El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

2 agosto, 2014
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Hablo por mi, y sólo por mi

Hace días que las redes son el escenario de un agrio debate sobre si las Asesoras de Lactancia deben o no cobrar. Y como hay un trozo de la cuestión que me toca, voy a aclarar cosas, sobre todo porque entre lo último publicado (disculpad, pero es que no voy a compartir enlaces, porque me parece que ya hay bastante, que cada uno publique lo suyo) creo que hay algo que va totalmente contra quienes ejercen su actividad de la manera más ética posible, y esto va a perjudicarlas y de paso, a las mujeres que han confiado en ellas y ahora no sabrán qué pensar. Porque al final eso es lo que importa: las mujeres y sus hijos.

Como vivimos en el país de las titulitis, voy a referirme primero al famoso “Título de Asesora de Lactancia”. Voy a volver a recalcar algo que repito más que el chorizo: no existe ningún título oficial en España que reconozca a nadie como asesor o asesora de lactancia. Hay formaciones de doulas o de asesoras de maternidad (que tampoco son oficiales) que recogen en sus temarios cuestiones sobre lactancia materna. Hay asociaciones de grupos de apoyo que ofrecen, para sus voluntarias, formaciones para que ejerzan su voluntariado. En España, como en muchos otros países, se celebra una vez al año, un examen para acreditarse como ibclc, que es una certificación internacional, pero que tampoco tiene ninguna validez legal real. Y luego la federación que aglutina a  las asociaciones de grupos de apoyo, tiene una formación de la que quien la hace, sale con el título de Asesora de Lactancia, para ejercer de manera voluntaria al amparo de cualquiera de esas asociaciones. Una vez más, no tiene acreditación legal ni por parte del Ministerio de Educación, ni por parte del Ministerio de Sanidad.

Si hacemos historia, hasta 1923, en este país, no había un título legalmente reconocido para ningún sanitario no médico que asistiera partos. Fue entonces cuando los Auxiliares Técnicos Sanitarios se pudieron acreditar, legalmente, para asistir el parto normal. En casa de mis abuelos todavía está colgado el diploma de mi abuelo Terenciano, en el que se acreditaba como tal: “Se acredita a D. Terenciano García Zamora como Auxiliar Técnico Sanitario acreditado para la asistencia del parto normal. A (no me acuerdo la fecha exacta, lo siento) de 1923. D. Alfonso XIII Rey”.  Hasta entonces, quienes asistían a la mujer de parto podían ser desde el médico del pueblo, si lo había, hasta el veterinario, pasando por vecinas, amigas, cuñadas, o tu madre.

Vale, ahora voy a hablar por mi, y sólo por mi.

Yo soy voluntaria en una asociación de grupos de apoyo. Tiene su propia formación para sus voluntarias, y yo no hice nunca ninguna otra formación “oficial”. A pesar de que desde el principio de mi lactancia tuve claro que quería ejercer como voluntaria en esa asociación, las escasez de formadoras hizo que la cosa se alargara mucho. Cuando por fin pude empezar, yo ya había iniciado mi auto-formación. Busqué, hablé con iblcl’s, hablé con madres con problemas y seguí buscando, investigando. Cuando me trababa con algo, acudía a alguna “amiga de la red” con más sabiduría y experiencia que yo, que me ponía en el buen camino para seguir investigando. Es una dinámica que aún hoy, no he abandonado. Aunque tuviera un título “oficial” no me permitiría a mi misma quedarme en esa especie de “funcionariado” del que se cree que ya lo sabe todo. El caso es que cuando por fin empecé mi formación como voluntaria insistí en que mi formadora me ayudara sobre todo a actuar de manera tal que no mezclara ambos mundos: el del voluntariado con el profesional remunerado, que yo ya había comenzado. Era una cuestión de deontología profesional. Tuve incluso un pequeño problema que me hizo plantearme mi voluntariado, porque no quería que la asociación a la que pertenecía se viera afectada, y por supuesto, no quería que ninguna madre creyera erróneamente  que una voluntaria cobra. Hice ejercicios, y discutí mucho, mucho con mi madrina (y aquí empleo el término discusión, como  intercambio de ideas para avanzar juntas, no un encono absurdo, como el que estoy viendo por ahí). Y otra cosa: la formación de mi asociación la pagué, por supuesto, pero no me pareció cara, ni me resulta gravoso seguir con ellas, porque, aunque somos poquitas en mi comunidad autónoma, nos llevamos bien, y entendemos los problemas y limitaciones de cada una, así que los viajes que hacemos, que son para vernos, los hacemos en función de esos problemas.

Yo no me he pagado formación destinada a voluntarias, sino módulos en formaciones internacionales on-line, porque no tengo disponibilidad para hacerlas presenciales, o con gente de mi entera confianza de la que sé que puedo aprender, no sólo materia nueva, conocimientos nuevos que me hagan crecer, sino una forma ética de hacer las cosas. Y si no puedo pagar a esas personas, les propongo un trueque. Y si no, me espero a poder pagarlas.  Y no hago esas formaciones para poner un título en la pared, porque soy consciente de que me daría igual, porque no existe ningún título oficial que reconozca a nadie en este país como Asesor de Lactancia. Las hago para poder ofrecer a las mujeres que atiendo cada vez más conocimientos y por lo tanto, más opciones.

Y si cobro, no es porque espere recuperar mis “inversiones” en esas formaciones, sino porque quiero dedicar todo mi tiempo a este trabajo, aunque no gane mucho dinero. Si lo hiciera sólo de forma voluntaria tendría que buscar otro trabajo que probablemente no me llenase más que el tiempo que le puedo dedicar a una mujer.

Y además, sigo ofreciendo mi voluntariado, que además enriquezco con mis propios conocimientos, pero que ejerzo siguiendo las normas que impone mi asociación para ejercerlo.

Decir que quien quiere dedicarse a esto se aprovecha de que una mujer puede estar tan desesperada que pagaría aun a quien no debe cobrar es, por un lado, desacreditar a las asesoras que ejercen de manera responsable y con una ética intachable; por otro, liar aún más a las madres que pueden no tener un grupo de apoyo cerca, o puede ser que no quieran acudir a uno (yo tuve una clienta que le daba vergüenza ir a un grupo de apoyo, prefería pagar, y estar sola con alguien a quien contar cosas que jamás contaría en un grupo o a una voluntaria, y es su libertad). Puede ser que la que ya ha acudido y pagado a una asesora ahora se sienta mal, y sienta que hay algo que no ha hecho bien y vuelva a tener problemas. Y sobre todo, es una muestra de paternalismo hacia la mujer que busca y decide. Y algo muy sencillo de decir por parte de un sanitario o una matrona, el criticar a alguien porque cobra por dar su tiempo cuando ellos cobran al final de mes una nómina.

En fin, que no quiero contribuir a la polémica, porque de hecho, no creo que deba haber polémica. Creo que todos deberíamos remar en la misma dirección, que es mejorar el cuidado de madres y niños y crecer todos. Pero ya que nos ponemos a descalificar, por lo menos que quien ha decidido llamarme para que las acompañe esté tranquila con la elección que ha tomado.

9 abril, 2014
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Soy Yo

Si ahora fuera a contaros esto, empezaría con un largo e intenso silencio…

Estoy escribiendo, y en el negro sobre blanco los silencios son difíciles, yo diría que imposibles, porque significan la no existencia, la nada.

Hoy escribo para deciros que La Teta y Más se reinventa una vez más, pero no.

Hoy escribo para deciros que soy yo, y que no me reinvento, ni me invento: me descubro a mi misma y me comparto con vosotros.

Llevo ya tiempo (meses) un poco oculta. Han pasado muchas cosas en mi vida que me han afectado mucho más de lo que yo creía o estaba dispuesta a aceptar. Y no voy a hablar una vez más de la gente que se me ha ido, las mujeres de mi familia que ya no están y me han dejado un hueco eterno, porque ese hueco, aunque no se llena, se oculta al reordenar la mochila para seguir viajando. No. Son más cosas.

Hace meses me trasladé. Toda la familia nos mudamos a otro lugar, muy cerca de casa, es verdad, a otra casa que también era la mía. Una casa llena de fantasmas, de esos fantasmas buenos que te recuerdan lo que eras y lo que querías y esperabas hace…la mitad de mi vida.

Y la tienda cerró, y con ella, otra parte de la vida que se ha llevado, en prenda, relaciones, emociones, distancias, cercanías. Con aquello hemos tenido que aprender a vivir sin algunos, y pendientes de otros. Hemos tenido que aprender a vivir con la sensación de haber perdido mucho más que la tienda, porque han aflorado sentimientos que a nadie le gusta tener presentes.

De repente, todo lo que yo era ya no estaba. El caso es que nunca he sido más que lo que hago. Es complicado.

Raquel García ha sido periodista, hija, hermana, prima, sobrina, amiga, esposa, madre, tía, gerente de una tienda, asesora, … Me he definido siempre por lo que hacía o lo que quería hacer, y nunca, jamás, me había tomado el tiempo de pensar en lo que soy: mujer. Y he tenido que llegar a un momento de mi vida en el que el lugar en el que estoy hace menos inmediato el contacto con las amigas, con mi madre, … En que mis hijas ya no necesitan mi presencia constante … En que el negocio ya no tiene un lugar físico al que acudir cada mañana. Ha tenido que ocurrir todo eso en mi vida para verme en realidad, sin las cosas que hago, y tener que obligarme a buscar lo que soy de verdad y cómo es esa mujer que me mira desde el espejo cada mañana.

crisálidaEl caso es que todo esto  ha ido formando en torno a mí una especie de crisálida de apatía, que cada vez era más densa. En lo personal, en mi yo de más adentro, me ha resultado difícil organizar mi tiempo, no quedarme perdida en mitad de algo, con la mirada hacia algún sitio del que no era, ni soy, consciente. Y en lo demás…

He tratado de deshacerme de cosas, lo habéis visto, con ofertas y actividades varias, pero no podía llenar esos huecos con nada más. El teléfono lleva meses apagado, sin contestar a nadie. Pero no lo doy de baja, sigue ahí, y sus facturas me lo recuerdan todos los meses.

Pero ya.

De repente hubo un día en que me di cuenta de que había un trocito de seda de la crisálida menos densa y que dejaba pasar la luz. Y en cuanto quienes me quieren han visto que empezaba a verles, se han puesto delante para que tomara conciencia de ello.

Y mi comadre del alma me dijo con sus acciones que confía en mi y que tire.

Y otra comadre, a la que no he puesto piel, pero sí muchas horas de letras, me dice que quiere que esté con ella y me ofrece el mejor regalo envuelto en la caja  de una formación que me ha devuelto ganas.

Y empiezo a pensar: yo soy otra, soy Raquel, la mujer que necesita saber, que mira con curiosidad, que adora compartir, para la que es imprescindible conocer cosas nuevas a cada momento. Soy Raquel, ya no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más es la puerta de mi casa, donde estoy yo, Raquel. Soy Raquel, la que es feliz cuando otra mujer se mira en sus ojos y se encuentra en ellos.

Y empiezo a gestar, porque soy Raquel, una mujer fértil.

La Teta y Más no se puede reinventar. Las reinvenciones son fruto de la desesperación por abrir vías de negocio, y esto no es sólo un negocio, sino una forma de vida; la forma en que yo quiero vivir mi vida. Y me tiene que dar de comer, sí, pero no hay que reinventar nada. Porque La Teta y Más soy yo, y yo no tengo que reinventarme, sino demostrar que soy yo.

Pero había algo que me retrasaba. Un hilo de seda atándome un pie. La ausencia, supongo, de una excusa.

borboleta

Pero, y esto es para que veáis que todo lo que ocurre en la vida es importante, un hacker hijo de puta (no había escrito ni un solo taco, y esa también soy yo: Raquel habla peor que un carretero) llenó de software malicioso el blog que yo dedicaba a los productos, destruyendo todas las bases de datos, igual que las bases de datos de la careta de entrada a la web. Me acordaré, lo juro, de todos los ancestros del personaje, porque el buscador de google me sigue teniendo en cuarentena, y habrá quien no quiera entrar ahora en mi casa virtual por miedo a una infección. Pero bueno, que me estoy alejando del tema.

El caso es que después de darme cabezazos con lo que estaba pasando, decidí que es que ese era el momento. Había que cortar el hilo del pie, y sacar las alas. Ni un duro tengo, pero no importa, porque tengo manos, un ordenador y una cabeza que no funciona mal. Y me puse de parto.

Y parí todo lo que llevaba gestando semanas.

Una nueva web, que está orientada sobre todo a estar en contacto con vosotras, las mujeres que me llamáis y no me encontráis porque el teléfono está desconectado (se conectará en breve, lo prometo). Una web en la que describo con detalle todo lo que puedo hacer por vosotras, y que está abierta a que expliquéis vuestros sentimientos y dudas.

Y no digo que se acabe La Teta y Más. Eso jamás. Pero ahora queda más claro que yo no soy La Teta y Más, sino que La Teta y Más soy yo.

Que no es lo mismo.

Aquí la tenéis:

www.latetaymas.com

9 abril, 2014
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Maternajes

Me encanta la palabra “maternar”. Es un verbo que el diccionario de la RAE no recoge, pero afortunadamente, este idioma nuestro que es el español, es una lengua viva que se nutre de los modos de muchos lugares del mundo. Y en lugares de Hispanoamérica el verbo existe, igual que otra palabra que también me gusta mucho: “maternaje”.

Pues maternar es algo así como criar con atención y cariño; se emplea sobre todo para indicar la forma de criar de las comadres, las que no son madres en sí mismas, pero rodean a la madre, “maternan” con ella.

Mi madre para mi es muy importante. Me comunico con ella al menos una vez al día, sin contar cuando además de hablar con ella, voy a verla a su casa. Se mueve mal, así que es raro que ella venga. Se lo cuento casi todo, y lloramos mucho juntas (también reímos). Nunca me planteé hasta qué punto había otras mujeres que hubieran ejercido una influencia derivada de una cierta crianza, mujeres que me hubieran “maternado”, junto con mi madre. Yo ya pertenezco a la generación en la que las familias nucleares se convirtieron en la seña de nuestra sociedad, las familias en las que ya no estaban las abuelas, sino que vivíamos en un lugar distinto al de origen de mis padres.

Cuando el año pasado, y tras casi 7 años de lucha intensa contra el cáncer, falleció mi madrina, me empecé a plantear esto del maternaje. Porque me sentí un poco huérfana, sin serlo. Era una sensación muy rara, difícil de encajar, porque realmente tengo la suerte de tener una relación maravillosa con mi madre, así que sabía, y sé, que el sentimiento no era porque yo hubiera sustituido ninguna figura materna en ningún momento. De hecho, mi amada madrina era casi como una hermana más que como una madre.

Me di cuenta entonces, y lo he madurado en estos meses, de que ella estuvo siempre presente. Que sus historias y experiencias han estado a la vera de mi camino, apenas perceptibles, pero siempre señalando la linde. Las cosas que decía, las que hacía. Los regalos que me traía de sus viajes, su forma de ver la vida en su juventud, el hecho de que mi hermano y yo fuéramos siempre antes que ella. Ya estando muy enferma, se fue con mi madre de compras porque las niñas necesitaban ropa. Se mareó en una gran superficie, pero no soltaba las bolsas a pesar de tener que sentarse en la sección de calzado infantil.

Por eso me sentí huérfana.

Hay más mujeres que me han “maternado”, y las iré descubriendo. De hecho, tengo claro quienes son las que lo hacen ahora, mis comadres. Las que tengo físicamente aquí, conmigo, las que comparten maternidad conmigo, son mis ángeles y me enseñan siempre, como mi Raquel, o mi Evita, o mi Mary. Las que se reparten por el territorio nacional, con las que aprendo a las que refiero ante las dudas, Esme, Nohemi, Trini, …

Y en mi familia, de las que me maternaron, forjaron mi camino en mi niñez y adolescencia, sin saberlo… creo que sólo hay una, y de ella me tendré que despedir, por edad y porque, desafortunadamente, se encuentra muy enferma.

Muchas de quienes habéis estado en el embarazo conmigo, me habéis oído hablar de ella, porque es mi “tía la comadrona”, que a mi padre tanta gracia le hacía que después de tantos años y una carrera que nada tiene que ver, yo terminara lindando “el negocio familiar”.

Me sé “su niña”, porque siempre me lo dijo, sin pudor, delante de quien fuera, porque ella es madre de 3 hombres, y siempre echó de menos una mujer al lado. Y sé, porque me miro en el espejo todos los días, que cada vez me parezco más a ella, sobre todo desde que decidí que yo tampoco quería teñirme, y salieron mis canas a la luz.

Hemos tenido largas (larguísimas) conversaciones por teléfono, hasta que el alzheimer ha hecho muy complicada la comunicación telefónica. Le he contado mis cosas, y jamás me he sentido juzgada, quizás porque ella fue pionera en su tiempo, de mujer que buscó y consiguió la libertad para decidir sobre su vida. Siempre se ha alegrado por mi, incluso en aquellas cosas en las que no estaba de acuerdo.

Hemos discutido amorosamente sobre las formas tan distintas de ver los partos, las lactancias… Una generación de distancia es mucho en esto. Pero al final, ella acompañó y yo acompaño. Ella desde su papel de comadrona, y yo desde el mío de doula.

Hoy la pienso, la recuerdo y siento. Hoy tengo mucho miedo a perderla, porque sé que me voy a volver a sentir huérfana.

Editado el 28 de noviembre de 2013: Hoy ha muerto mi tía Felicidad. Ha muerto mi tía querida, la matrona. Hoy soy otra vez huérfana.

9 abril, 2014
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Llanto

Llevo llorando desde ayer.

Tengo que decir que no tengo ningún familiar directo en la mina. No soy de esas familias leonesas (muchas) que vienen de la mina, que la viven porque algún familiar haya estado allí.

A punto estuve, porque los padres de mi primer novio ambos eran trabajadores de la mina; ella, de las primeras mujeres que trabajaron en la bocamina, y él jubilado por silicosis.

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También lo conocí en el colegio, a través de una compañera, huérfana antes de llegar a la adolescencia porque de nuevo la silicosis, se llevó a su padre de manera prematura.

Y hoy, vivo la mina a través de una mujer de bandera y puño en alto, mi comadre Raquel, mujer del carbón y compañera desde hace media vida de un minero, que ayer estaba en el pozo Emilio, y que afortunadamente salió con bien de la mina.

Como digo, llevo llorando desde ayer.

Por ellos y por mi. Porque es injusto que esto pase siempre, porque uno de ellos tenía que estar fuera según el plan del carbón recientemente derogado.

Hace unos minutos me llamaba una clienta. Una de esas con las que se mantiene el contacto y cuando nos vemos, lo celebramos con un café. La acompañé una mañana recién llegada del hospital, con un problema de lactancia que se solucionó. Y como quedó contenta, me recomendó a unos amigos con un problema similar, este verano. Hace 6 semanas. Me llamó la atención el papá, que normalmente mientras yo estoy con la mujer, hacen mutis por el foro, y estuvo allí, sin moverse, preguntando cosas y queriendo saber cómo acompañar también él a su mujer. Este papá me llevó luego a mi casa en coche y estuvimos hablando de su paternidad, de su papel, y del mío. Hace unos minutos me ha llamado su amiga. Uno de los hombres que perdió la vida ayer era ese papá.

Así que no puedo parar. Llevo llorando desde ayer.

Durante las protestas mineras (esas que nosotros en León sabemos que han sido casi de guerrilla, pero que para el resto de España se ha limitado a la manifestación de Madrid) se ha hablado de los sueldos y subsidios de los mineros, de sus prejubilaciones al cumplir los 40.

Pero no se habla del grisú. Bueno, sí; hoy se ha hablado del grisú. Hoy todo el mundo (o casi) sabe que se compone principalmente del metano, que puede explotar, y cuando no lo hace, se come el oxígeno existente en cuestión de segundos. Hoy España sabe que el grisú mata. Pero no se habla de la enfermedad, la otra cara del grisú, del gas que se te mete dentro sin enterarte y que no te asfixia de repente, sino que hiere de muerte tus pulmones y te convierte en un enfermo crónico a los 40.

Tampoco se habla de los huesos que envejecen antes de tiempo por el trabajo duro, por los brazos que se cansan de picar o de entibar en posturas imposibles durante horas en las que no ves el sol,  y sólo percibes el rancio y pesado aire que inunda la mina. De la humedad que se mete en esos huesos que te hacen viejo en la mitad de la vida, tampoco se habla.

Sólo se habla de los subsidios, pero no de los por qués. Los mineros, una panda de vagos que sólo están ahí chupando del frasco, y encima se quejan. No de las causas de esos subsidios.

Se habla de la violencia de los mineros, pero no de las situaciones que les han llevado a ejercer esa violencia.

Por eso lloro, y lo  llevo haciendo desde ayer.

Y que me perdonen las familias porque siento que les usurpo el sentimiento. Pero no puedo evitarlo.

9 abril, 2014
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Simbiosis y Talleres

Venimos ya unas semanas anunciando una nueva forma de trabajar de La Teta y Más a través de talleres informativos. En realidad, lo de los talleres ya lo habíamos dicho hace tiempo, cuando abrimos el blog de servicios, como parte de los que se ofrecían de manera gratuita.

Por otra parte, y por si alguien todavía no lo sabe, hace unos meses me vi obligada a cerrar el espacio físico de La Teta y Más, así que ubicar esos talleres, tanto los que ofrecíamos en un primer momento, gratuitos, como los talleres más especializados, se ha convertido en mi prioridad.

He de confesar que no me ha sido muy complicado, porque he encontrado a una mujer estupenda, que se llama Laura, como mi hija mayor, y que inició, hace ahora 7 meses, la difícil aventura de llevar una guardería respetuosa con los niños. Con ella he hablado desde casi el principio, porque entre otras cosas, me pidió información sobre el tratamiento de leche materna con los bebés que ella atiende, y en su guardería hemos llevado a caboencuentros de Círculos de Mujeres y un taller informativo de iniciación a los portabebés justo cuando cerré la tienda.

Trabajar con Laura es un gusto, porque puedes decir con la boca abierta que los niños serán bienvenidos… y bien atendidos.

Pues bien. Después del último Círculo, Laura y yo estuvimos hablando un buen rato, y decidimos que los talleres que organice La Teta y Más, tanto gratuitos como remunerados, se harán en las instalaciones de My Little Planet, su guardería. Y que empezaremos, además, de manera casi inmediata, entrando a formar parte de su escuela de padres

Colchoneta

 

 

Una zona para gateadores exploradores, y primeros pasos.

 

 

 

 

Cunas

 

 

Para los siesteros, cunitas en las que se les ve sin dificultad. Y al primer llanto… bracitos siempre.

 

 

 

 

 

Entrada

 

 

 

Y en la entrada, los carteles que son toda una declaración de intenciones. Desde el “Se recoge Leche Materna”, hasta el “Derecho al Amor”

 

 

 

Juegos

 

 

Y para los más mayores, zona de “Juego tranquilo”

 

 

 

 

 

 

Por supuesto, los padres que llevan a sus hijos a My Little Planet tienen prioridad para formar parte de los talleres que ahora se ofrecen junto a La Teta y Más. Es decir: si el aforo nunca va a ser alto (hacer un taller para más de 10-12 personas es una locura, y al final se aprovecha mal), quienes tienen preferencia son los clientes de la guardería, puesto que, como ya he dicho, la mayoría de los encuentros se harán enmarcados en la escuela de padres. Pero por otra parte, serán siempre abiertos, lo que quiere decir que se abrirán las plazas que queden después de que los padres se hayan apuntado.

Me encanta esta nueva etapa. Me encanta poder trabajar con Laura, porque es de las pocas cuidadoras/educadoras de guadería que yo conozco a la que confiaría el cuidado de mis propias hijas. Sólo espero que para vosotras también sea provechoso y agradable.

9 abril, 2014
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Sellos de calidad o lo que yo no diría jamás

Sabéis estos sellos de calidad que se les pone a los alimentos con denominación de origen? Se trata de que el consumidor sepa con certeza que aquello que compra es lo que quiere comprar; que no le dan gato por liebre, vamos.

Porque si a ti te da igual beber leche de vacas de verdes prados que beber leche de una vaca estabulada y alimentada a base de piensos, pues está muy bien, pero si no te da igual, buscas como loca el sello para asegurarte de lo que estás comprando.

Por poner un ejemplo.

Esto, obviamente, no se puede hacer con los humanos. No queda políticamente correcto ponernos un sello, ni certificar composición ni origen. Pero yo me prestaría a ello, con tal de tener un seguro de que no puede maliterpretarse lo que digo, que nadie va a dar gato por liebre en lo que diga/haga La Teta y Más.

O el sello para mí, o sonotone para algunos. Pero algo.

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Cuando comencé en esto de La Teta, me tomé muy en serio formarme adecuadamente. He atendido consultas con el modo escucha para aprender sobre todo de quienes me consultaban, y luego, no sólo he leído mucho, sino que he investigado, me he puesto en contacto con gente, he preguntado… Cuando había algo que no sabía no contestaba en el momento (ni ahora tampoco), sino que me iba a mi casa a investigar esas dudas para seguir aprendiendo.

Después de tres años, he recopilado datos y conocimiento, y sobre todo, he recopilado dudas y estoy más segura ahora que entonces de que, tal y como decía Sócrates “sólo sé, que no sé nada”. Por eso, ahora, igual que al principio, procuro no hablar ex cátedra cuando estoy con una mujer, y soy taxativa en muy pocas cuestiones.

Sé que tengo muchos defectos; los conozco y procuro paliarlos. Y precisamente porque procuro ser cuidadosa, me sienta tan mal que los maledicentes saquen la lengua a pacer diciendo cosas que jamás de los jamases diría ni harta de chufas en mal estado.

Por eso quiero escribir esto: para que quede claro, ante comentarios sin sentido, lo que he dicho y lo que no me cabría en la boca.

1.- Si alguien os dice que La Teta y Más ha dicho que a un niño hay que pautarle de alguna manera las tomas (que no tome cada menos de 2 horas, espera a que pasen por lo menos 3, etc) os está mintiendo, o no habló conmigo sino con otra Teta que les engaña, o estaba en Babia mientras yo hablaba. La Teta y Más habla siempre de lactancia a demanda, es decir: siempre que el bebé muestre señales de querer mamar y durante todo el tiempo que quiera hacerlo, sin ningún tipo de restricción.

2.- Si alguien os dice que La Teta y Más le dice a las mujeres lo que tienen que hacer, os mienten, o jugaban al tetris mientras yo intentaba contarles cosas, o bien tengo una doble haciendo tonterías. La Teta y Más escucha para poder analizar lo que la mujer realmente quiere, presta información avalada por los organismos pertinentes y ofrece opciones, para que siempre sea la mujer la que elija.

3.- Si alguien os dice que desde La Teta y Más (talibana de la teta donde las haya, adalid de la lactancia materna a pesar de voluntades materno filiales, e incluso a costa de la salud de ambos) se niega ayuda a la mujer para el destete, me remito al punto 2.

4.- Si alguien llama a La Teta y Más “el demonio”, ahí sí, mira. Tiene razón.

5.- Si alguien comenta que desde La Teta y Más se asegura a las embarazadas que quienes participen en los acompañamientos tendrán partos orgásmicos que trasciendan conciencias y realidades, ha fumado sustancias poco recomendables. Una de las características que me enorgullecen de los acompañamientos es que jamás hablamos de cómo será el parto, no quiero que nadie se haga ideas raras que luego no coincidan con la realidad, que desconocemos hasta el momento del parto. La Teta y Más procura ofrecer información veraz y herramientas útiles para el manejo de las distintas situaciones que se puedan dar en un parto.

6.- Si alguien os dice que La Teta y Más convence a las embarazadas para que den a luz agarradas a los árboles, gritando como posesas y sin acudir a la “bendita epidural”, nos remitimos, de nuevo, al punto 5.

 

En definitiva:

No soy guresa de nadie, no lo quiero ser y no lo pretendo. La Teta y Más no se dedica ni a decir soplapolleces más propias de otro tipo de profesionales que se dedican a su funcionariado sin molestarse en volver a ver la evidencia científica 30 años después de licenciarse; tampoco se dedica a ser guía de nadie, ni a predicar ni a adoctrinar. Todo lo que suene  a cualquiera de las tres cosas se refiere a otra teta.

Que yo también tengo dos, y de siempre, sólo me funcionó la izquierda.

 

9 abril, 2014
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Acompañando

Desde que he puesto en marcha el último proyecto de La Teta y Más, he tenido que responder varias veces a la pregunta “pero, acompañando, ¿qué?”. Las más de las veces, esta pregunta va acompañada de una sonrisa de medio lado, de esas que dejan traslucir la idea de “menudo morro tiene esta pava que cobra por no hacer nada”. Incluso me consta que, al dar de alta en Hacienda esta nueva actividad, ha habido quien se ha mosqueado porque “esta tía se ha inventado una profesión para ganar pasta”.

Lo cierto es que la profesión no me la he inventado yo, aunque sí reconozco que la he moldeado un poco para mí. Y de todas formas, no sé qué problema hay con inventarse una profesión (por cierto, que en este caso, la palabra “oficio” le va mejor y me gusta más). Y además, no sólo lo considero importante, sino que tengo claro que es necesario, al menos, en los círculos en los que yo me muevo.

La primera vez que me senté frente a una mujer, hace casi 3 años, lo hice para ayudarla con un tema de lactancia, y fue de manera gratuita. Estaba segura que primero debía “hacer oficio”, y luego ya, una vez adquiridos, no sólo los conocimientos, sino también las herramientas, entonces poder empezar a cobrar. Fue como una especie de “contrato de aprendizaje”, en el que yo era la aprendiz de todas las mujeres que venían por mi, entonces todavía, trastienda.

salalactancia

 

Recuerdo cómo aquella mujer me contaba todo lo que había pasado desde su parto; parecía contenida y tranquila, aunque sabía que estaba agobiada porque las cosas no estaban transcurriendo como ella había planeado. Entonces le pregunté “¿Y tú, qué quieres? Me quedé sorprendida, con los ojos como platos y sin saber muy bien cómo reaccionar, cuando aquella mujer rompió a llorar. Nadie le había preguntado qué quería ella en todo el proceso. Su cuerpo había dejado de pertenecerle en algún momento del embarazo, y se había dejado llevar. Me sentí tan identificada, que yo también lloré.

Cuando las mujeres decidimos quedarnos embarazadas, parece que es la última decisión que tomamos como adultas; a partir de ahí es como si la sociedad entera decidiera que ya no somos aptas para tomar decisiones, y nos quedamos solas en nuestro camino; nuestra única opción, si no queremos andarlo solas, es dejarnos llevar por esa corriente.

 

Es curioso, porque hace unos años, no tantos, cuando las mujeres no tenían identidad legal a no ser que fueran viudas, cuando necesitaban la firma del marido para sacar dinero de una cuenta bancaria, entonces, podían gestar solas (debían hacerlo, si no, a ver para qué servían), parían con la asistencia de otras mujeres, sin gritos, mientras sus maridos iban al bar a calmar los nervios, amamantaban y su leche era buena y criaban a los hijos como ellas creían.

Pero ahora, cuando ya somos jurídica y legalmente iguales a los hombres, cuando hay mayoría de mujeres universitarias, resulta que necesitamos un ginecólogo para llevar nuestro embarazo, que nos dice si somos buenas o malas niñas dependiendo del peso que cojamos, un hospital para parir, donde se nos dice cómo y cuándo empujar (de nuevo se nos recuerda lo buenas o malas que somos en función de lo bien que empujamos, y si no, a cesárea), y una leche artificial porque las más de las veces, resulta que nuestra leche ya no vale.

 

Ahora no necesitamos permiso a la hora de abrir una cuenta bancaria, pero nadie nos pregunta qué queremos en el momento de quedarnos embarazadas.

Cuando yo hablo de “Acompañar”, me refiero a esto mismo.

Yo no voy a dar “preparaciones al parto”. No soy matrona,  y aunque lo fuera, francamente, no creo que me sintiera cualificada para preparar mujeres para parir. Más que nada porque, y eso lo repito continuamente a todas las mujeres que preguntan, creo firmemente que si hay algo para lo que están preparadas, es para traer hijos al mundo. Y a ver quién me contradice el hecho de que, biológicamente, es precisamente para lo que nacemos.

 

Pero hay algo que las mujeres no tienen y creo que necesitan cada vez más: compañía. Pero compañía de la buena, de la que sostiene y no juzga, de la que informa y no coacciona, de la que se mete sus propios miedos en lo más hondo de su mochila para que no condicione las decisiones de la otra parte. Esa compañía que ofrece quien te dice “tú puedes, tú vales, tú cuentas, tú sabes”.

No es fácil. Y quien crea que lo es, es porque no se ha puesto a pensarlo. A mí me resulta complicado muchas veces no pasar por mi propio tamiz, por mi propia experiencia las vivencias de otras mujeres. Mi mochila pesa, como casi todas las mochilas, y es tentador compartir el peso con quien necesita aligerar la suya.

Para poder acompañar se necesitan muchos conocimientos, y experiencia propia, y ajena, y sentir verdadero amor por lo que haces y por la persona a la que acompañas, aunque sea un acompañamiento contratado. Tiene que haber complicidad, y sobre todo, tienes que tener siempre en la boca la gran pregunta: ¿Y tú, qué quieres?

 

De esta manera, la mujer que camina contigo ya no está sola. No tiene que aceptar un trato, o una frase porque no le quede más remedio, porque ahora ya no sólo tiene conocimientos, información para poder decidir, sino la fuerza de quien se sabe acompañada. Y por eso se sentirá empoderada en su embarazo y por lo tanto en su parto. Y por eso sabrá cómo encontrarse en su puerperio, y tendrá la fuerza para decidir, la crianza de su hijo.

No pretendo sustituir la compañía del marido-amante-amigo-padre, es distinto. De hecho, ellos también necesitan saberse útiles y sentirse empoderados. Por eso planteamos también grupos de padres. Es sólo que hay determinadas situaciones en que las mujeres necesitamos la compañía de otras mujeres. Así ha sido siempre y no es excluyente de nada.

Y aquí estoy yo, 3 años después de empezar con una pequeña tienda, comenzando un nuevo camino que voy a andar siempre acompañada de otras mujeres. Algunas estarán ahí por mi, y otras me habrán buscado para que sea yo quien esté ahí por ellas. En sus embarazos, en sus puerperios, en sus lactancias. Y todas,
sobre todo, mucho más fuertes, diciendo siempre lo que quieren sin que nadie tenga que preguntarles nada.

9 abril, 2014
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La Buena Educación

Cuando mi hermano y yo vinimos al mundo, mi padre decidió delegar lo concerniente a nuestra educación en mi madre. No por nada. No quiero que esto dé lugar al pensamiento de que mi padre no se quería hacer cargo, porque no es verdad. Es sólo que de alguna manera él intuía que la “educación” que él podía darnos no era la adecuada. Quería hijos que lucharan de adultos, que no se conformaran, que no mirasen al suelo, que supieran enfrentarse al mundo. Y en su ignorancia (pero gran sabiduría) él sabía que la educación que le habían dado a  él, la educación que él repetería, no era buena.

Por si acaso los que venden libros a costa del sufrimiento infantil piensan que lo suyo es innovación, os diré en qué consistía la educación a la que se refería mi padre: el niño manipula, la relación con él es una gran guerra cuyas batallas hay que ganar una a una, y para ello, al niño se le ignora para darle a entender qué actitudes no son bien recibidas, se le castiga (incluso con azotes) para reprenderle, y se le premia cuando haga las cosas “bien”.

Lógicamente, para el adulto, este tipo de “educación” es la más fácil: cría niños sumisos (y, por lo tanto, adultos sumisos), que no discuten, que no te ponen en evidencia, y no te hacen pensar tampoco. Y si el niño no se convierte en el adulto que esperamos, entonces todo se soluciona con un “ha salido mal”, siendo la responsabilidad también del hijo, que no ha querido asimilar aquello que su progenitor ha intentado inculcarle.

Es, por otra parte, un tipo de educación muy útil socialmente hablando: el niño, ya adulto, no es capaz de pensar. Busca en cada una de sus acciones el premio inmediato por haberse “portado bien”, y desestima acciones incorrectas sólo por temor al castigo. Es dócil e incapaz  de tomar decisiones por sí mismo, y por lo tanto, es fácil hacerle creer que nada de lo que él individualmente haga, puede cambiar las cosas. Está sólo en el mundo, igual que como se sentía cuando era ignorado, así que no se creerá capaz de luchar contra ninguna injusticia y aceptará sin más el orden establecido. Como además se le ha desprovisto de toda capacidad de empatía no será capaz de ver la desgracia ajena sino como un síntoma de que el otro está siendo castigado y por lo tanto es un “fracasado”. Son éstos los que aceptan sin más que el mundo tiene recursos ilimitados y que quien no es capaz de encontrar trabajo o no puede tener un empleo bien remunerado es que no sabe o no quiere hacerlo. Mientras que quienes tienen éxito es porque son premiados, y por lo tanto son “triunfadores”. Esté en el lado que esté no se lo cuestionará tampoco.

 

Para mi madre, y todo sea dicho de paso, para mí también, a los niños se les educa con el ejemplo. Ni hay premios ni castigos, sino integración en la vida. Al hijo se le acompaña en su camino, se le permite tomar decisiones, y se está ahí, como un pilar insustituíble, cuando la decisión no es la correcta. Al hijo se le ama incondicionalmente, y se demuestra ese amor. Se le hace ver que es importante, que lo que siente, y piensa y opina es digno de tener en cuenta, y que su actitud puede cambiar las cosas.

Estos son los niños que, una vez adultos, saben reconocer una injusticia, y no se doblegan. Son los adultos creativos que pueden cambiar el mundo, los que reconocen el engaño en la frase de los coach de recursos humanos “no importa si no vas a trabajar, la empresa tendrá beneficios”, y saben que si nadie va a trabajar, la empresa tendrá pérdidas.

Veo cada día hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que son incapaces de tomar decisiones, a los que les asusta que una “figura de autoridad” les diga una frase con tan poco sentido como “bajo tu responsabilidad”, que están deseando salir de trabajos que detestan o no les llenan para obtener su premio en un centro comercial, que dejan la educación de sus hijos en manos de otros, porque ellos nunca van a ser suficientes, que no pueden mirar fijamente a los ojos a quien creen superior.

Por eso tengo que agradecer a mi madre el haberme guiado y acompañado, y a mi padre el haber comprendido, a pesar del gran esfuerzo de cada día, a sus hijos en caminos que sé que no compartían. Porque ahora los dos sabemos reconocer injusticias, porque sabemos cómo levantarnos, porque somos conscientes de que si todos nos unimos esto cambiará, porque no buscamos premios para hacer el trabajo bien hecho, y porque aquello que está mal no lo hacemos, no por temor a un castigo, sino simplemente porque está mal.

 

 

Y lo escribo ahora, a punto de terminar un año muy duro, porque ahora más que nunca soy consciente de mi buena educación.

9 abril, 2014
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Reconociendo violencias

Lo siento, sí.

A lo mejor me he pasado.

A lo mejor, diciendo esto he herido susceptibilidades. Perdón.

O no.

En primer lugar, he de decir, para explicar mi comportamiento, que no soy un “pack” de happy flower. Que no por creer en un nacimiento pacífico sin violencia para madre e hijo, o en una crianza respetuosa, o en brazos y cariños “a demanda”, no me cabreo y doy un golpe encima de la mesa.

No.

De hecho, si tuviera a Estivill así, cara a cara, probablemente lo encerraría en una habitación sin vistas, oscura y digna de las peores pesadillas de la calle Elm, para que probara un poco de su propia medicina. A ver si seguía vendiendo libros. Un zulito rico para el doctor.

Y lo genial de la situación es que estoy segura de que a todos vosotros, aquellos que compartís conmigo la misma filosofía de crianza de los hijos, se os ha pasado la idea alguna vez por la cabeza. Venga, admitidlo.

Si a un niño le abandonas, llorará hasta que le hagas caso. Los mineros cortan el tráfico.

Admitid que vosotros sois también capaces de ejercer violencia. Porque eso es así. Porque todos somos capaces de ese golpe sobre la mesa. O sobre la cara de alguien en según qué momentos. Y si no lo admitís es porque queréis engañaros a vosotros mismos, porque es más fácil dormir por las noches pensando que somos Teresa de Calcuta. Y es que hasta Teresa de Calcuta, hijos. Incluso me imagino a Gandhi perdiendo los estribos. O defendiendo lo suyo. Nunca se sabe dónde está el límite de cada persona. Pero tened claro, que todos los tenemos.

En mi caso, y lo tengo que reconocer, mi límite no está precisamente escondido.

Soy una persona muy visceral. A lo largo de los años, he ido cambiando la visceralidad por la vehemencia. Pero todavía tiemblan las puertas de mi casa cuando me cabreo mucho, porque saben que alguna se va a llevar un buen portazo. Y a pesar de mis firmes convicciones sobre la crianza, aún me cuesta mucho trabajo no levantar la voz a mis hijas cuando me exasperan.

Pero me gusta ser visceral. Porque es verdad que la violencia sale más fácilmente que en otros caracteres, pero también el amor, el contacto, los abrazos, las risotadas… En general, las personas que tenemos este rasgo de carácter, tendemos a vivir muy intensamente cada una de nuestras experiencias vitales. Y no quiero renunciar a eso. Seguiré tratando cambiar la visceralidad por la vehemencia cuando lo primero que me salga sea un taco muy gordo, o un portazo importante. Pero hasta ahí.

En este punto diré que jamás justifico la violencia, ni siquiera la que a mí se me escapa. Nunca.

Pero también diré que no voy a condenar según qué tipo de comportamientos, porque hay límites, y cada uno tiene el suyo.

Entramos ahora en el post.

¿Os he dicho ya que soy periodista?

Es algo que, a mi modo de ver, no se puede evitar. Quiero decir que no por no ejercer como tal se deja de ser periodista. Hay personas que, simplemente, lo son, y no se pueden evadir de ello. Es la mirada crítica, el análisis, el mirar con lupa lo que acontece a tu alrededor y hacerte una composición de lugar. Si además ya no le debes nada a ninguna empresa, si puedes ser periodista de ti mismo, entonces es fantástico, porque no mediatizas nada, lo diseccionas y te lo comes. Y luego si eso, lo vomitas.

Lo de la crisis no es de ahora. Viene de lejos, de mucho más lejos de lo que la peña quiere ver, y de lo que otros van a permitir que se vea, claro.

Hace algo más de 10 años la burbuja inmobiliaria ya se veía que tenía que estallar. En la provincia de León, en aquél entonces, se despidieron a 35 periodistas de distintos medios de comunicación, en el mismo año. Si tenemos en cuenta que León es una provincia pequeña con poco interés mediático (sic, lo siento, pero es así) y donde se sobreexplota al periodista obligando a uno a hacer el trabajo de 3, podéis imaginar que 35 despidos es la caña. Nadie dijo nada. Ni nosotros.

Desde entonces yo he ido viendo cómo caían sectores, uno tras otro.

Recuerdo cómo una amiga, ingeniero de telecomunicaciones ella, me comentaba que estaban viendo cómo sus condiciones laborales se iban recrudeciendo. Hasta qué punto había gente que había contratado hipotecas de miles de € al mes, porque las podían pagar, y se encontraban con que en las empresas les iban bajando el sueldo, y cada vez tenían menos que decir. Recuerdo comentarlo en casa, y oír aquello de “no seas tonta, mírate tú, que ellos tienen mucho”. Una mirada para otro lado, la segunda, en realidad. Y la razón era no ser tonta, porque para mí tenía, y los telecos estaban forrados.

Hace un par de años fueron los controladores aéreos. Se iban a empeorar sus condiciones laborales, y ese empeoramiento, iba a tener como consecuencia la bajada de sus sueldos. Para su desgracia, sus sueldos eran muy altos. Paralizaron el país unas horas, con millones de pérdidas como consecuencia, y se les llevó a juicio por ello. Nadie les apoyó. Desde los medios de comunicación se recordaba constantemente los sueldos astronómicos que cobraban los controladores, y a la peña le parece mal que el vecino gane más que él.

Voy a hacer aquí un inciso, para decir, que pese a quien pese, igual que tenemos un punto violento en nuestro ser, también tenemos un punto mezquino. Ése que hace que en el fondo, nos alegremos de la desgracia ajena cuando ésta hace parecer menor la nuestra. Esa mezquindad de la que se aprovechan quienes nos gobiernan para manipularnos, y que han aprovechado para ir desmontando, piedra a piedra, el Estado de Bienestar.

Vale. El caso es que recuerdo una conversación de sobremesa sobre los controladores, en mi casa. A mí me mosqueaba, porque es que creo que si quieres ganar lo mismo que un controlador, pues hazte controlador, pero no la emprendas contra un colectivo de trabajadores que ve peligrar sus condiciones laborales, sólo porque “ya te gustaría a ti tener esas condiciones y ese sueldo”. Volví a oír la palabra “tonta”. “No seas tonta, que esos ganan un pastizal y mira tú cómo estás”.

Un poco después empezaron a ver peligrar sus sueldos y condiciones laborales los maestros y profesores. La frase: “anda, que tienen 3 meses de vacaciones al año, que se jodan y trabajen como todo el mundo”, estaba en boca del personal.

Bien, voy a aclarar algo que algunos profesores, no saben sobre sus condiciones laborales: NO TIENEN 3 MESES DE VACACIONES AL AÑO. Los maestros y profesores tienen al año el número de días de vacaciones que corresponden al número de días trabajados y cotizados, como todo el mundo. Lo que ocurre es que, como los centros docentes están 3 meses al año cerrados, y para que no se tengan que ir al paro, se coge su sueldo bruto de un año, cotizaciones incluídas, y se prorratea en 14 pagas. Por eso, maestros y profesores tienen, de media, sueldos menores que técnicos de categorías A o B en el resto de Administraciones Públicas. Además, que si te apetece tener 3 meses de vacaciones al año, métete a profesor, pero no acumules tanta envidia como para no apoyar, aunque nada más sea en la mesa del café, a un colectivo que por otra parte, tiene en sus manos la educación de tus hijos.

A estos funcionarios les siguió el resto. Por supuesto, a los funcionarios de las Administraciones Públicas no les iban a apoyar los que habían sufrido antes, porque lo habían sufrido solos, así que se sentaron a mirar divertidos; pero tampoco el resto, una vez más por lo mismo, y una vez más, los que decimos algo, somos tontos, porque ellos tienen un puesto fijo, y seguro que por enchufe.

Y de los enchufes hablaremos otro día. Porque estoy segura de que nadie rechazaría un enchufe con tal de trabajar, pero cuando no lo tenemos, no podemos soportar al que sí lo tiene.

El siguiente paso en el gran plan de “desmontemos la democracia” ha sido convencernos de que estamos divididos, y que si apoyamos según qué tipo de iniciativas entonces nos corresponde determinada etiqueta. Y estamos poco dispuestos a ser etiquetados, porque la etiqueta nos señala. Además, cuando estamos divididos por colores es más fácil distinguir al enemigo. Y es curioso, porque los que se empeñan en emplear colores políticos para dividir, TODOS, visten de azul. Será para que a ellos no se les distinga.

Así que el siguiente paso es jugar la partida de pint ball más ridícula jamás jugada. Donde unos se lanzan pelotas azules y otros pelotas rojas, a modo de acusación.

Y en este punto, yo ya empiezo a cabrearme, porque veo que una profesora del colegio público al que van mis hijas, intenta esquirolear a sus alumnos el día de la huelga general. Y apunta contra ellos su rifle de bolas rojas. Y resulta que a mi hija le estalla una en el pecho cuando digo “tú no vas, porque yo hago huelga”. Vale, ya somos rojos. Que además, según los azules, somos unos insolidarios y los causantes de la crisis. Cágate lorito.

Mi vena se hincha, claro. Y noto que un calor muy característico inunda la parte superior de mi cuerpo. Pero no pierdo los estribos. Llevo años transformando mi violencia en vehemencia.

Ahora las discusiones con la profesora de mi hija, nunca directas, son diarias. Y la mando, el día de la huelga de educación, que por supuesto su profesora no sigue, porque “aquí somos trabajadores, no huelguistas”, con un brazalete verde en apoyo de la escuela pública. Pero va.

Y llegamos por fin (disculpad que esta entrada es muy larga, pero es que no puedo quitar palabras) al tema minero.

Un tema que lleva ya años.

Como periodista sé que la ayuda al sector minero es muy inferior a las ayudas que se están dando a otro tipo de energías. Como periodista sé que muchos especuladores del viento se han forrado en los últimos años sin un solo molino. Como periodista sé que el carbón sigue siendo necesario para alimentar los altos hornos, imposibles de mantener en marcha con energía solar, por ejemplo. Como periodista sé que se han cargado la Siderurgia en España para poder aumentar la alemana. Y como periodista sé que a medida que se cierren minas aquí se abrirán las teutonas.

Ahora la vena está que revienta.

Como espectadora con criterio (porque soy periodista, y veo la tele de otra manera) me llevan los demonios las encuestas en las que la peña habla de “apretarse el cinturón”, las declaraciones de todo el mundo justificando lo injustificable.

Como hija veo la preocupación en los ojos de unos padres que han trabajado toda su vida y que ahora tienen enfermedades crónicas MUY CARAS, que se cagan cada vez que alguien habla del copago (repago), y oyen a alguien decir que hay que recortar en sanidad mientras se subvenciona el dispendio de los bancos y se suben los sueldos de los políticos.

Y sin darme cuenta, mi cuerpo ya está en posición de lucha, con la derecha arriba y la izquierda cubriéndome la cara, como un boxeador que sabe lo que viene pero que no va a tirar la toalla sin romper la nariz al contrario.

Y esta es la violencia de los mineros. Una mujer reivindicando lo suyo y lo de su familia, y recibiendo hostias como panes.

Y entonces veo a mi gente.

Las lágrimas en los ojos de mi amiga.

El miedo de toda una comarca.

La destrucción de una provincia.

Y a nadie le importa. Ya no queda nadie que luche porque los de arriba ya han caído y les puede el rencor, y los que quedan sólo quieren no ver, no sentir.

Que me dejen en paz, que hagan lo que quieran pero que no me toquen los garbanzos.

Y entonces grito

¡¡¡¡¡¡¿PERO NO VES QUE YA TE LOS HAN TOCADO? ¿NO ENTIENDES QUE NO TIENES NADA, SÓLO LA CARIDAD DE QUIEN LE HA QUITADO TODO A TODOS? ¿ESTÁS CIEGO?!!!!!

Sí, es mi golpe encima de la mesa, mi voz levantada, el portazo que por fin ha hecho añicos la puerta.

¿Que si justifico la violencia?

NO. Ni siquiera la que yo ejerzo. Soy consciente de ella y no me gusta, y por eso no la justifico.

¿Que si condeno esta violencia?

Mientras ellos no condenen la suya, mientras un pueblo tenga que defender a unos hombres de unas pelotas de goma que no tienen ojos para distinguir a los niños, NO LA CONDENO.

¿Que si no siento lo que he dicho?

No.

9 abril, 2014
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Niños y Huelga

Por si no os habíais enterado, mañana hay huelga general. Yo voy a seguirla, por cierto. Mañana, La Teta y Más, cierra sus puertas, tanto las reales como las virtuales, para solidarizarse con la huelga.

Y lo hago así porque creo en ella, en lo que se pide. Realmente creo que el precio que se nos está pidiendo a los ciudadanos es muy alto por salir de una crisis que, para empezar, no ha sido responsabilidad nuestra, no la hemos causado.

Sin embargo, desde las instancias políticas se nos pide que renunciemos a derechos sociales que ha costado generaciones y sangre conseguir, y que lo hagamos de manera dócil por el bien de una sociedad irresponsable de sus actos y de la que yo personalmente, me siento cada vez más alejada.

Quiero dejar claro que no me posiciono ni a la izquierda ni a la derecha. Desde hace ya años cuando voy a votar lo hago a partidos sociales que no se marcan ni se desmarcan, que luchan sin direcciones. Y es que creo firmemente que la cuestión “derecha-izquierda”, “azul-rojo” es una falacia inventada por aquellos que siguen comiendo de una época pasada para seguir cobrando sueldos de escándalo (la reforma laboral no les afecta a ellos, descuida) y mantener sus deshonrosas posaderas en las poltronas que de otra forma, no verían ni en pintura. Tanto unos como otros apelan a la memoria histórica, que también tiene colores y direcciones, y que creo que sólo hay que tenerla en cuenta para no volver a repetirla, pero no para seguir distinguiéndonos por la mano que alzamos cuando protestamos.

Y esto quería aclararlo porque me da la sensación de que esta huelga, igual que otras muchas cosas, se está planteando así: si la sigues, es que te gustan las rosas, y si no te abanderas de azul; de esta manera, nadie se plantea el por qué de la huelga, ni la necesidad de que la sociedad siga saliendo a la calle a pedir y a protestar y a decirle a los de las poltronas lo que se espera de ellos. Simplemente es una cuestión de bandos.

 

Tengo dos hijas en edad escolar, ya lo sabéis. Me preocupo mucho de su educación, y no sólo de si leen o escriben, o suman o dividen. Me preocupa que entiendan el mundo que les rodean, una sociedad de la que ya forman parte, y que en algún momento tendrán que defender. ¿Cómo les explico yo lo que significa que el pueblo, los miembros de esa sociedad a la que pertenecen, salga a la calle y proteste, si desde su escuela se pretende que ellos sigan como si nada?

Ayer la profesora de la mayor les dijo que si no iban al cole el día de la huelga, debían hacer sus deberes y lo que correspondía ese día en casa, y que los padres debemos corregírselo, porque ella no va a trabajar de más el viernes, insinuando que si no queremos ir a trabajar pues que hagamos algo con nuestra vida.

Y es que yo no me voy a coger un día de vacaciones. Voy a la huelga. Y quiero que mi hija entienda lo que es, lo que significa, aunque sea difícil que comprenda lo que es una reforma laboral o sus implicaciones. Quiero que crezca sabiendo que tiene un derecho, el de manifestación y huelga. Y que gracias a ello vive en la sociedad en la que vive. Que gracias a que mucha gente se manifestó incluso cuando era ilegal, hoy ella podrá votar, y podrá recibir asistencia sanitaria, y podrá ponerse enferma cuando trabaje, sin dejar de recibir su sueldo.

Que si dejamos de verle el sentido, o empezamos a creer que el derecho a la huelga es una cuestión de rojos insolidarios, o padres vagos que no quieren trabajar un jueves, poco a poco iremos renunciando a otros derechos, y nos dará igual. Y cuando el derecho que nos quieran quitar sea el de tener una vejez digna después de haber trabajado toda la vida, quienes tengan que luchar por nosotros, a lo mejor ya ni saben ni quieren hacerlo. Porque será una cuestión de viejos insolidarios que no quieren trabajar con artritis.

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