El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

19 febrero, 2015
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Carta al director de Diario de León

A la att. del señor director del Diario de León:

Estimado señor:

Diario de LeónMe dirijo a usted con motivo de la publicación de una foto en la que aparezco en el diario que usted dirige, para ilustrar una información (o mejor, una desinformación) sobre las doulas.

Soy doula, y como tal se me pidió desde el Diario hace unos meses, una entrevista para explicar cuál es el ámbito en el que trabajo. Para ilustrar aquella entrevista, por cierto, llena de errores que tuve que matizar a través de mi blog, casi punto por punto (http://personal.latetaymas.com/blog/la-teta-y-mas-una-doula-en-leon/) se hizo una foto en casa de una clienta y amiga, para la que ambas dimos nuestro consentimiento, por supuesto, en aquel contexto y para ilustrar aquella entrevista.

Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando veo esa misma foto, mi cara, ilustrando una noticia de agencia en la que se acusa a las doulas, entre otras cosas, de incitar al canibalismo.

Además de doula, soy periodista de formación y de vocación, y como tal trabajé hace años. Entiendo cómo funcionan las cosas con las agencias: yo te vendo una noticia, y si quieres, por un poquito más, te vendo la imagen. Y tú dices “dame la noticia pero mira, imagen ya tengo, que creo que algo hay por ahí”. Y ya ni se valora.

Si el  diario me hubiera llamado para contrastar la sarta de barbaridades ofrecida por el consejo de enfermerías, no me hubiera molestado, ni hubiera puesto pega alguna. Pero es que lo único que aparece de una doula, que soy yo, es mi cara, justo al lado de un ladillo en el que se dice que las doulas obligan a las mujeres a comerse su placenta.

Así que, ya que no se me ha pedido, pero sí se me ha utilizado, me gustaría dejar claro lo que hacemos y lo que no hacemos las doulas, y lo que pienso del informe de marras.

Para empezar el escrito firmado por el señor Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Colegios de Enfermería, es un escrito lleno de, voy a decir errores e inexactitudes. Prefiero achacar las barbaridades que se describen a la ignorancia y el prejuicio, que hablar de ello directamente como mentiras, porque lo segundo implicaría delito. En primer lugar, y creo que es lo más destacable, es que las referencias que aporta en cuanto a enlaces citados son TODOS de páginas y artículos de matronas. Se cita, por ejemplo, el blog personal del Centro Hebamme, que es un centro gestionado por matronas, concretamente por Choni Gómez, una gran profesional que ha dedicado su vida a la atención SANITARIA (porque es enfermera/matrona) de la mujer en sus procesos, siempre desde la evidencia científica avalada por organismos internacionales, como la OMS. Se cita también un artículo aparecido en el blog de la asociación El Parto Es Nuestro, titulado No te bajes las bragas, que está firmado por otra matrona, y sin tener en consideración que dicha asociación es la más importante que aglutina usuarios y profesionales para mejorar la atención al parto en este país, y que ha participado en la elaboración de la Estrategia de Atención al Parto Normal firmada por el ministerio de sanidad.

Respecto a la actividad de las doulas…

Una doula acompaña a la mujer en sus procesos, no juzga, no obliga ni sugiere, no está para eso. La doula no es personal sanitario, y por lo tanto, no asiste; queda claro siempre (o debería) que la asistencia sanitaria la provee la profesional más capacitada para ello, que en este caso es la matrona, pero siempre teniendo claro que es la mujer la que decide. Y no decide si quiere que la asista una doula o una matrona; decide si quiere recibir asistencia sanitaria o no. Y puede ser que decida tener asistencia sanitaria y no tener la compañía de una doula, o que quiera la compañía pero no la asistencia, o que quiera ambas cosas o no quiera ninguna. También puede ser que una mujer quiera parir acostada o que prefiera hacerlo de pie, o que quiera la epidural o no la quiera, o que prefiera una cesárea programada por miedo o por trauma, …

Doula es una palabra griega que significa Esclava. De hecho, el matiz es tan duro en cuanto al servilismo, que en Grecia a las doulas no se las llama doulas, sino Paramanas, que viene a significar algo parecido a “Comadre”. ¿Cómo es posible, pues, que una esclava obligue?

Sobre la placentogia… Creo que es una cuestión anecdótica, pero por sus características, es lo que más ha dado que hablar. No voy a entrar en temas científicos; no voy a empezar a enumerar los estudios que hay sobre el tema, tanto en animales (la totalidad de mamíferos en la naturaleza, se comen la placenta) como en distintas sociedades (ninguna de ellas caníbales). Pero puesto que mi cara aparece justo al lado de la afirmación de que las doulas obligamos a las mujeres a comerse su placenta, diré que no conozco personalmente a ninguna mujer que lo haya hecho. No he hablado de placentofagia con ninguna mujer, a no ser que me hayan preguntado primero por el tema, en cuyo caso les he facilitado la información de que disponía sobre ello, igual que sobre todo aquello que la mujer a la que acompaño necesite y demande. Y no encapsulo placenta.

Estos días las redes están incendiadas con este tema. Muchas matronas y enfermeras se han sentido ofendidas por el informe (no sólo las citadas directamente en él) y por supuesto se están escribiendo entradas por parte de doulas en muchos blogs de maternidad. Pero de verdad que me gustaría que alguien se molestase en ponerse en contacto con alguna madre que haya tenido los servicios de una doula.

El perfil de mujer que solicita los servicios de una doula es de una estatus cultural medio-alto, con estudios superiores. No son mujeres tontas a las que se pueda manipular u obligar a hacer algo que no quieran. Tal vez es eso lo que molesta: mujeres que no están dispuestas a tragar protocolos obsoletos que la ven como un objeto del que extraer un producto, y que buscan información y apoyo para convertirse en lo que deben y quieren ser: sujetos de su propia vivencia sexual.

Para finalizar, y después de exponer mis razones, quiero que entiendan la exigencia que viene a continuación. Estamos en una provincia pequeña, en una ciudad pequeña, donde hay muy pocas doulas trabajando. Mi cara ilustrando semejantes barbaridades menoscaba mi derecho al honor reconocido en la constitución, y puede perjudicarme gravemente en mi vida profesional. Por eso, pido, pero con un toque de exigencia, que sea publicada esta rectificación en un lugar visible y proporcional de su periódico. No sólo es por mi. La mujer que aparece a mi lado no tiene por qué quedar como la loca mujer que se dejó comer la cabeza por una bruja caníbal, entiéndanlo.

Sin más que añadir, se despide atentamente

Raquel García

Doula, Asesora de Lactancia, y activista en pro del derecho de las mujeres a decidir.

14 octubre, 2014
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Mejor sin niños

Empiezo a escribir esto, casi con prevención, así que aviso. Esas líneas son sólo una reflexión, que no pretenden adoctrinar a nadie, ni son, ni de soslayo, una declaración de “buena madre” ni nada por el estilo. Es sólo que cuando se tiene tiempo, a veces, te dedicas a masticar algo que oíste hace tiempo, y te das cuenta de que lo tienes ahí y necesitas escribirlo para ordenarlo y para comprobar, tú también, si tiene algún sentido.

Y eso que oí-vi escrito hace tiempo, y que lo llevo masticando desde entonces es la recomendación de “mejor sin niños”.

A ver, que no se trata de que alguien me haya citado para una reunión de un comité de empresa, o de una junta directiva de un banco, o similar y me haya pedido que mejor vaya sin niños, no. Nunca he estado en una de esas reuniones, pero estoy casi segura que en sus citaciones no viene esta muletilla, porque “se supone”. No. Me refiero a una reunión de padres de alumnos, por ejemplo, o de profesores y padres, o de catequesis. Todas ellas con la excusa de hacer cosas “por el bien del niño, pero mejor sin niños”. Suena a aquello de “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.

La recomendación o mejor, petición, es fácil de entender. Parte de la premisa de que los niños dan mucho el coñazo. Bueno, no. Que se aburren, y claro como son niños, pues luego se mueven y tal. Vamos, que dan el coñazo. Que digo yo, que ya que pedimos que no estén, seamos sinceros con lo que sentimos.

La cosa está tan extendida, que a mi me han llegado a preguntar si se puede asistir a una reunión de un grupo de apoyo para la lactancia con niños. Incluso, ya el colmo, una mujer llegó a decirme, al concertar una cita para una consulta de lactancia, que tal hora era mala, porque entonces tendría que traer al bebé; que digo yo, cómo narices voy a llevar una consulta de lactancia sin el lactante. Sólo falta que cuando pidamos hora para el pediatra, nos digan que mejor, sin niño, no vaya a ser que nos distraiga de lo principal.

El caso es que hay mucha gente que no puede evitar ir con niños. La mayor parte de las veces, es porque no tiene con quién dejarlos, y entonces se ven en la terrible necesidad de pedir disculpas por tener hijos, aunque la reunión sea, precisamente, para padres. Pero también hay veces que te encuentras con quien, simplemente, no le da la gana ir sin niño. Y mira, me parece bien. Y lo dice quien suele ir sin ellas.

Voy sin ellas ahora, claro. Que es cuando ellas rara vez quieren venir conmigo.

Yekuana-11_small1

El caso es que no puedo evitar pensar en el libro de Jean Liedloff,  El Concepto del Continuum; en su descripción de la relación de los Yekuana con sus hijos, Liedloff no dice nunca que los niños fueran molestos. De hecho, los niños no estaban con otros niños (no sólo), sino con niños de otras edades, y con adultos. Mientras no podían caminar por si mismos, en brazos de sus madres, y en cuanto podían hacerse cargo de pequeñas tareas, las hacían. Por supuesto, nadie en la tribu esperaba que un niño de 2 años terminase una tarea, pero se animaba a hacer cositas; y nadie pensaba que fueran molestos.

Eso me lleva a mi propia experiencia.

Cuando empecé con la cosa esta de La Teta, lo hice con mi comadre Raquel Balbuena. Yo creo que todavía estamos en la memoria de alguien, con nuestros hijos pequeños a cuestas, y llevando el material para dar un taller o charla; incluso amamantando mientras le dábamos al “Enter” de la presentación en power point de turno. Recuerdo un taller en concreto. Fue el taller que supuso la norma de “no más de 10 ó 12 personas por taller”, porque fue una locura. Nos invitaron en Valladolid, y se juntaron veintimuchas personas en un aula no muy grande; en la parte práctica (era un taller de portabebés) se hicieron un montón de grupitos, y Raquel y yo íbamos de uno a otro, dando instrucciones, corrigiendo nudos, etc. Nuestros hijos, entonces de dos y tres años, simplemente iban detrás de nosotras, entre aquella multitud de piernas, brazos y extremos de fulares, sin decir ni mu. En más de dos horas no pudimos hacerles caso, y ellos lo llevaron con la paciencia de quien sabe de qué va el tema.

Cuando di el salto a la tienda, la cosa cambió. Las niñas estaban poco tiempo en ella, y era porque, la verdad, era un coñazo tenerlas allí. La mayor nunca había venido conmigo a ninguna charla o taller (no había coincidido), y cuando entraba alguien se ponía a hablar en plan Pepito Grillo, y no me dejaba meter a mí baza, y la pequeña, en cuanto veía que me ponía con un cliente, me reclamaba y tenía que cogerla y darle teta. Imposible. Así que, “mejor sin niños”, se iban con mis padres durante mi jornada.

Profesion-de-padres

Pero, ¿qué hubiera pasado si en lugar de las charlas y los talleres, que la pequeña integró tan bien, y que sabía cómo debía comportarse, hubiera tenido una tienda desde el principio? ¿Qué hubiera pasado si mis hijas, las dos, hubieran pasado tiempo en mi lugar de trabajo desde su nacimiento? Ahora atiendo en casa, y la verdad es que no dan ningún problema. Es más: muchas veces me resultan de mucha ayuda.

Recuerdo hace (mucho) tiempo, vi un reportaje fotográfico sobre una inusual redacción de una revista de maternidad. En ella, las redactoras (todas mujeres) iban al trabajo con sus hijos, de varias edades. Había carritos, fulares, tetas, parquecitos… La revista salía a su hora, con todos sus contenidos y sin ningún problema.

¿Puede ser que al sacar a los niños de nuestras rutinas de adultos les hagamos unos inútiles a la hora de integrarse en nuestra vida diaria? Si ellos deberán ser algún día adultos, que ocuparán trabajos y tendrán esa misma rutina, ¿por qué los alejamos y sólo permitimos que estén con otros niños de su misma edad? ¿Son un coñazo por si mismos, o les hemos convertido en un coñazo a fuerza de alejarlos, inutilinándolos para convivir en nuestro mundo?

Que sí, que ya sé que es fácil mirar las cosas desde esta perspectiva “niño-centrista”, cuando te dedicas a lo que me dedico yo o a lo que se dedica mi marido, pero que otra cosa sería ir al banco y encontrarnos a la cajera dando teta mientras cuenta billetes, al encargado de la tramitación de hipotecas mirando de reojo a su churumbel en un parquecito con juguetes y a la directora acunando a su rorro en el cochecito.

Bueno, igual no era un mundo tan malo, ¿no?

11 septiembre, 2014
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De intrusismos y otras usurpaciones

Hace 15 años me licencié en Ciencias de la Información. Eso me convierte en teórica de la comunicación. Además, trabajé como periodista durante algún tiempo, así que puedo hablar desde la teoría y desde la práctica. Y hoy, os voy a dar una lección de Teoría y Práctica de la Comunicación, con permiso, claro, de los profesores de periodismo que andan por las diferentes facultades que se reparten a lo largo y ancho del territorio nacional.

La información es un producto, igual que lo es el tomate, o el algodón. Este producto se puede consumir tal cual, igual que cuando consumes un tomate directamente de la cesta, o se puede procesar, como se hace con los tomates que entran en las fábricas de salsa. Y el periodista puede ser un obrero en la cadena de la fábrica de salsa, o, cada vez más, un trabajador autónomo como el agricultor almeriense.

Es decir, tú puedes consumir la información directamente, sin filtros, porque además ahora hay un acceso libre a todo tipo de información, o puedes pedir que alguien recopile toda la información que te resulte interesante, la ordene, la procese, la explique y le dé forma, y bien te la ofrezca directamente a ti o bien la procese para algún medio que luego tú consumas (recomiendo más la primera opción que la segunda; de toda la vida de dios, mejor comprarle la salsa a un artesano que a una fábrica, que vete a saber tú los colorantes que le echa).

Desde el punto de vista teórico, el periodista es el profesional que garantiza el acceso de todos a toda la información que le sea pertinente y necesaria. Y es una labor tan importante, que ese acceso está garantizado en el artículo 20 de la constitución española, es decir, dentro del grupo de artículos que recogen lo derechos de especialísima protección, aquellos que son directamente exigibles a través de los tribunales sin necesidad de que exista una ley que lo desarrolle. Para que nos entendamos: aunque el derecho a la vivienda está recogido en la constitución, por el lugar donde está nadie puede exigir directamente a los tribunales que le sea facilitada una vivienda, aunque se supone que el legislador debe proveer al ordenamiento de una norma que lo garantice; pero yo sí puedo ir directamente a un tribunal de primera instancia y reclamar que se me facilite determinada información si algún poder público me la ha escatimado, sin necesidad de que haya una ley que desarrolle ese derecho.

Y esto es así, porque aunque la gente no se lo llegue a creer, la información es un bien muy valioso para que una democracia sea efectiva, y no sólo en lo que a política se refiere. Cuando se llamaba al periodismo “Cuarto Poder”, sin duda se hacía tomando el supuesto control a los poderes públicos como referencia. Pero lo cierto es que, salvo en los países donde el periodismo es una profesión relevante y respetada, esto no es así en la práctica: los periodistas al final trabajan para medios, que suelen estar vendidos a los mismos poderes públicos ante los que deberían ejercer un control. Y así no se puede, claro.

Pero la vida en democracia y en igualdad, va más allá del conocimiento que se tenga sobre los asuntos políticos. La vida en democracia e igualdad se basa, en primer lugar, en la capacidad de todos los ciudadanos de tomar decisiones libres sobre todos aquellos asuntos que le incumben, que tienen relevancia en su día a día. Porque una vez solventado esto, lo demás vendrá solo.

Quiero decir que mientras la mayoría de los ciudadanos (y ciudadanas, claro) no sean plenamente consciente de que tienen derecho a conocer todos aquellos aspectos de cualquier disciplina que tenga que ver con su vida, y que deben reclamar ese derecho para poder decidir, dentro de las diferentes opciones, la que quieren para ellos, no entenderán que también pueden hacer lo mismo con la vida de su barrio, de su pueblo, o de su país.

Sigamos.

Dentro de los periodistas (y del periodismo), hay aquellos profesionales que no están especializados en ningún tema, que sin saber de nada son expertos de todo, que suelen ser los de los medios locales, y aquellos que están especializados, en economía, por ejemplo, e incluso, hiperespecializados, en información bursátil, por seguir con el símil. Aunque existen postgrados en las especialidades más comunes, lo cierto es que la especialización de los periodistas es, en la mayoría de los casos, de oficio. Es decir: el que se ha especializado en información bursátil no es porque después de la carrera haya hecho un postgrado en periodismo económico o en periodismo bursátil, sino que como le ha tocado ir a cubrir la bolsa durante tiempo, al final su jefe siempre le manda a él, porque así su trabajo es más eficiente que si enviase a otro que ha hecho todos los plenos del mundo pero tendría que aprender a interpretar las pizarras.

Y dentro de las especialidades (y aquí ya me acerco yo a mi monotema) está la sanitaria. Por poneros un ejemplo, Ramón Sánchez Ocaña, periodista de pro, que a fuerza de informar sobre asuntos sanitarios, de tener que prepararse durante años un programa a la semana, se convirtió en el paradigma de periodista especializado, sobre todo en una época en la que parecía que el único periodismo bueno era el político.

¿Y por qué escribo esto? ¿Por qué me he levantado hoy con el afán de daros el coñazo con teoría comunicativa? Pues porque hace unos días (unos cuantos, lo admito), mi amiga Trini, de Canguritos, compartió un propuesta de firma de una asociación profesional sanitaria relacionada con la atención a la mujer, en la que se pedía que se dejasen de hacer actividades formativas para personas que no fueran de ese ámbito. Es decir: que nadie salvo ellos pudiera tener acceso a la información sobre embarazo-parto-puerperio. Su miedo es que haya alguna persona que, teniendo esa información, se tome la libertad de informar a las mujeres sobre esos procesos, y lo haga fuera del ámbito sanitario. Así que lo que quieren es que esa información sea privativa de esos profesionales y sean ellos quienes la administren y decidan lo que las mujeres pueden y no pueden saber y en qué canales pueden y no pueden encontrarla.

Cuando me enteré, lo primero que me salió es la reacción de teórica de la información: la información es pública, no puede ser privativa de un sector, aunque se refiera a ese sector. Es decir, que por muy sanitaria que sea la información, el sector sanitario no puede apropiarse de ella, porque hacerlo va directamente contra la constitución.

Luego, me salió el ramalazo de mujer activamente feminista: la apropiación, por parte del sector sanitario, de información relativa a mi salud sexual y reproductiva, limita mi libertad de decisión en esos procesos, puesto que puedo sospechar que quien no quiere que esa información sea de acceso público, lo que quiere en realidad es ocultarme algún aspecto de la misma, lo que directamente menoscaba mi libertad a la hora de elegir la atención que quiero, puesto que no puedo valorar todos los supuestos.

Y después, y por eso he tardado tanto en escribir esto, me sale la vena de periodista educada en la mala leche: si hablamos de intrusismo, me toca directamente, que ya me toca los cojones que todo el mundo se crea con el derecho y la capacidad para tratar la información de manera veraz e inteligible por las personas a las que va dirigida: señoras y señores del sector médico-sanitario relativo a la salud sexual y reproductiva de las mujeres: si yo no me dedico a hacer su trabajo, ¿por qué narices hacen ustedes el mío? Les puedo asegurar que informo yo mucho mejor que ustedes, aunque solo sea por la práctica, y por eso que tan importante les parece ahora, que es un título. ¿Tienen ustedes título alguno que les capacite para informar? Yo sí.

Y para todos aquellos que vengan ahora y me digan aquello de “pues mi vecino del quinto no pasó del Bachiller y está en no sé qué tele”; o “la prima de la mujer de mi cuñado hizo Filosofía y Letras y hace un programa en no sé qué radio”, les diré: Si tampoco hace periodismo para ejercer de periodista, entonces para informar no hace falta un título, luego que no me venga la peña diciendo que para acompañar a una mujer y facilitarle información sobre sus procesos necesito tener un título.

Es un silogismo, simple y directo.

Edito a la vista de los malos entendidos que ha suscitado esta entrada. Obviamente, cuando escribo espero una reacción, y entiendo que hay quien no comprende el sentido de todo lo que escribo; pero en este caso ha habido un número inusualmente alto de personas que lo han malinterpretado. Si eres una de esas personas, te ruego que inviertas un poco de tiempo en leerlo de nuevo con el modo ironía on. Por supuesto que entiendo que, tal y como me han recordado muy amablemente en Facebook, sólo faltaría que para pasar los informes al ordenador, los datos del parto etc se necesitase un secretario o apuntador y un periodista para informar a la paciente (que molará el día que una mujer de parto deje de ser una paciente) un electricista para q enchufe el monitor y encienda la luz, etc. Lo que he tratado de hacer es ponerme en el lado contrario de quien no quiere ver más allá de su título

2 agosto, 2014
por admin
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Hablo por mi, y sólo por mi

Hace días que las redes son el escenario de un agrio debate sobre si las Asesoras de Lactancia deben o no cobrar. Y como hay un trozo de la cuestión que me toca, voy a aclarar cosas, sobre todo porque entre lo último publicado (disculpad, pero es que no voy a compartir enlaces, porque me parece que ya hay bastante, que cada uno publique lo suyo) creo que hay algo que va totalmente contra quienes ejercen su actividad de la manera más ética posible, y esto va a perjudicarlas y de paso, a las mujeres que han confiado en ellas y ahora no sabrán qué pensar. Porque al final eso es lo que importa: las mujeres y sus hijos.

Como vivimos en el país de las titulitis, voy a referirme primero al famoso “Título de Asesora de Lactancia”. Voy a volver a recalcar algo que repito más que el chorizo: no existe ningún título oficial en España que reconozca a nadie como asesor o asesora de lactancia. Hay formaciones de doulas o de asesoras de maternidad (que tampoco son oficiales) que recogen en sus temarios cuestiones sobre lactancia materna. Hay asociaciones de grupos de apoyo que ofrecen, para sus voluntarias, formaciones para que ejerzan su voluntariado. En España, como en muchos otros países, se celebra una vez al año, un examen para acreditarse como ibclc, que es una certificación internacional, pero que tampoco tiene ninguna validez legal real. Y luego la federación que aglutina a  las asociaciones de grupos de apoyo, tiene una formación de la que quien la hace, sale con el título de Asesora de Lactancia, para ejercer de manera voluntaria al amparo de cualquiera de esas asociaciones. Una vez más, no tiene acreditación legal ni por parte del Ministerio de Educación, ni por parte del Ministerio de Sanidad.

Si hacemos historia, hasta 1923, en este país, no había un título legalmente reconocido para ningún sanitario no médico que asistiera partos. Fue entonces cuando los Auxiliares Técnicos Sanitarios se pudieron acreditar, legalmente, para asistir el parto normal. En casa de mis abuelos todavía está colgado el diploma de mi abuelo Terenciano, en el que se acreditaba como tal: “Se acredita a D. Terenciano García Zamora como Auxiliar Técnico Sanitario acreditado para la asistencia del parto normal. A (no me acuerdo la fecha exacta, lo siento) de 1923. D. Alfonso XIII Rey”.  Hasta entonces, quienes asistían a la mujer de parto podían ser desde el médico del pueblo, si lo había, hasta el veterinario, pasando por vecinas, amigas, cuñadas, o tu madre.

Vale, ahora voy a hablar por mi, y sólo por mi.

Yo soy voluntaria en una asociación de grupos de apoyo. Tiene su propia formación para sus voluntarias, y yo no hice nunca ninguna otra formación “oficial”. A pesar de que desde el principio de mi lactancia tuve claro que quería ejercer como voluntaria en esa asociación, las escasez de formadoras hizo que la cosa se alargara mucho. Cuando por fin pude empezar, yo ya había iniciado mi auto-formación. Busqué, hablé con iblcl’s, hablé con madres con problemas y seguí buscando, investigando. Cuando me trababa con algo, acudía a alguna “amiga de la red” con más sabiduría y experiencia que yo, que me ponía en el buen camino para seguir investigando. Es una dinámica que aún hoy, no he abandonado. Aunque tuviera un título “oficial” no me permitiría a mi misma quedarme en esa especie de “funcionariado” del que se cree que ya lo sabe todo. El caso es que cuando por fin empecé mi formación como voluntaria insistí en que mi formadora me ayudara sobre todo a actuar de manera tal que no mezclara ambos mundos: el del voluntariado con el profesional remunerado, que yo ya había comenzado. Era una cuestión de deontología profesional. Tuve incluso un pequeño problema que me hizo plantearme mi voluntariado, porque no quería que la asociación a la que pertenecía se viera afectada, y por supuesto, no quería que ninguna madre creyera erróneamente  que una voluntaria cobra. Hice ejercicios, y discutí mucho, mucho con mi madrina (y aquí empleo el término discusión, como  intercambio de ideas para avanzar juntas, no un encono absurdo, como el que estoy viendo por ahí). Y otra cosa: la formación de mi asociación la pagué, por supuesto, pero no me pareció cara, ni me resulta gravoso seguir con ellas, porque, aunque somos poquitas en mi comunidad autónoma, nos llevamos bien, y entendemos los problemas y limitaciones de cada una, así que los viajes que hacemos, que son para vernos, los hacemos en función de esos problemas.

Yo no me he pagado formación destinada a voluntarias, sino módulos en formaciones internacionales on-line, porque no tengo disponibilidad para hacerlas presenciales, o con gente de mi entera confianza de la que sé que puedo aprender, no sólo materia nueva, conocimientos nuevos que me hagan crecer, sino una forma ética de hacer las cosas. Y si no puedo pagar a esas personas, les propongo un trueque. Y si no, me espero a poder pagarlas.  Y no hago esas formaciones para poner un título en la pared, porque soy consciente de que me daría igual, porque no existe ningún título oficial que reconozca a nadie en este país como Asesor de Lactancia. Las hago para poder ofrecer a las mujeres que atiendo cada vez más conocimientos y por lo tanto, más opciones.

Y si cobro, no es porque espere recuperar mis “inversiones” en esas formaciones, sino porque quiero dedicar todo mi tiempo a este trabajo, aunque no gane mucho dinero. Si lo hiciera sólo de forma voluntaria tendría que buscar otro trabajo que probablemente no me llenase más que el tiempo que le puedo dedicar a una mujer.

Y además, sigo ofreciendo mi voluntariado, que además enriquezco con mis propios conocimientos, pero que ejerzo siguiendo las normas que impone mi asociación para ejercerlo.

Decir que quien quiere dedicarse a esto se aprovecha de que una mujer puede estar tan desesperada que pagaría aun a quien no debe cobrar es, por un lado, desacreditar a las asesoras que ejercen de manera responsable y con una ética intachable; por otro, liar aún más a las madres que pueden no tener un grupo de apoyo cerca, o puede ser que no quieran acudir a uno (yo tuve una clienta que le daba vergüenza ir a un grupo de apoyo, prefería pagar, y estar sola con alguien a quien contar cosas que jamás contaría en un grupo o a una voluntaria, y es su libertad). Puede ser que la que ya ha acudido y pagado a una asesora ahora se sienta mal, y sienta que hay algo que no ha hecho bien y vuelva a tener problemas. Y sobre todo, es una muestra de paternalismo hacia la mujer que busca y decide. Y algo muy sencillo de decir por parte de un sanitario o una matrona, el criticar a alguien porque cobra por dar su tiempo cuando ellos cobran al final de mes una nómina.

En fin, que no quiero contribuir a la polémica, porque de hecho, no creo que deba haber polémica. Creo que todos deberíamos remar en la misma dirección, que es mejorar el cuidado de madres y niños y crecer todos. Pero ya que nos ponemos a descalificar, por lo menos que quien ha decidido llamarme para que las acompañe esté tranquila con la elección que ha tomado.

30 julio, 2014
por admin
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¿Negocio?

ENFERMERA ASISTE A UNA MUJER EMBARAZADA EN SU DOMICILIOFOTO BRUNO MORENO

Ayer escribí un desahogo en el Facebook de La Teta y Más. Lo cierto es que era sólo eso: un desahogo. Y lo escribí porque el muro es mío, y puedo hacerlo, no hay otro motivo, de verdad. No son indirectas, ni quiero resultar hiriente ni quiero que nadie se ofenda. Es sólo que tengo un muro en facebook (bueno, tengo dos, pero en el otro no escribo estas cosas) y creo que puedo escribir lo que me apetezca.

Como el muro es público, no lo tengo restringido a nadie, no me voy a quejar por lo que surgió después. Si me diera miedo el debate, haría como otros muros, que restringen o moderan o tienen políticas de privacidad muy estrictas, pero lo cierto es que la censura siempre me ha parecido mal, y cuando he sido objeto de un lápiz rojo me ha sentado como un tiro, así que, salvo salidos que buscan la palabra teta a ver si ven una para aliviarse, no modero ni un solo comentario, y suelo contestar, salvo que no los vea, que también pasa.

Lo cierto es que el desahogo, ha terminado en una cuestión desagradable y una entrada en otro blog hablando del supuesto negocio de las asesoras (que yo no me había enterado que la peña se hace rica con esto, a ver si me ponen al día que tengo la cuenta temblando), y sobre si es legal o no llamarse asesora de lactancia y no ser voluntaria de un grupo de apoyo.

Primero voy a decir algo: yo soy voluntaria en un grupo de apoyo. Amo esa asociación, a las mujeres que la integran y el tiempo que paso en ella. No me arrepiento en absoluto de pertenecer a su familia, y me enorgullezco plenamente de la labor que realizo junto con otras mujeres, especialmente con mi compañera, que fue mi madrina cuando quise ejercer mi voluntariado con ella. Si no nombro esta asociación no es porque me pueda avergonzar o porque no crea en su labor, sino por respeto a ella y a sus principios fundamentales. Y porque mi voluntariado no tiene por qué ser público (ya lo dice la biblia, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha).

Además, a esa asociación le debo mucho, igual que muchas otras madres y familias. Le debo la lactancia de mi hija pequeña, a través de las manos amorosas, la paciencia y el apoyo de la voluntaria que me ayudó. Por eso en mi práctica privada, siempre remito a sus reuniones mensuales.

Y le debo el descubrir que yo deseaba dedicar todo mi tiempo a ello, que no quería trabajar en otra cosa, que me sentía plena y feliz viendo la sonrisa de una mujer que consigue amamantar a su bebé. Eso es fundamental.

Y esto me lleva al tema de cobrar.  Porque si quiero dedicar mi tiempo completamente a ello, o soy millonaria, que no es el caso, o tengo un marido ingeniero, que tampoco, o cobro por ello.

Se supone que no puedo llamarme a mi misma Asesora, porque por lo visto en algún momento se decidió que las Asesoras de Lactancia son sólo voluntarias, no pueden cobrar. Yo no lo sabía, no me había llegado la honda. Y al de Hacienda cuando mi di de alta como Asesora, pues tampoco. El caso es que en Hacienda no me puedo dar de alta ni como doula, ni como consultora, ni como facilitadora… si quiero hacer las cosas bien, y registrar mi actividad en la administración, sólo puedo hacerlo como Asesora. Ahora, bien, si eso molesta, de verdad que no lo vuelvo a usar. Realmente suelo usar el término Doula, que me gusta más, sobre todo porque abarca más aspectos, y no sólo la lactancia. Pero lo cierto es que una doula no tiene por qué saber mucho de lactancia, porque también está a otra cosa; pero vale, puedo ser doula “especialista” en lactancia. Pero tampoco, porque no existe una titulación reglada que me califique de “especialista” en lactancia, así que la experticia me la atribuyo yo.

Y aquí llegamos a otra cuestión, y es lo de los títulos reglados.

Se ha dicho que las únicas que están capacitadas para cobrar por una consulta de lactancia son las ibclc, que son unas personas (hombres o mujeres) que pasan un examen, que es cierto que cuesta una pasta, que las acredita ante una organización internacional como expertas en lactancia. Y para demostrar que se reciclan, tienen que pasar un examen cada 5 años. No les quito el mérito. Pero lo cierto es que en España ni el ministerio de Sanidad ni el de Educación tienen homologado el título de ibclc. Yo puedo colgarlo en la pared de mi casa, igual que puedo colgar otros que he podido conseguir y que haya impartido Fulanita que sabe mogollón. Y entiendo que la cosa fastidia, porque para ser consultora certificada tienes que esforzarte un montón, pero es que legalmente, es lo que hay.

Por lo mismo, cuando alguien dice que usar el término Asesora de Lactancia para llevar a cabo una labor profesional (remunerada, se entiende) es “sencillamente ilegal”, pues no voy a decir que mienta, porque probablemente esa no sea su intención, pero lo cierto es que falta a la verdad. Ilegal es que, por ejemplo, yo me haga pasar por matrona sin serlo, porque las matronas tienen una titulación y un ámbito de actuación legalmente establecido y protegido, y por lo tanto, ni ellas pueden salirse de ese ámbito, ni otra persona puede entrar en él (salvo que seas ginecólogo, pero eso es harina de otro costal y tema de otro post). No puedo hacerme pasar por abogado sin serlo, por lo mismo. Pero mira, y hablando de algo que sé: tú puedes llegar a un periódico y decir que eres periodista que, a pesar de que hay una titulación legalmente reconocida, como lo que no está establecido por ley es su ámbito de actuación, pues cualquiera puede decir que es periodista sin serlo (y así le va al país).

Y sobre todo, lo que más me ha dolido, es que se hable de las asesoras que no son voluntarias como parte de un negocio millonario. Y me duele, lo primero, porque se utiliza lo de “hacer negocio” como algo malo, de lo que huir, y todavía no entiendo que Emilio Botín pueda ser millonario robando a la peña y yo no pueda ganar dinero con mi negocio. Y luego porque ya puedo decir que ni de coña es un negocio millonario. Vamos, no puedo hablar por boca de otras mujeres que trabajen como (venga, va) consultoras-facilitadoras de lactancia o doulas, pero en mi caso, después de pagar a hacienda, a la seguridad social, el mantenimiento de mi alojamiento web, el de la tienda on-line, los préstamos, comisiones bancarias y tal, pues vamos, que ya. Que con suerte me puedo pagar un café. Y digo con suerte, porque lo más fácil es que alguna de las cosas arriba citadas se tengan que pagar con el otro sueldo. O con aportaciones familiares de padres-tíos-abuelos.

Y una cosa más: se hace daño a la voluntaria, porque no se poner en valor, o mejor, se quita el valor de lo que hace. Porque no es lo mismo decir que lo que haces sólo lo puedes hacer de forma voluntaria, y que por lo tanto, tu trabajo no vale nada, que decir que tu trabajo vale un dinero, pero que tú en ese momento, lo quieres regalar. No es lo mismo ser “una mamá con experiencia”, que como no hace otra cosa, apoya a otras mamás, que ser una mujer formada (y muy bien formada, he de decir), que tiene la generosidad de compartir esos conocimientos con otras mujeres que la necesitan. No es lo mismo.

28 abril, 2014
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Carta de una madre a su pareja

Me veo de nuevo ante la pantalla del ordenador para escribir una carta. Esta vez, no se trata de una carta a una madre, sino a su pareja. Y lo hago por varias cosas.

Primero, porque realmente creo que es necesario. De hecho, cuando una mujer me pide que la acompañe en su embarazo, la mayor parte de las sesiones son conjuntas con la pareja, y al menos una de ellas es sólo con el padre (he empleado el término “pareja”, porque entiendo que, aunque la mayor parte de las veces, es un hombre, hay parejas, que van a tener un hijo biológico,  integradas por dos mujeres). Realmente creo que es importante, porque pedimos que nuestra pareja se implique en el proceso a un nivel en el que, culturalmente, al menos en el caso de los hombres, hasta hace bien poco eran excluidos.

Pero es que además, alguna queja he recibido, una concretamente en forma de comentario, por este párrafo:

“”No, mujer.  Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.”

Al parecer nadie ha reparado en la frase “somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja…”, y se ha centrado en lo otro.

Bien, pues para que quede claro lo que yo, una madre con pareja, cree que es importante que un padre/madre sepa cuando su compañera espera, escribo esta carta:

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Querido padre/madre, pareja de una mujer que espera.

Tienes por delante una larga carrera de fondo que sólo acaba de empezar, en la que el mayor obstáculo que tendrás que salvar será la incertidumbre. Porque todo el mundo tiene claro (o parece, que luego, no te creas) el papel de tu compañera, pero nadie parece saber decirte qué pintas tú en todo esto.

Te diré que tu papel es fundamental, pero no el que crees o esperas que te digan que es: tu papel es defenderla a ella y a la unidad que va a ser junto con vuestro hijo. Eso lo primero. Y te advierto que es muy difícil, porque todo el mundo va a ir a meterse en cada una de sus decisiones. Y sí, digo de “sus” decisiones, y de verdad que lo siento, pero es que no son las tuyas.

Entiendo que la decisión de tener al bebé que ahora esperáis es de los dos; ambos vivís en pareja, sois conscientes de las responsabilidades y, si eres hombre, seguro que estás ya lejos de los roles machistas de nuestros padres, y estás deseando tomar parte activa en todo el proceso. Lo entiendo. Pero lo cierto es que el embarazo es sólo de tu compañera.

Te voy a decir algo que mucha gente no entiende.

El embarazo, para ti, es la consecuencia del sexo (si nos ponemos puristas en lo más estrictamente biológico), pero para tu compañera es parte de su vida sexual, tanto como el acto que ha llevado a que se quede embarazada. Y lo mismo pasa con el parto y con la primera crianza, en la que entran las decisiones de si se da teta o biberón, si se duerme con el bebé o en la habitación de al lado.

Para que te hagas una idea: un parto fluye tanto mejor cuanto más similares sean las circunstancias a las de una noche de buen sexo. La intimidad, la luz tenue, hacen que el parto fluya igual que el sexo lleva al orgasmo; pero el jaleo, la luz, los miles de personas que te miran y te hablan,…. ¿te imaginas tú intentando hacer nada con ese panorama?

Por otra parte, cada una de las intervenciones que se hagan en esos procesos se hacen sobre el cuerpo de tu compañera, no sobre el tuyo. Cada tacto será una mano que se mete en la vagina de ella, y créeme que nadie dirá que, para que empatices, cada vez que eso ocurra a ti te harán un tacto rectal, porque no es así: tú te libras.

Y cuando llega la hora de decidir si el bebé va a ser amamantado o se le va a dar leche artificial, no olvides que, la lactancia también forma parte del ciclo sexual de las hembras mamíferas, una fase igual de sexual que menstruar, copular, gestar o parir, y ya que es una cuestión de su vida sexual es ella quien debe decidir.

Te digo, por experiencia propia, que cuando decides amamantar y desde fuera se te quita la posibilidad de hacerlo, se te forma una herida muy difícil de cicatrizar, así que mejor no te metas.

Querida pareja de la mujer que espera.

Habla mucho con ella. Habla de lo que deseáis, pero sobre todo, de lo que desea. Procura entenderla, porque cuando llegue el momento te va a necesitar. Porque si el parto empieza a no parecerse a lo que ambos sabéis que ella quería, no va a estar en condiciones ni físicas ni emocionales para reclamar su espacio. Porque justo después del parto va a estar más susceptible y perdida, y muchas veces se sentirá inútil y sobrepasada. Y si en esos momentos no puede contar contigo tal vez crea que no podrá hacerlo jamás.

Protégela, porque hacerlo es proteger a tu hijo, y mientras ella se fortalece para colaborar también en esa tarea, te corresponde a ti.

Y mientras, no creas que dar un biberón es la única manera de colaborar; dar un biberón es fácil y no quita ningún trabajo. Tu hijo te necesita y tu compañera también. Tu hijo necesita saber que estás ahí siempre, y necesita que le cambien y le acaricien tanto como que le alimenten, y son cosas que podéis hacer los dos.

Y es un buen momento para demostrar que te ha quedado claro aquello de que las tareas de la casa son cosas de los dos: ahora son todas tuyas, porque tu compañera está a otra cosa.

Administra las visitas, invita a la gente a irse cuando empiecen a ser impertinentes, y no olvides que una frase tuya puede marcar la diferencia. Todavía hoy, casi 7 años después de mi segunda maternidad, recuerdo a mi compañero diciéndome “decidas lo que decidas sabes que estaré aquí siempre”. Y puedo asegurar que nunca me he sentido mejor, ni le he sentido tan cerca.

23 abril, 2014
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Carta a una madre: que no te engañen

Hace unos días, desde el grupo de Facebook de Mujeres Imperfectas me lanzaron un guante: escribir una carta a una mujer que esté pensando en tener hijos. La razón es eliminar del ideario común esa imagen edulcorada de la maternidad perfecta. Y me parece estupendo.

Desde mi actividad como mujer que acompaña a otras mujeres en su embarazo-parto-puerperio, una de las cosas en las que me empeño es en que las mujeres que me eligen para acompañar su camino tengan claras las expectativas, sepan la realidad de convertirse en madres. Sin tonterías. Porque quieren ser madres por todo menos porque queda bien en la foto o porque es lo que toca.

foto carta

Así que ahí va:

 Querida mujer que estás pensando en tener una criatura o que vas a tener en breve una criatura, antes de que suceda me gustaría contarte…

– Que cuando oigas que los bebés maman plácidamente en unos 10 minutos para después hacer unas cacas que huelen a rosas y dormir quietos y felices en su cuna durante 3 horas, te están mintiendo. Que cuando llegues a casa, tendrás un bebé en la teta vete tú a saber las horas, que cagará cada vez que se le ponga en las narices (y mejor así, porque si no, te preocuparás y te preocuparán) y  olerá exactamente a lo que es, y que ni de coña dormirá 3 horas; ni mucho menos quieto y feliz en su cuna.

– Que tengas claro que los bebés vienen al mundo con una alarma de “falta de proximidad”, y que no importa lo dormidísimo que tú creas que está: en cuanto su cuerpo toque la cuna llorará como un desesperado.

– Que no tendrás fuerzas ni ganas para tener la casa limpia y recogida ni para ser la anfitriona perfecta. Que te joderá horrores que venga alguien a tocarte las narices justo en ese momento en que el nene ha cogido el sueño y puedes ir al baño, o dormir un rato con él. Que te joderá aún más que la visita se empeñe en arrumacar al nene consiguiendo irremediablemente que se despierte, con lo que tendrás que volver a ponerlo en la teta, otra cagada y de nuevo a empezar el ciclo. Y que, eso seguro, cuando la visita vea el ritual tendrá palabras de desánimo y desaliento, que no solucionarán nada pero que te llenarán la cabeza de dudas y desconcierto.

– Que si hasta ahora eras una gran profesional con un montón de responsabilidades a las que nadie dudaba que eras perfectamente capaz de atender, a partir de ahora eres una niña cabezota que no escucha a nadie, que pone en peligro constante la vida de su hijo y que actúa como una perfecta idiota.

– Que los niños no distinguen el día de la noche, y que dormir más de 2 horas seguidas por la noche es cosa definitivamente del pasado.

– Que te digan lo que te digan, no se enseña a un niño a dormir, se le adiestra para que no moleste sienta lo que sienta. Y el mal rollo que esta certeza te dé, es cosa tuya. El que escribió el libro que dice lo contrario y todos lo que están empeñados en que lo pongas en práctica, estarán en su casita cuando tengas que oir llorar desesperado a tu bebé desde el pasillo.

– Que, aunque dar la teta es lo mejor para ambos (eso es indiscutible) puede haber problemas, y que tendrás a una legión de cotillas apostados contra las rocas deseando que eso suceda para poder decirte lo mal que funcionas y lo necesario que era que tuvieras biberones “por si acaso”.

– Que, si finalmente optas por dar el biberón, habrá otra legión de libre-pensantes apostados contra las rocas de enfrente, para decirte que si le das ese veneno eres la peor madre del mundo.

– Que los pediatras están apostados a ambos lados del rocaje.

– Que adelgazarás, se te pondrá cara de no salir, te apetecerá una mierda depilarte y calzarte los tacones, … y luego leerás un reportaje de la reciente maternidad de alguna famosa que está estupenda después de su parto y describe la maternidad como una experiencia religiosa que te eleva directamente al cielo. Pero pagan a una nurse desde el principio.

– Que no importa lo que decidas, siempre habrá alguien dispuesto a decirte cómo debes criar a tu hijo. Pero nadie se querrá poner en tus pantalones a la hora de dormir.

– Que no debes decir “leí esto en internet”, porque te recordarán que sabes leer y eso es malo. O que tienes internet, y eso también. O las dos cosas.

– Que ser madre es cansado, y a veces duele.

– Que es normal que haya momentos en que te den ganas de mandarlo todo a la mierda, pero no se lo podrás decir a nadie porque “ser madre es maravilloso”.

Y no me entiendas mal, mujer. Ser madre es maravilloso. Te lo dice una que lo es, y que repitió después de saber lo que entrañaba.

Pero no es bueno pensar que parir es soltar un muñeco que nos va a seguir el juego y va a quedar estupendo en las felicitaciones de navidad o super cool en el selfie de twitter. Porque no. Y no es justo pensar que es él quien tiene que adaptarse a nuestra vida, porque hemos sido nosotras quienes hemos decidido traerle (de momento, en unos meses a lo mejor la decisión es de Gallardón, y entonces sugiero que le llevéis al rorro todas las noches a dormir-cagar-mamar a su casa, y así descansais un ratito).

No, mujer. Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.

Los hijos no son de una tribu, son nuestros. Y tenerlos y ejercer la maternidad con responsabilidad es un buen ejemplo para que luego cuando crezcan sean capaces de defender también sus propias opiniones y que nadie les coma la merienda.

Pero todo esto no es fácil, mujer. Es difícil. Lleva trabajo y mucho. Y no voy a decir que conlleve sacrificios, porque creo que cuando tienes claro lo que tienes que esperar, cuando sabes a lo que te vas a enfrentar con la llegada del inquilino, entonces no haces sacrificios ni concesiones; es simplemente que reorganizas tus prioridades. O las dejas como están, pero tienes que ser tú.

Y no te dejes engañar por las entrevistas a las famosas. Eres una tía lista, seguro. Y de la misma manera que jamás te crees que su figura escultural y la perfección de sus poros no es más que un engaño del fotoshop, igual que sabes que las nubes huelen a humedad, debes tener claro que su maternidad, esa casi virginal y tan perfecta como sus piernas, es falsa.

9 abril, 2014
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Soy Yo

Si ahora fuera a contaros esto, empezaría con un largo e intenso silencio…

Estoy escribiendo, y en el negro sobre blanco los silencios son difíciles, yo diría que imposibles, porque significan la no existencia, la nada.

Hoy escribo para deciros que La Teta y Más se reinventa una vez más, pero no.

Hoy escribo para deciros que soy yo, y que no me reinvento, ni me invento: me descubro a mi misma y me comparto con vosotros.

Llevo ya tiempo (meses) un poco oculta. Han pasado muchas cosas en mi vida que me han afectado mucho más de lo que yo creía o estaba dispuesta a aceptar. Y no voy a hablar una vez más de la gente que se me ha ido, las mujeres de mi familia que ya no están y me han dejado un hueco eterno, porque ese hueco, aunque no se llena, se oculta al reordenar la mochila para seguir viajando. No. Son más cosas.

Hace meses me trasladé. Toda la familia nos mudamos a otro lugar, muy cerca de casa, es verdad, a otra casa que también era la mía. Una casa llena de fantasmas, de esos fantasmas buenos que te recuerdan lo que eras y lo que querías y esperabas hace…la mitad de mi vida.

Y la tienda cerró, y con ella, otra parte de la vida que se ha llevado, en prenda, relaciones, emociones, distancias, cercanías. Con aquello hemos tenido que aprender a vivir sin algunos, y pendientes de otros. Hemos tenido que aprender a vivir con la sensación de haber perdido mucho más que la tienda, porque han aflorado sentimientos que a nadie le gusta tener presentes.

De repente, todo lo que yo era ya no estaba. El caso es que nunca he sido más que lo que hago. Es complicado.

Raquel García ha sido periodista, hija, hermana, prima, sobrina, amiga, esposa, madre, tía, gerente de una tienda, asesora, … Me he definido siempre por lo que hacía o lo que quería hacer, y nunca, jamás, me había tomado el tiempo de pensar en lo que soy: mujer. Y he tenido que llegar a un momento de mi vida en el que el lugar en el que estoy hace menos inmediato el contacto con las amigas, con mi madre, … En que mis hijas ya no necesitan mi presencia constante … En que el negocio ya no tiene un lugar físico al que acudir cada mañana. Ha tenido que ocurrir todo eso en mi vida para verme en realidad, sin las cosas que hago, y tener que obligarme a buscar lo que soy de verdad y cómo es esa mujer que me mira desde el espejo cada mañana.

crisálidaEl caso es que todo esto  ha ido formando en torno a mí una especie de crisálida de apatía, que cada vez era más densa. En lo personal, en mi yo de más adentro, me ha resultado difícil organizar mi tiempo, no quedarme perdida en mitad de algo, con la mirada hacia algún sitio del que no era, ni soy, consciente. Y en lo demás…

He tratado de deshacerme de cosas, lo habéis visto, con ofertas y actividades varias, pero no podía llenar esos huecos con nada más. El teléfono lleva meses apagado, sin contestar a nadie. Pero no lo doy de baja, sigue ahí, y sus facturas me lo recuerdan todos los meses.

Pero ya.

De repente hubo un día en que me di cuenta de que había un trocito de seda de la crisálida menos densa y que dejaba pasar la luz. Y en cuanto quienes me quieren han visto que empezaba a verles, se han puesto delante para que tomara conciencia de ello.

Y mi comadre del alma me dijo con sus acciones que confía en mi y que tire.

Y otra comadre, a la que no he puesto piel, pero sí muchas horas de letras, me dice que quiere que esté con ella y me ofrece el mejor regalo envuelto en la caja  de una formación que me ha devuelto ganas.

Y empiezo a pensar: yo soy otra, soy Raquel, la mujer que necesita saber, que mira con curiosidad, que adora compartir, para la que es imprescindible conocer cosas nuevas a cada momento. Soy Raquel, ya no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más es la puerta de mi casa, donde estoy yo, Raquel. Soy Raquel, la que es feliz cuando otra mujer se mira en sus ojos y se encuentra en ellos.

Y empiezo a gestar, porque soy Raquel, una mujer fértil.

La Teta y Más no se puede reinventar. Las reinvenciones son fruto de la desesperación por abrir vías de negocio, y esto no es sólo un negocio, sino una forma de vida; la forma en que yo quiero vivir mi vida. Y me tiene que dar de comer, sí, pero no hay que reinventar nada. Porque La Teta y Más soy yo, y yo no tengo que reinventarme, sino demostrar que soy yo.

Pero había algo que me retrasaba. Un hilo de seda atándome un pie. La ausencia, supongo, de una excusa.

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Pero, y esto es para que veáis que todo lo que ocurre en la vida es importante, un hacker hijo de puta (no había escrito ni un solo taco, y esa también soy yo: Raquel habla peor que un carretero) llenó de software malicioso el blog que yo dedicaba a los productos, destruyendo todas las bases de datos, igual que las bases de datos de la careta de entrada a la web. Me acordaré, lo juro, de todos los ancestros del personaje, porque el buscador de google me sigue teniendo en cuarentena, y habrá quien no quiera entrar ahora en mi casa virtual por miedo a una infección. Pero bueno, que me estoy alejando del tema.

El caso es que después de darme cabezazos con lo que estaba pasando, decidí que es que ese era el momento. Había que cortar el hilo del pie, y sacar las alas. Ni un duro tengo, pero no importa, porque tengo manos, un ordenador y una cabeza que no funciona mal. Y me puse de parto.

Y parí todo lo que llevaba gestando semanas.

Una nueva web, que está orientada sobre todo a estar en contacto con vosotras, las mujeres que me llamáis y no me encontráis porque el teléfono está desconectado (se conectará en breve, lo prometo). Una web en la que describo con detalle todo lo que puedo hacer por vosotras, y que está abierta a que expliquéis vuestros sentimientos y dudas.

Y no digo que se acabe La Teta y Más. Eso jamás. Pero ahora queda más claro que yo no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más soy yo.

Que no es lo mismo.

Aquí la tenéis:

www.latetaymas.com

9 abril, 2014
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Malas Madres

Desde hace un tiempo preparo (e incluso doy) charlas sobre diversos temas, pero todos con una base común: la teoría de la Crianza con Apego.

Sólo para contextualizar, diré que la Crianza con Apego (el Atachment Parenting, en inglés) es una filosofía basada en los principios de la teoría del apego en la psicología del desarrollo; según la teoría del apego, un fuerte enlace emocional con los padres durante la infancia, o apego seguro, es un precursor de relaciones seguras y empáticas en la edad adulta.

Toda la filosofía, recogida en 8 puntos, gira alrededor del respeto a los ritmos del niño, tanto en lo que se refiere a la alimentación, como al sueño, la adquisición de determinadas habilidades, o el entendimiento mutuo hacia una disciplina que se denomina positiva (aunque a mi lo de disciplina, me sigue rechinando).

Es curioso, porque quienes no están relacionados con la teoría del Atachment, creen fervientemente que el respeto a los ritmos del niño va en detrimento de la pareja, y que las madres que optan por este tipo de crianza son una especie de esclavas que se someten a sus hijos, que terminan convirtiéndose en tiranos absolutos de la casa.

Quienes así piensan, no sólo no saben que el octavo punto de la filosofía de la Crianza con Apego es la búsqueda de equilibrio entre la vida personal (individual y de pareja) y el apego familiar, y que igual que se debe respetar al niño, los ritmos de todos deben ser respetados, sino que suelen pensar que los niños no son capaces de madurar si no se les indica cómo. Es decir: los niños nacen como botes vacíos, que los adultos llenamos. Es más, y dando una vuelta de tuerca. Los niños son botes vacíos tendentes al mal, y es la disciplina del adulto quien encauza a ese niño por el buen camino. No importa que luego te salga el niño asesino en serie; si esto pasa es que has tenido mala suerte. Es el niño el que te ha salido mal. Vamos que las ovejas negras nunca son los padres, son siempre los hijos. Pero si te sale Obama, entonces tienes que sentirte orgulloso, porque has hecho un buen trabajo como padre.

Lo divertido es que cuando estas personas hablan de quienes han querido educar de otra manera (estamos hablando de la Crianza con Apego, pero vamos, que da igual, elijan ustedes la filosofía que quieran, basada en respetar al niño, quererle y no educar a base de castigos ni físicos ni de los otros), razonan justo de la manera contraria: lo lógico es que educando así (de mal) el niño te salga rana; vamos que puede ser hasta que fume, que es peor que lo del asesino en serie, sin lugar a dudas. Y si te sale Gandhi, es que has tenido mucha suerte, porque a pesar de todos tus esfuerzos, el niño ha salido bien.

Como queda claro lo que opino del tema (soy tendenciosa al escribir, porque puedo, porque el blog es mío), no me voy a entretener en decir que los niños, señores, no son tarros vacíos, y mucho menos tendentes al mal. Por si quedan dudas, ya escribí sobre ello hace un par de años.

Pero sí me preocupa la impronta que tiene esta sociedad en nosotras. Una sociedad en la que las mujeres SIEMPRE tenemos la culpa de todo, y la responsabilidad de educar a los hijos. Me preocupa que cuando algo sale mal, ya no hace falta que alguien nos diga que es por culpa nuestra, porque nos lo decimos nosotras. Nos machacamos con ¿y si lo hubiera hecho de otra forma?. Y lo peor es que los que nos rodean, que llevan años deseando saltar a la yugular, no sólo no nos consuelan, sino que nos clavan un tacón en el cuello para que no nos olvidemos jamás de que ya nos lo habían advertido. Es la cultura del “cachete a tiempo”, deseando poder recordarnos cómo se educa a un niño y lo malos que pueden llegar a ser si no les metemos en cintura.

Bueno, pues esto es para todas las maravillosas mujeres madres a las que quiero y que han optado por criar con apego a sus hijos. Recordad siempre que no educamos con respeto para que los niños nos salgan de una manera o de otra. Educamos con respeto porque creemos que debemos hacerlo así, porque no podríamos hacerlo de otra manera. Y porque sabemos que los niños no son botes vacíos. Porque sabemos que los niños crecen, y cuando lo hagan, tendrán que tomar decisiones, y que esas decisiones serán suyas, no nuestras. Porque si no lo pensamos así, es señal de que en el fondo no los hemos respetado, sino que hemos educado con la idea de un bote vacío que iba a responder de determinada manera ante nuestra forma de educación. Y no es así.

Es como la lactancia materna o la artificial: no es verdad que la lactancia materna proteja contra las enfermedades; si fuera cierto, no habría niños enfermos, bastaría con dar teta. No. La lactancia artificial aumenta el riesgo de padecer determinadas enfermedades. Vamos, que el niño que va a tener asma, la va a tener mame o no mame; el hecho de no hacerlo es sólo un factor que incrementará el riesgo, pero ni la lactancia artificial causa asma, ni la lactancia materna hace que el niño no la padezca. En la educación es igual: no todos los niños maltratados son adultos maltratadores, pero el maltrato es un factor de riesgo, y hay estudios que dicen que hay menos incidencia de maltrato entre los adultos que fueron educados con amor que entre aquellos que fueron educados a golpes; lo que no dicen estos estudios es que no haya ningún caso de adulto educado con amor y sin cachetes que se haya convertido en maltratador. Porque de todo hay. Desgraciadamente.

Quereros a vosotras mismas, porque si no lo hacéis, cuando veáis que algo se tuerce vuestro sentimiento de culpa superará a cualquier otro, anulará vuestra capacidad de respuesta y os dejará exhaustas. Y hay una cosa clara (y lo sé por propia experiencia como hija): cuando un hijo toma la decisión equivocada termina por darse cuenta. Y es ahí cuando más nos necesitan. Y pensad entonces en cómo te sientes cuando alguien te sopla en el cuello un “te lo advertí”.

Y sobre todo: quereros porque os merecéis ese amor. Porque ocurra lo que ocurra sois unas madres maravillosas que, como todas, independientemente de lo que decidan para la educación de sus hijos, sólo queréis lo mejor para ellos. No conozco a ninguna mujer que, eduque como eduque, no desee la mayor felicidad para sus hijos. El camino que tomemos para ello es sólo cosa nuestra. Y el camino que tomen nuestros hijos, cosa suya.

Y ni un niño “sale mal”, ni “se tiene suerte”. Porque los protagonistas de su vida son ellos, no nosotros. Protagonicemos la nuestra como nos de a entender nuestro corazón.

Y a los adolescentes, casi adultos, que leen esto (que creo que yo que serán más bien pocos). Cuando vayáis a hacer alguna gilipollez, que ya os digo yo que las vais a hacer por docenas, pensad en que vuestros padres os quieren. Y haced la gilipollez, pero no les responsabilicéis de ella, que bastante tendrán con abuelos, suegros y cuñadas. Sólo sabed que luego, van a estar ahí. Hasta el padre de Dexter le quería.

 

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9 abril, 2014
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Recolecto partos: Mª Jesús Alegre

Mi no-parto. El nacimiento de mi hijo Rodrigo.

El embarazo había sido normal salvo por una tensión un poco alta pero sin complicaciones. El día 8 de julio empezaron a dolerme los riñones y fui a urgencias a que me pincharan algo para el dolor (eran las 9 de la noche y no había parado desde las 4 de la tarde), me exploraron y monitorizaron para una comprobación rutinaria (quedaba una semana para salir de cuentas) y me dijeron que el parto había comenzado y me iban a romper la bolsa porque el líquido estaba turbio. Todo fue muy rápido y no me dio tiempo a pensar en nada. Rotura manual de bolsa, enema, rasurado. Todo era dolor: las exploraciones dolían (soy muy grande y la matrona era muy pequeña y no llegaba), las contracciones dolían, cuando me rasuraron me dejaron toda escocida de lo mal que lo hicieron… Así que cuando me dijeron de ponerme la epidural dije que sí pensando que el dolor se calmaría. ¡Qué ilusa! Sólo se calmaron las contracciones, tanto, que dejé de tener. Pero los tactos, la sonda, y todo lo demás, lo sentí perfectamente y no es que tuvieran cuidado precisamente (porque como estaba con la epidural…). Toda la noche la pasé postrada en una cama con los brazos extendidos (oxitocina por uno y el tensiómetro por otro). Además del monitor, claro, que por cierto, le encargaron controlar a mi marido junto con la tensión que se tomaba automática cada 10 minutos dejándome el brazo hecho polvo. Fue una de las peores noches de mi vida. El estar tumbada, sin poder moverme ni para mear a pesar de mis peticiones, sin poder ver a mi familia,… fue muy duro. Sin olvidar que estaba al lado del paritorio y oía perfectamente a las otras mujeres que llegaban durante la noche a dar a luz. Además, el hospital donde nació mi hijo tiene muchos estudiantes y cada vez que venían a hacerme tactos venían 3 ó 4 personas y lo repetían una y otra vez. Nadie me pidió permiso y nadie me explicó qué iban a hacer. Simplemente lo hacían y yo me dejaba porque las horas pasaban y estaba agotada sin comer ni beber desde el mediodía salvo algunos tragos de agua a escondidas que me daba mi marido porque me dijeron expresamente que no debía meter nada al estómago, que debía estar preparada por si el niño no era capaz de salir solo.

Por la mañana, en el cambio de turno, decidieron que, como no dilataba (seguía con los 3 cm que llegué) y el bebé había perdido su oportunidad de nacer solo, me iban a hacer cesárea. Yo sólo podía llorar y pedir que, lo que sea, pero que fuera ya para no hacer sufrir al bebé. Pues todavía esperaron hasta las 11 para entrarme en el quirófano (después de las cesáreas programadas para ese día) y una hora más que estuve allí sola hasta que se prepararon (no les quedaba material estéril después de tanto ajetreo diurno) y llegó todo el mundo. Yo estaba temblando y dolorida. Los efectos de la epidural ya estaban olvidados hacía rato y solo me calmaba sentir a mi bebé e intentar transmitirle tranquilidad y fuerza para lo que quedaba. Sentirle me daba la energía que ya mi cuerpo por sí solo no tenía.

En el quirófano me volvieron a “crucificar”, tensión por un lado y gotero por el otro, atados ambos brazos a las extensiones de la camilla de quirófano y me pincharon más analgesia pero no fue suficiente. A partir de los primeros cortes de las capas superficiales de piel empecé a notar un dolor indescriptible que no pasó hasta que, pidiendo casi a gritos que pararan me inyectaron más analgesia aún hasta el punto de quedarme medio drogada. No se creían que me dolía. Había mucha gente a mi alrededor y, a pesar de eso, nadie hablaba conmigo. Sólo el anestesista me dirigía algunas palabras de vez en cuando para controlar como iba (supongo). Entre ellos sí hablaban y hacían comentarios de lo grande (o gorda más bien) que estaba y de cómo sería mi cama porque mi marido era como yo. Yo les escuchaba entre sueños y en ese momento no les di importancia, era algo horrible más de todo lo que me estaba pasando.

Cuando me dijeron que ya estaba fuera el bebé, no me lo enseñaron y me angustié un montón porque no le oí llorar, sólo un pequeño quejido que no sabía qué significaba pero estaba tan drogada que ya no podía ni hablar y apenas me mantenía despierta. Alguien dijo: “Todo está bien, ahora lo ves”. Pero no fue así. Se lo llevaron. Y a mí me dejaron (una vez cerrada, claro) nuevamente sola en la sala de postoperatorio para reponerme. En cuanto cogí fuerzas y pude hablar pedí ver al niño pero nadie me hizo ni caso. Pedí ver a mi marido al menos, a alguien de mi familia, pero les oí comentar desde la otra habitación que era una pesada. Me sacaron para subirme a la habitación y fuera me esperaba mi familia super contenta porque ellos sí habían visto a mi pequeño, estaba bien, y gracias al morro de mis hermanos que se metieron en el ascensor que le llevaba a neonatos y le hicieron fotos pude ver su carita y me puse a llorar de rabia y de impotencia. A mi marido tampoco le dejaron verlo más que de pasada mientras le ponían unos papeles delante para que firmara y que nadie le explicó nunca qué eran. Él estaba pendiente del niño, los firmó rápido pero no llegó a tiempo de que se lo llevaran. Después supimos por el informe de alta que había tenido un APGAR 9/10. ¿Por qué se lo llevaron entonces?

Ya en la habitación, ¡¡esperé 4 horas hasta que me lo subieron!! Y, por fin, pude abrazarlo y besarlo a mis anchas. Pero me disgusté nuevamente cuando no conseguí que se enganchara al pecho porque en neonatos le habían dado un biberón sin mi permiso. Igual que le pincharon las vitaminas y todas las cosas que se hacen “por protocolo”. La enfermera que lo subió me dijo que no me quejara que lo habían hecho para que no llorara y estuviera tranquila. Me dijo lo del biberón como si tuviera que darle las gracias por ello.

Yo estaba agotada y no tenía fuerzas para discutir, me esperaban más días de lucha después de aquello y sólo quería estar con mi hijo. Cosa que aprovecho cada minuto del día y de la noche. Aunque los problemas que tuve después con la lactancia materna estoy segura que son debidos a la poca ayuda que recibí allí ya que el fomento de la LM brilló por su ausencia en mi caso, que sé que no es el único aunque también sé que otras madres tuvieron más suerte que yo y las ayudaron un montón. Depende del profesional que te toque supongo.

A pesar de todos los problemas, Rodrigo ya tiene cinco años, 7 meses de LM exclusiva con extractor y en diferido y hemos practicado el porteo y el colecho siempre para “compensar” el comienzo duro que tuvimos. Y una cosa tengo clara: el próximo parto no será como este. He aprendido cosas y tengo mucha más fuerza para luchar por lo que considero imprescindible: el bienestar de mi bebe y el mío, entre otras cosas. Hace 5 años pero aún hoy no puedo evitar seguir llorando cuando recuerdo ese momento, no puedo evitar sentirme mal, no puedo evitar pensar que aún no me he quedado embarazada de nuevo y puede que en parte sea por el bloqueo psicológico, no puedo evitar enfadarme con el mundo cuando alguna de mis amigas pasa por algo parecido y se queda tan a gusto pensando que ha sido lo mejor. Y me mira con cara rara como si yo fuera una extraña con ideas de loca. No puedo evitar desear que las cosas no hubieran sido así pero a la vez no puedo evitar estar agradecida por esos momentos que hicieron que algo dentro de mi cabeza cambiara para siempre y hoy en día me hagan ser la persona que soy. He llegado a un punto al que hubiera preferido llegar por otro camino pero eso no se puede cambiar ya.