia son los clientes de la guardería, puesto que, como ya he dicho, la mayoría de los encuentros se harán enmarcados en la escuela de padres. Pero por otra parte, serán siempre abiertos, lo que quiere decir que se abrirán las plazas que queden después de que los padres se hayan apuntado.

Me encanta esta nueva etapa. Me encanta poder trabajar con Laura, porque es de las pocas cuidadoras/educadoras de guadería que yo conozco a la que confiaría el cuidado de mis propias hijas. Sólo espero que para vosotras también sea provechoso y agradable.

9 abril, 2014
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Año nuevo, vida nueva

reo firmemente que deberíamos comernos las uvas el 31 de agosto, y no el 31 de diciembre.

Y es que, la mayoría de las personas (¿os habéis dado cuenta?) contamos los años a partir del 1 de septiembre, y no del 1 de enero. Quienes tenemos hijos, miramos esa fecha para empezar a encargar las cosas y organizarlo todo para la vuelta al cole, otra rutina más de 9 meses. Y quienes no los tienen, ven en el final del verano, la vuelta al “horario de invierno”, el cierre de las piscinas, y el final de la temporada de terracitas. Y todos, TODOS, hacemos promesas para el regreso.

En  mi caso, el final del año pasado (que como ya habréis deducido, no es en diciembre, sino en junio) ha sido de lo más dilucidador. Mi vida ha cambiado, y lo ha hecho de manera casi radical.

Si recordáis, me despedí de la tienda física al comenzar el mes de junio. Os avisé de que estaría en período de “reseteo”, pero ni yo misma creí que lo fuera tanto.

Me pasé todo el mes de junio medio pocha, con las defensas por los suelos, y pensando sobre lo que quería para mi futuro inmediato y el de mi familia. Acababa de cumplir 40 años, y en una fecha que todo el mundo coincide en definir como “crítica”, la vida me llevaba a un nuevo comienzo.

Ha sido muy duro, porque a nivel personal, en cuanto a relaciones familiares, he tenido que recolocar muchas cosas, integrar en mi interior algunas cuestiones que he tardado en estar preparada para admitir sin dolor.

También ha sido duro echar el cierre a una tienda que parí con  mucho sacrificio, en circunstancias, además, especialmente duras.

Y todo esto ha coincidido con una mudanza. Toda mi familia, los 4, nos hemos ido a otra casa, en otra localidad, con otros amigos, cole nuevo, etc.

Para mi en realidad ha sido un regreso. Es el pueblo de mi madre, donde mi familia ha vivido siempre. Y estoy en casa de mi madrina, llorando a ratos su ausencia (otro cambio en mi vida en los últimos meses, su no-presencia) y agradeciendo su casa a todas horas.

Nos ha costado, pero era necesario. Mi hija mayor tiene un problema respiratorio, y el piso donde estábamos viviendo no era saludable para ella. No sabíamos muy bien por qué, pero el propio piso nos ha demostrado que no debíamos estar allí: hace unas semanas se vino abajo la techumbre, cargada de humedad y chapuzas.

Techo3

Aquí uno de mis “felipes”, que está en período de restauración.

Techo 1

El techo estaba “sujeto” al junquillo original de la casa, es decir, casi en el aire

Techo2

Toda la casa, cubierta de un polvo negro y moho, que era lo que enfermaba a Laura

 

 

 

 

Afortunadamente ya no estábamos viviendo allí. Y Laura está mucho mejor desde que vivimos en la casa de mi madrina.

¿Por qué os cuento todo esto? Pues primero porque me siento obligada a ello, porque sé que me queréis y os quiero.

Y precisamente por eso, quiero explicar mis “desconexiones”, la dificultad para encontrarme. Porque he tardado en encontrarme yo y así es difícil que otro me encuentre.

Vuelvo ahora, mediado septiembre, con las cosas más claras, después de un parto maravilloso, en el que he compartido energías casi en la distancia. Si “el año pasado” sabía que quería acompañar a las maravillosas mujeres que me llaman, ahora lo tengo aún más claro y creo que puedo hacerlo mejor, porque he hecho un huequecillo en mi mochilla para que quepa alguna carga extra.

Porque lo que tengo claro es que yo no me voy a derrumbar como la techumbre de la casa vieja, porque ahora soy más joven que nunca, y porque no me he reformado con chapuzas, sino encofrando a las vigas, bien seguro.

Así que, familias, aquí estoy para vosotras. Poco a poco iré desgranando de nuevo todo lo que os ofrezco, y confío en merecer vuestra confianza.

Y para quienes me seguís con ganas de encontrar esas cosas especiales que a veces os traigo, estaos muy atentos, que en breve comienzo a moverlas.

Y a todos, ¡FELIZ AÑO NUEVO!

9 abril, 2014
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Sellos de calidad o lo que yo no diría jamás

Sabéis estos sellos de calidad que se les pone a los alimentos con denominación de origen? Se trata de que el consumidor sepa con certeza que aquello que compra es lo que quiere comprar; que no le dan gato por liebre, vamos.

Porque si a ti te da igual beber leche de vacas de verdes prados que beber leche de una vaca estabulada y alimentada a base de piensos, pues está muy bien, pero si no te da igual, buscas como loca el sello para asegurarte de lo que estás comprando.

Por poner un ejemplo.

Esto, obviamente, no se puede hacer con los humanos. No queda políticamente correcto ponernos un sello, ni certificar composición ni origen. Pero yo me prestaría a ello, con tal de tener un seguro de que no puede maliterpretarse lo que digo, que nadie va a dar gato por liebre en lo que diga/haga La Teta y Más.

O el sello para mí, o sonotone para algunos. Pero algo.

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Cuando comencé en esto de La Teta, me tomé muy en serio formarme adecuadamente. He atendido consultas con el modo escucha para aprender sobre todo de quienes me consultaban, y luego, no sólo he leído mucho, sino que he investigado, me he puesto en contacto con gente, he preguntado… Cuando había algo que no sabía no contestaba en el momento (ni ahora tampoco), sino que me iba a mi casa a investigar esas dudas para seguir aprendiendo.

Después de tres años, he recopilado datos y conocimiento, y sobre todo, he recopilado dudas y estoy más segura ahora que entonces de que, tal y como decía Sócrates “sólo sé, que no sé nada”. Por eso, ahora, igual que al principio, procuro no hablar ex cátedra cuando estoy con una mujer, y soy taxativa en muy pocas cuestiones.

Sé que tengo muchos defectos; los conozco y procuro paliarlos. Y precisamente porque procuro ser cuidadosa, me sienta tan mal que los maledicentes saquen la lengua a pacer diciendo cosas que jamás de los jamases diría ni harta de chufas en mal estado.

Por eso quiero escribir esto: para que quede claro, ante comentarios sin sentido, lo que he dicho y lo que no me cabría en la boca.

1.- Si alguien os dice que La Teta y Más ha dicho que a un niño hay que pautarle de alguna manera las tomas (que no tome cada menos de 2 horas, espera a que pasen por lo menos 3, etc) os está mintiendo, o no habló conmigo sino con otra Teta que les engaña, o estaba en Babia mientras yo hablaba. La Teta y Más habla siempre de lactancia a demanda, es decir: siempre que el bebé muestre señales de querer mamar y durante todo el tiempo que quiera hacerlo, sin ningún tipo de restricción.

2.- Si alguien os dice que La Teta y Más le dice a las mujeres lo que tienen que hacer, os mienten, o jugaban al tetris mientras yo intentaba contarles cosas, o bien tengo una doble haciendo tonterías. La Teta y Más escucha para poder analizar lo que la mujer realmente quiere, presta información avalada por los organismos pertinentes y ofrece opciones, para que siempre sea la mujer la que elija.

3.- Si alguien os dice que desde La Teta y Más (talibana de la teta donde las haya, adalid de la lactancia materna a pesar de voluntades materno filiales, e incluso a costa de la salud de ambos) se niega ayuda a la mujer para el destete, me remito al punto 2.

4.- Si alguien llama a La Teta y Más “el demonio”, ahí sí, mira. Tiene razón.

5.- Si alguien comenta que desde La Teta y Más se asegura a las embarazadas que quienes participen en los acompañamientos tendrán partos orgásmicos que trasciendan conciencias y realidades, ha fumado sustancias poco recomendables. Una de las características que me enorgullecen de los acompañamientos es que jamás hablamos de cómo será el parto, no quiero que nadie se haga ideas raras que luego no coincidan con la realidad, que desconocemos hasta el momento del parto. La Teta y Más procura ofrecer información veraz y herramientas útiles para el manejo de las distintas situaciones que se puedan dar en un parto.

6.- Si alguien os dice que La Teta y Más convence a las embarazadas para que den a luz agarradas a los árboles, gritando como posesas y sin acudir a la “bendita epidural”, nos remitimos, de nuevo, al punto 5.

 

En definitiva:

No soy guresa de nadie, no lo quiero ser y no lo pretendo. La Teta y Más no se dedica ni a decir soplapolleces más propias de otro tipo de profesionales que se dedican a su funcionariado sin molestarse en volver a ver la evidencia científica 30 años después de licenciarse; tampoco se dedica a ser guía de nadie, ni a predicar ni a adoctrinar. Todo lo que suene  a cualquiera de las tres cosas se refiere a otra teta.

Que yo también tengo dos, y de siempre, sólo me funcionó la izquierda.

 

9 abril, 2014
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Acompañando

Desde que he puesto en marcha el último proyecto de La Teta y Más, he tenido que responder varias veces a la pregunta “pero, acompañando, ¿qué?”. Las más de las veces, esta pregunta va acompañada de una sonrisa de medio lado, de esas que dejan traslucir la idea de “menudo morro tiene esta pava que cobra por no hacer nada”. Incluso me consta que, al dar de alta en Hacienda esta nueva actividad, ha habido quien se ha mosqueado porque “esta tía se ha inventado una profesión para ganar pasta”.

Lo cierto es que la profesión no me la he inventado yo, aunque sí reconozco que la he moldeado un poco para mí. Y de todas formas, no sé qué problema hay con inventarse una profesión (por cierto, que en este caso, la palabra “oficio” le va mejor y me gusta más). Y además, no sólo lo considero importante, sino que tengo claro que es necesario, al menos, en los círculos en los que yo me muevo.

La primera vez que me senté frente a una mujer, hace casi 3 años, lo hice para ayudarla con un tema de lactancia, y fue de manera gratuita. Estaba segura que primero debía “hacer oficio”, y luego ya, una vez adquiridos, no sólo los conocimientos, sino también las herramientas, entonces poder empezar a cobrar. Fue como una especie de “contrato de aprendizaje”, en el que yo era la aprendiz de todas las mujeres que venían por mi, entonces todavía, trastienda.

salalactancia

 

Recuerdo cómo aquella mujer me contaba todo lo que había pasado desde su parto; parecía contenida y tranquila, aunque sabía que estaba agobiada porque las cosas no estaban transcurriendo como ella había planeado. Entonces le pregunté “¿Y tú, qué quieres? Me quedé sorprendida, con los ojos como platos y sin saber muy bien cómo reaccionar, cuando aquella mujer rompió a llorar. Nadie le había preguntado qué quería ella en todo el proceso. Su cuerpo había dejado de pertenecerle en algún momento del embarazo, y se había dejado llevar. Me sentí tan identificada, que yo también lloré.

Cuando las mujeres decidimos quedarnos embarazadas, parece que es la última decisión que tomamos como adultas; a partir de ahí es como si la sociedad entera decidiera que ya no somos aptas para tomar decisiones, y nos quedamos solas en nuestro camino; nuestra única opción, si no queremos andarlo solas, es dejarnos llevar por esa corriente.

 

Es curioso, porque hace unos años, no tantos, cuando las mujeres no tenían identidad legal a no ser que fueran viudas, cuando necesitaban la firma del marido para sacar dinero de una cuenta bancaria, entonces, podían gestar solas (debían hacerlo, si no, a ver para qué servían), parían con la asistencia de otras mujeres, sin gritos, mientras sus maridos iban al bar a calmar los nervios, amamantaban y su leche era buena y criaban a los hijos como ellas creían.

Pero ahora, cuando ya somos jurídica y legalmente iguales a los hombres, cuando hay mayoría de mujeres universitarias, resulta que necesitamos un ginecólogo para llevar nuestro embarazo, que nos dice si somos buenas o malas niñas dependiendo del peso que cojamos, un hospital para parir, donde se nos dice cómo y cuándo empujar (de nuevo se nos recuerda lo buenas o malas que somos en función de lo bien que empujamos, y si no, a cesárea), y una leche artificial porque las más de las veces, resulta que nuestra leche ya no vale.

 

Ahora no necesitamos permiso a la hora de abrir una cuenta bancaria, pero nadie nos pregunta qué queremos en el momento de quedarnos embarazadas.

Cuando yo hablo de “Acompañar”, me refiero a esto mismo.

Yo no voy a dar “preparaciones al parto”. No soy matrona,  y aunque lo fuera, francamente, no creo que me sintiera cualificada para preparar mujeres para parir. Más que nada porque, y eso lo repito continuamente a todas las mujeres que preguntan, creo firmemente que si hay algo para lo que están preparadas, es para traer hijos al mundo. Y a ver quién me contradice el hecho de que, biológicamente, es precisamente para lo que nacemos.

 

Pero hay algo que las mujeres no tienen y creo que necesitan cada vez más: compañía. Pero compañía de la buena, de la que sostiene y no juzga, de la que informa y no coacciona, de la que se mete sus propios miedos en lo más hondo de su mochila para que no condicione las decisiones de la otra parte. Esa compañía que ofrece quien te dice “tú puedes, tú vales, tú cuentas, tú sabes”.

No es fácil. Y quien crea que lo es, es porque no se ha puesto a pensarlo. A mí me resulta complicado muchas veces no pasar por mi propio tamiz, por mi propia experiencia las vivencias de otras mujeres. Mi mochila pesa, como casi todas las mochilas, y es tentador compartir el peso con quien necesita aligerar la suya.

Para poder acompañar se necesitan muchos conocimientos, y experiencia propia, y ajena, y sentir verdadero amor por lo que haces y por la persona a la que acompañas, aunque sea un acompañamiento contratado. Tiene que haber complicidad, y sobre todo, tienes que tener siempre en la boca la gran pregunta: ¿Y tú, qué quieres?

 

De esta manera, la mujer que camina contigo ya no está sola. No tiene que aceptar un trato, o una frase porque no le quede más remedio, porque ahora ya no sólo tiene conocimientos, información para poder decidir, sino la fuerza de quien se sabe acompañada. Y por eso se sentirá empoderada en su embarazo y por lo tanto en su parto. Y por eso sabrá cómo encontrarse en su puerperio, y tendrá la fuerza para decidir, la crianza de su hijo.

No pretendo sustituir la compañía del marido-amante-amigo-padre, es distinto. De hecho, ellos también necesitan saberse útiles y sentirse empoderados. Por eso planteamos también grupos de padres. Es sólo que hay determinadas situaciones en que las mujeres necesitamos la compañía de otras mujeres. Así ha sido siempre y no es excluyente de nada.

Y aquí estoy yo, 3 años después de empezar con una pequeña tienda, comenzando un nuevo camino que voy a andar siempre acompañada de otras mujeres. Algunas estarán ahí por mi, y otras me habrán buscado para que sea yo quien esté ahí por ellas. En sus embarazos, en sus puerperios, en sus lactancias. Y todas,
sobre todo, mucho más fuertes, diciendo siempre lo que quieren sin que nadie tenga que preguntarles nada.

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