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Acompañando tu maternidad

Llanto

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Llevo llorando desde ayer.

Tengo que decir que no tengo ningún familiar directo en la mina. No soy de esas familias leonesas (muchas) que vienen de la mina, que la viven porque algún familiar haya estado allí.

A punto estuve, porque los padres de mi primer novio ambos eran trabajadores de la mina; ella, de las primeras mujeres que trabajaron en la bocamina, y él jubilado por silicosis.

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También lo conocí en el colegio, a través de una compañera, huérfana antes de llegar a la adolescencia porque de nuevo la silicosis, se llevó a su padre de manera prematura.

Y hoy, vivo la mina a través de una mujer de bandera y puño en alto, mi comadre Raquel, mujer del carbón y compañera desde hace media vida de un minero, que ayer estaba en el pozo Emilio, y que afortunadamente salió con bien de la mina.

Como digo, llevo llorando desde ayer.

Por ellos y por mi. Porque es injusto que esto pase siempre, porque uno de ellos tenía que estar fuera según el plan del carbón recientemente derogado.

Hace unos minutos me llamaba una clienta. Una de esas con las que se mantiene el contacto y cuando nos vemos, lo celebramos con un café. La acompañé una mañana recién llegada del hospital, con un problema de lactancia que se solucionó. Y como quedó contenta, me recomendó a unos amigos con un problema similar, este verano. Hace 6 semanas. Me llamó la atención el papá, que normalmente mientras yo estoy con la mujer, hacen mutis por el foro, y estuvo allí, sin moverse, preguntando cosas y queriendo saber cómo acompañar también él a su mujer. Este papá me llevó luego a mi casa en coche y estuvimos hablando de su paternidad, de su papel, y del mío. Hace unos minutos me ha llamado su amiga. Uno de los hombres que perdió la vida ayer era ese papá.

Así que no puedo parar. Llevo llorando desde ayer.

Durante las protestas mineras (esas que nosotros en León sabemos que han sido casi de guerrilla, pero que para el resto de España se ha limitado a la manifestación de Madrid) se ha hablado de los sueldos y subsidios de los mineros, de sus prejubilaciones al cumplir los 40.

Pero no se habla del grisú. Bueno, sí; hoy se ha hablado del grisú. Hoy todo el mundo (o casi) sabe que se compone principalmente del metano, que puede explotar, y cuando no lo hace, se come el oxígeno existente en cuestión de segundos. Hoy España sabe que el grisú mata. Pero no se habla de la enfermedad, la otra cara del grisú, del gas que se te mete dentro sin enterarte y que no te asfixia de repente, sino que hiere de muerte tus pulmones y te convierte en un enfermo crónico a los 40.

Tampoco se habla de los huesos que envejecen antes de tiempo por el trabajo duro, por los brazos que se cansan de picar o de entibar en posturas imposibles durante horas en las que no ves el sol,  y sólo percibes el rancio y pesado aire que inunda la mina. De la humedad que se mete en esos huesos que te hacen viejo en la mitad de la vida, tampoco se habla.

Sólo se habla de los subsidios, pero no de los por qués. Los mineros, una panda de vagos que sólo están ahí chupando del frasco, y encima se quejan. No de las causas de esos subsidios.

Se habla de la violencia de los mineros, pero no de las situaciones que les han llevado a ejercer esa violencia.

Por eso lloro, y lo  llevo haciendo desde ayer.

Y que me perdonen las familias porque siento que les usurpo el sentimiento. Pero no puedo evitarlo.

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