El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

9 abril, 2014
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Trabajar y criar

Es curioso.

Me piden que escriba algo sobre conciliación, la misma semana que una querida amiga se tiene que reincorporar al trabajo, y justo el día que una clienta de La Teta y Más me pide orientación para plantear su regreso al trabajo.

Es un tema complicado, sobre todo porque crea susceptibilidades entre la clase contratadora, con las consiguientes inseguridades de las contratadas.

Es aún más complicado si tenemos en cuenta que este momento que estamos viviendo es especialmente difícil; la reforma laboral da manga ancha para el despido de cualquiera que, a ojos del empresario, no sea “productivo”.

Estoy divagando, lo sé. Es un tema que me cuesta, no sólo por las implicaciones políticas del tema (a ver a quién le gusta, en el fondo, que se le vea el plumero), sino porque hay veces que no sabes si te estás metiendo donde no te llaman, si es la mujer quien prefiere dedicarse a trabajar y dejar su bebé en otro plano.

Esto me lo planteé a raíz de la falta de conciliación de Soraya Sáez de Santamaría. Y a ver, que me reafirmo en mi postura: cuando tienes un papel público en la sociedad no puedes hacer lo que te dé la real gana, y si eres una mujer política, debes dar ejemplo. Pero bueno, si tenemos en cuenta que Soraya puede ser representativa de un tipo de mujer (muy ajeno a mi, desde luego), hay que entender pues, o al menos no juzgar, el hecho de que haya quien entienda la conciliación como que te paguen una guardería desde el minuto cero tras dar a luz.

Pero yo hablo por otra parte de las mujeres, y a otra parte de las mujeres. Aquellas que cuando deciden ser madres lo hacen con todas sus consecuencias, queriendo estar con sus hijos, deseando vivir su infancia desde que nacen, participando de ese comienzo. Y por esas mujeres parece que no habla nadie más.

Cuando los políticos hablan de conciliación, se plantean siempre el primer tipo de mujer, y nos regalan, a ser posible siempre justo antes de las elecciones, más plazas de guarderías desde que el niño es aún más pequeño; y se les llena la boca con la ampliación del permiso de paternidad, como si eso fuera a paliar la escasez del de maternidad. Y para colmo de males,  hay quien se atreve a decir, después de dar permiso a los contratadores a despedir a una mujer cuando se les ponga y a condicionar su permiso de lactancia a las necesidades de la empresa, que las mujeres que abortan lo hacen porque están sometidas a “violencia estructural”, sin caer en la cuenta que no hay mayor violencia ni más estructurada que la de impedir, con el argumento del miedo a perder el trabajo, que una mujer críe libremente a su hijo.

Para empezar, no me mezclen churras con merinas, que son razas distintas. Que una cosa es el aborto, y que cada mujer elija si quiere o no ser madre, y otra la crianza y que cada mujer elija cómo quiere ejercerla. ¿O acaso es mejor que la mujer no aborte y que luego deje a su hijo a los 10 días en una guardería, a que aborte y cuando decida que sí quiere ser madre tenga a su hijo y lo críe tranquilamente según ella crea que debe hacerlo?

Hace unos días leí un artículo sobre el nuevo modelo político islandés, el modelo que ha logrado que Islandia se recupere en un tiempo récord de una quiebra total. Lo han hecho cambiando el paradigma: de un modelo eminentemente masculino, se ha pasado a otro eminentemente femenino. La entrevista principal era a la ministra de cultura (por cierto, en Islandia, un ministerio muy importante, puesto que la cultura ha pasado a ser un sector productivo de la economía del país), y lo primero que le chocaba a la periodista es que esta mujer acababa de incorporarse de su permiso de maternidad, que había disfrutado completito; y no olvidemos, que el permiso de maternidad islandés es uno de los más generosos de Europa. No sólo nadie cuestionaba que una ministra disfrutara ese permiso, es que yo creo que si no lo hubiera hecho a los islandeses les hubiera chirriado lo mismo que me chirrió a mi que no lo hiciera Soraya.

Pero hay más temas en cuanto a conciliación. No se trata sólo de aumentar los permisos más que las plazas de guardería (por cierto, y aprovecho desde aquí para señalar que sería bastante más barato, ya que la sanidad ahorraría en atención primaria a niños y madres, porque no hay que olvidar que ambos enfermamos menos cuando la lactancia es exclusiva y estamos cerquita). En España no se concilia más allá del permiso de maternidad porque no concebimos un mundo adulto con niños.

Y esto seguro que lo habéis vivido: cuando se junta toda la familia, cuando somos muchos, hay mesas de niños (que comen antes) y mesas de mayores; cuando vamos a una boda o sarao en el que puedes llevar niños (cada vez hay más bodas en las que te piden que no lleves niños) hay menú infantil. Los horarios de comidas y sueño de los niños, según las hojitas de atención primaria, son distintos a los nuestros. En general, todas las relaciones sociales están estructuradas separando la vida de los niños de la vida de los adultos.

Por eso tal vez, cuando llevaba a la tienda a mi hija pequeña en la espalda y le daba teta cuando me lo pedía, mi familia me decía que “esto es tu trabajo, qué va a decir la gente”.

Hace tiempo ya leí y vi un reportaje sobre una revista americana dedicada a la maternidad. Todas las trabajadoras de la revista, de tirada semanal y edición digital, son mujeres, y todas son madres. Y todas llevaban a sus hijos en edad pre-escolar al trabajo. No me quiero ni imaginar la cara que se le hubiera puesto a mi jefa si le llego a decir que me llevo a mi hija a la tele para poder estar con ella; ¡pero si me despidió antes de negociar el permiso de lactancia!

En nuestra sociedad adulta, no hay sitio para los niños. Por eso es tan difícil conciliar, porque para hacerlo siempre se parte de la base de que se necesita un espacio distinto para ellos; y cuando no hay dinero para crear esos espacios a todo el mundo se le hace imposible esa palabra.

 

Hoy me está saliendo una entrada muy larga, lo sé. Pero es que no puedo evitar que mi cabeza, que ha planeado dos maternidades, cada una con sus propias necesidades, bulla pensando en lo que podría ser, en lo bueno que sería que los niños formaran parte de la tribu, para que luego sepan por lo que luchan cuando son adultos.

De momento, me tendré que conformar con gritar negro sobre blanco, que nosotras, igual que nuestros hijos, tenemos derecho a una crianza con sus tiempos, y teniendo en cuenta las necesidades de cada una de las partes. Y por favor, que no se olvide que los niños son una parte.

9 abril, 2014
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3 Euros

Eso es lo que vi encima del mostrador el otro día: 3 euros.

Fue una tarde difícil: dos madres, en situaciones distintas pero igual de desesperantes. Y yo preguntando a mi comadre cómo afrontar estas tardes.

Hay poco que decir. Muy poco. Supongo que seguiré sin saber cómo hacerlo, y seguiré intentando que al menos, no se me note lo mucho que me afecta.

El caso es que una de las mujeres era la segunda vez que venía a la tienda, y también había estado en una reunión de LLL.

El problema, que parece una tontería, es el que más se repite, y por lo tanto, el que más puede acabar con lactancias que podrían ser satisfactorias: la postura.

La miramos, la “mimamos” un rato, intentamos buscar alternativas, hacer pruebas… Así estuvimos un rato. No hicimos nada diferente a otras veces. Para mí, todas las mujeres necesitan lo mismo: tiempo y caricias. Y bien estando sola, bien acompañada por mi comadre, eso es lo que damos.

Por fin la mujer logró un agarre sin dolor (o casi) y me pidió una cosa de la tienda.

Al pagar, le sobraban 8 euros. Cogió el billete y me dijo

“Es la segunda vez que vengo. Quédate los 3 euros”

“No puedo quedarme con ellos, no he hecho nada”

“Pues yo no los voy a coger”

Y allí se quedaron los 3 euros, en el mostrador. Y en mi mente para siempre.

9 abril, 2014
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La Teta y Más, premio al comercio más innovador

Bueno, ya lo habéis leído.

A La Teta y Más, le han dado un premio.

Somos la iniciativa empresarial leonesa, en la categoría de comercio, más innovador del año 2010. Al parecer, no sólo se trata de lo que os digo desde aquí, o desde Facebook, o Twitter; ni sólo por tener una tienda on-line. El jurado valoró nuestra capacidad para encontrar un nicho de mercado nuevo: las mujeres que quieren amamantar y llevar a sus hijos en brazos. También, la vocación de servicio,  a través de los talleres y consultas gratuitas. Y el concepto de “empresa social”.

Todo esto nos da un empujón.

Muchas veces a lo largo de este año y medio de vida de La Teta, me he preguntado si no me habría equivocado. Días sin movimiento en la tienda (ni la física ni la virtual), cuentas que descuentan, … Ayer, una ciudad nos dijo que no, que lo estábamos haciendo bien.

Por eso, a pesar de ser un acto poco emotivo (el premio es algo tan prosaico como 3.000 €) yo me pasé el tiempo llorando. Y riendo. Porque lo estamos haciendo bien.

 

Cuando me dijeron que nos habían concedido el premio, me comunicaron que, al recibirlo, debía hablar entre 5 y 10 minutos, no sólo para agradecer el premio, sino también para explicar el proyecto. Yo dije, con muy buen humor y confianza, que necesitaba más. No estaba nerviosa, estoy acostumbrada a hablar en público, y creía de verdad que iba a contarlo todo con locuacidad envidiable, y terminaría hablando 20 minutos.

JA.

Me puse a llorar. Apenas pude articular 4 minutos, en los que me dediqué a decir gracias. Así que ahora, voy a escribir lo que quise decir y no pude:

La Teta y Más es una empresa social en la que hemos colocado en primer plano el apoyo a las mujeres y sus hijos, y por ende, a las familias. Desde donde tratamos de fomentar la crianza con apego y la lactancia materna, siguiendo la filosofía de La Liga de la Leche: apoyo madre a madre. Y luego, si eso, vendemos.

 

Nos han dado un premio a la innovación por intentar apoyar un tipo de crianza que se remonta a los tiempos de las cavernas, y eso es muy triste. Es triste porque hemos perdido la perspectiva, y nos hemos desconectado de nuestra propia naturaleza mamífera, y por eso ahora, “reconectar” es innovar.

No vengáis a La Teta y Más si queréis chupetes, o biberones, o ropa para la cuna o para el cochecito. Porque otro de los rasgos que nos diferencian en la coherencia pese a quien pese: colechamos, y por eso no necesitamos cunas; llevamos a nuestros hijos en brazos, y por eso no necesitamos cochecitos; damos teta, y por eso no necesitamos otra cosa.

Si queréis ropita, tal vez encontréis más en otras tiendas. Y desde luego….¡no soy una mercería!!!!

Lo que sí vais a encontrar en La Teta y Más son Portabebés fisiológicos, pañales de tela, pañales desechables ecológicos, cosmética natural para la madre y el hijo, y todo tipo de artículos relacionados íntimamente, con la lactancia materna. Y sobre todo y ante todo, vais a encontrar empatía y apoyo, e información de la buena, para que podáis criar a vuestros hijos de la manera en que deseéis hacerlo, sin juicios y con el máximo de los respetos.

Gracias, muchas gracias a todas las personas que han creado un universo de esta humilde “tienda de bebés”; todas las personas que, cuando cuelgo en Facebook el caso de una madre que busca ayuda, se vuelcan para que esa mujer se sienta acompañada y encuentre lo que busca. Gracias por crear el sitio ideal para todas las familias que creen en que a los hijos no se les debe dejar llorar. Gracias por formar un ente con vida propia. Gracias por ser parte de La Teta y Más.

 

¡VIVA LA TETA!

9 abril, 2014
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De deberes y obligaciones

Le doy muchas vueltas a las cosas, lo sé. Cuando algo se me mete entre ceja y ceja me pongo pesada a más no poder, soy consciente. Pero es que hay cosas que tocan mucho los genitales, pero en mal plan, no sé si me explico.

dolcefarniente

Voy a empezar por el principio, que me pierdo, empiezo a divagar y luego me decís que no os enteráis de nada.

Hace un rato, mi buena amiga Lady Vaga compartió, foro de EPEN mediante, esta perla de la maravillosa revista del grupo Quirón:

http://issuu.com/revistaquiron/docs/ghq_11?mode=embed&layout=http%3A%2F%2Fskin.issuu.com%2Fv%2Flight%2Flayout.xml&showFlipBtn=true

Os voy a ahorrar su lectura, porque no quiero ser responsable de desprendimientos de retina varios.

En este número hay concretamente 2 reportajes que llaman poderosamente la atención: uno sobre embarazos y pruebas y otro sobre revisiones ginecológicas.

La verdad es que, si miramos asépticamente la información, está bastante bien explicado en qué consiste cada prueba o cada revisión.

A lo que voy y que me cabrea, es que es lo de siempre: las mujeres, embarazadas, nos volvemos incapaces de decidir; ahora son otros los que nos dicen lo que debemos hacer, a qué pruebas someternos y cómo actuar en nuestra vida diaria de ahí en adelante.

Y es eso, la forma de redactar la información, lo que a mí me cabrea; y creo que no soy la única.

En primer lugar, el endiosamiento de los padres ginecólogos (permítanme el masculino genérico que yo a chuminadas lingüísticas varias, es que no me acostumbro).

Yo no me hablo con ginecólogos. Por supuesto no puedo generalizar, porque no les conozco a todos y seguro que alguno majo hay (perdóname Emilio, insigne excepción), pero es que me caen mal. Además creo que se meten donde nadie les llama. Me explico: la profesional (y aquí pongo el femenino, porque me sale) capacitada para hacer un seguimiento de la vida sexual y reproductiva de la mujer, desde su primera regla hasta la menopausia, es la matrona; por supuesto, ello sin detrimento de que quien hace las pruebas A LAS QUE LA MUJER DESEE SOMETERSE TRAS SER DEBIDAMENTE INFORMADA, debe ser un especialista. Luego, si hay algo que se desvíe de la normalidad, y hay sospecha de patología, será ella, la matrona, quien nos sugiera visitar al médico especialista en patologías, que en este caso es el ginecólogo.

Con esto me mato, pero nadie me entiende.

El segundo punto, tiene que ver con las mayúsculas: ninguna mujer tiene la obligación de hacerse ninguna prueba, ni por su edad ni por ninguna otra razón. El profesional que la atienda, sí tiene la obligación de informarle de en qué consiste la prueba, para qué sirve, qué beneficios tiene, qué perjuicios, y por qué debe realizarse en un determinado momento y no en otro. Y luego, la mujer decide si quiere hacérsela o no. Punto.

Esto vale para todas las edades de la mujer, desde su mayoría de edad. Se entiende que mientras sea menor, todas esas explicaciones se le deberán dar al tutor legal de la niña.

E insisto: esto vale para todas las mujeres, igual que vale para todas las personas en su vida y en su relación con los profesionales de la salud que les atienden, independientemente de lo que les ocurra, a no ser que estén inconscientes y el profesional no pueda recabar el consentimiento informado para realizar tales pruebas. Vamos, que no creo que lo que estoy diciendo sea raro; es que lo dice la ley.

Pero claro, ya sabemos que no es lo mismo que a un señor le vayan a hacer una placa de escroto a que a una mujer embarazada le vayan a pinchar una aguja de 20 centímetros en su barriga para sacar un poco de su líquido amniótico. Lo primero, ya veremos a ver qué dice el señor, y lo segundo si tienes más de 35 (esto es, a partir de 35 años y 1 día) y se te ha ocurrido, oh, añosa de mis entretelas, quedarte preñada, es obligatorio.

Pero hay más perlas, sobre todo si seguimos leyendo el reportaje sobre el embarazo.

La mayoría de lo escrito es para aplicarle lo anteriormente dicho, pero hay un párrafo que merece mención aparte, y que dedico especialmente a todas las mujeres que han tenido un parto vaginal después de 1, 2, 3 ó más cesáreas:

“…hay ocasiones en que (…) la cesárea pasa a ser la opción más segura: en caso de que la mujer haya tenido una cesárea previa y otras operaciones en el útero, que el bebé sea demasiado grande para que pase sin riesgos por la vagina, que venga de nalgas, con los pies primero o en posición trasversal(…)”

Creo que lo que voy a decir ahora, ya lo he dicho una vez: ¡¡¡¡VÁYANSE USTEDES A LA MIERDA!!!!

1.- Una cesárea previa o una cicatriz en el útero no supone una cesárea. Eso lo dice hasta la SEGO (Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia).

2.- La “Desproporción Céfalo-Pélvica” es una invención, en la mayor parte de las ocasiones, para justificar que el niño no desciende porque al ginecólogo de turno no le da la real gana que la mujer para en cuclillas o similar, y la pone con las patas arriba, que así no hay quien baje.

3.- Los niños de nalgas nacen por la vagina si se les deja y las manos de quien acompaña están bien lejos y no molestan.

Hala, que esto sí que tenía que decirlo.

9 abril, 2014
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El teléfono

Lo dije en Facebook hace unos días: se me ha muerto el móvil de La Teta.Marketing-Móvil-Apis

Y lo dije el otro día en la charla de Hangout: hay veces que apago el móvil porque no puedo más.

Quizá por eso no he puesto aún solución a la primera frase. Se me ha muerto, pero no lo he resucitado, ni sustituido. Y el caso es que me gustaría decir que lo siento, pero no diría la verdad. Y quienes me conocéis sabéis que no me gusta nada mentir. Y sé que habrá quien me esté llamando ahora mismo, y que quizá el estar “ilocalizable” me esté quitando de ganar dinero. Pero también sé que quien realmente me necesita me escribe al correo, así que estoy tranquila porque quien quiera, sabe, en realidad, dónde y cómo encontrarme.

Lo de apagar el móvil, que lo dije abiertamente el otro día y luego, casi casi que me arrepiento de haberlo dicho tan a las claras, es una cuestión de higiene mental y de protección frente a comportamientos que para mi pueden llegar a ser tóxicos, porque me desmoralizan y me cabrean. Y creo que quienes se dedican a lo mismo que yo me comprenderán perfectamente.

Os voy a describir una situación que se repite mucho más de lo que os podéis imaginar:

Estoy saliendo de una misa de funeral por una tía de mi madre que ha muerto. No es una situación dramática, porque la señora ha vivido 101 años muy bien vividos, pero sí triste precisamente porque todos hemos disfrutado de lo bien que ha vivido. Nada más conectar los móviles (tengo dos, el personal y el de La Teta) recibo una llamada desde el del trabajo. Una mujer me empieza a preguntar sobre pañales de tela, porque está pensando en hacerse una pañalada y no encuentra información que le convenza. A pesar de estar rodeada de familia, me aparto y la atiendo como hago con todo aquel a quien cojo el teléfono. Estoy con ella 10 minutos, informándole de todos los tipos de pañales que conozco y dándole referencias de páginas y lugares donde encontrar más información. Le doy una lista de páginas con las que trabajo para que, si se decide, me diga lo que quiere, y yo se lo traigo a León. Me agradece muchísimo la información y la atención prestada. Vale. Unos días más tarde, me vuelve a llamar y me dice que no me preocupe, que ya ha hecho ella el pedido de pañales, que como eran muchos, le salían gratis los gastos de envío así que no le merecía la pena pedírmelos a mi. Yo me quedo a cuadros, porque lo que yo iba a “ganar” de esos 10 minutos que yo le di de mi vida a esa mujer y que no le ha dado el sitio donde haya comprado los pañales, era el margen que me diera su distribución.

Vale. Imaginaos un teléfono que suena una media de 10 ó 12 veces al día. Mujeres que han oído hablar de mí, que se meten en la página, me leen, ven lo que ofrezco. Mujeres que me piden consejo y que, sabiendo a lo que me dedico, me tienen 10 ó 15 minutos al teléfono y a las que no vuelvo a oír jamás. Yo atiendo una consulta más o menos a la semana, así que echad la cuenta del tiempo que regalo. O mejor, del tiempo que me roban. Y lo digo así porque, insisto, cuando una persona me llama, normalmente, ya sabe a lo que me dedico, lo que en teoría me debería dar de comer.

Y es cierto que a lo mejor pagan justos por pecadores. También he recibido llamadas y mensajes airados de quien ha intentado localizarme en un momento delicado de su vida, y no ha podido hablar conmigo. He de decir, que tampoco tengo obligación, lo digo porque a veces hay quien me pone verde porque no consigue hablar conmigo.

La peña, no sé por qué, tiende a pensar que este oficio que yo amo como no había amado ningún otro, es una especie de híbrido entre voluntariado gratuito y funcionariado permanente. Es decir: lo haces por amor al arte y a la humanidad, y además tienes la obligación de estar para todo el mundo 24 horas al día, 7 días a la semana.

Os voy a contar otra, que compartí hace poco en el muro de Nohemí Hervada, hablando de una carta absurda de un colectivo de matronas madrileñas:

Una matrona del centro de salud del barrio donde estaba ubicada la tienda de La Teta, me mandaba a un montón de mujeres todas las semanas. Hubo una temporada que yo atendía (gratis, porque esto fue antes de empezar a cobrar) por lo menos a una mujer al día en la trastienda de La Teta. Cuando empecé a cobrar, las mujeres seguían viniendo, y unas se quedaban, cuando les decía lo que costaba la consulta, y otras se iban con cara de “qué me estas contando”. Fui a hablar con la matrona, para ver por dónde respiraba en realidad, y para decirle que avisara a las madres de que yo cobraba. Lo primero que me dijo es que ella tenía 5 ó 10 minutos por consulta, y que yo tenía todo el tiempo del mundo (incluso aunque no cobre, era una tienda, donde se supone que entraba gente a comprar. ¿De dónde se sacaba ella que yo tenía todo el tiempo del mundo?); cuando le dije que, para poder ofrecer todo el tiempo del mundo sin preocuparme por si entraba gente a comprar o no, estaba cobrando 30€ la consulta, me miró escandalizada, me dijo que no podía cobrar, que eso era intrusismo. Es decir: tú no haces tu trabajo, el trabajo por el que cobras religiosamente todos los meses; me mandas a la gente para que yo haga ese trabajo, siempre y cuando lo haga gratis, porque si cobro, entonces es “intrusismo”. He de decir que no me volvió a enviar a nadie. Y también he de decir que yo seguí atendiendo mujeres de su consulta; muchas menos y ahora por otro motivo: para arreglar las barbaridades que decía esta mujer, que no tenía, en realidad, ni repajolera idea de lactancia.

En las últimas semanas han pasado cosas en mi vida que me han llevado a un momento de introspección. Me estoy tomando tiempo (y no siempre es de manera voluntaria, es que la cabeza y el alma, no me dan para más) para colocar cosas. He sufrido pérdidas personales que me han removido mucho más de lo que yo pensaba. He descubierto que un año es poco a veces para un duelo, y he tenido que compaginar el dolor atenuado por el tiempo con el desgarrador de la muerte reciente. Me he visto a mi misma haciendo un hueco urgente en la mochila para ayudar a llevar otro peso.

Estos momentos de silencio y luto, de oscuridad reflexiva, me han llevado también por otros derroteros. Me he visto a mí misma como doula, habiendo alcanzado un nivel de experticia que deja en una difícil tesitura: ya no puedo seguir formándome a mí misma, porque he llegado demasiado arriba para ello. Para seguir mejorando tengo que plantearme acudir a formaciones que cuestan (y valen) un dinero que no tengo; para poder hacer eso, debería tener ingresos suficientes para satisfacer las necesidades básicas de la familia, y las de la empresa, por ese orden, y sólo después, invertir el dinero que sobrase en ampliar mi formación. La opción es estancarme a sabiendas, en lo que ya sé.

Y cada vez que oigo el teléfono se me pasa todo esto por la cabeza. Y cada llamada me planteo si contestarla o no.

Cuando el teléfono no suena, no tengo que plantearme nada, estoy mucho más tranquila. Y creo que eso, para mi, ha llegado un punto que es fundamental.

Pues eso, que se me ha muerto el móvil, y no tengo el desfibrilador a mano.

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