El Blog de La Teta y Más

Acompañando tu maternidad

5 diciembre, 2018
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Porteo seguro

Hace unos años, estaba en la tienda de La Teta y Más, cuando a través del cristal del escaparate ví a un hombre con un fular colgando. Yo sabía que lo que le veía cubrir su torso era un fular portabebés, porque yo vendía fulares de aquella marca y tenía en la tienda precisamente el modelo que el hombre llevaba; pero no veía ningún bebé por ningún sitio, ni en la espalda ni en ningún sitio. Estiré el cuello, y de repente vi que llevaba al niño a la altura de su cadera, echado en posición cuna, sin ningún soporte y sin contacto visual con el niño. Salí inmediatamente e invité a entrar al papá.
Me dijo que el bebé que dormía colgado de él como en un bolso, tenía sólo unos días y que se lo había llevado para que su mujer descansase.

Hacía unas semanas había salido una noticia en los foros de lo más alarmante. Dos bebés habían muerto, no recuerdo si en USA o en Inglaterra, asfixiados en una bandolera comercial, precisamente por un mal uso del portabebés. Así que yo, que entonces tenía menos mano izquierda que ahora, le dije que la forma en que estaba usando ese fular podía resultar peligrosa, y que si quería yo le enseñaba a usarlo correctamente, y que como estaba sola en la tienda y no parecía que fuera a ir nadie a alegrarme la tarde, le enseñaba gratis. Bueno, pues el pobre señor se acojonó tanto que simplemente sacó al nene del fular y dijo que la próxima vez lo pondría en una mochila que le habían regalado, que por lo que entendí, era igual de horror que aquel fular mal puesto.

El caso es que, si bien hay portabebés totalmente inadecuados hagas el uso que hagas de ellos (bueno, yo los uso para decir en los talleres lo que NO debe ser un portabebés, y para eso sí son adecuados), incluso el mejor de ellos, si no está correctamente usado, puede resultar peligroso. Es el uso que hagamos de ellos, como casi siempre.

Y entonces, ¿qué debemos mirar en un portabebé para saber que al menos estamos en el buen camino?

1.- El portabebé “ata” a tu bebé a tu cuerpo, no lo cuelga de él
2.- Se ajusta perfectamente al cuertpo del bebé sin presionar ni forzar ninguna parte de su espalda, pero ofreciendo un buen soporte y sujección.
3.- Favorece la postura de “ranita” del bebé: las piernas y culete hacen una “M”
4.- El bebé se queda a una altura tal que puedes darle un beso en la coronilla, pero que no golpee tu mentón, de forma que no te carga las lumbares.
5.- Si tiene tiras, éstas deben ser lo suficientemente anchas como para garantizar un buen reparto del peso, y deben quedar lejos del cuello del portador.

Vale,que si el papá que yo me encontré mirando mi escaparate, hubiera llevado a su bebé así, yo no le hubiera dicho ni mu

 

 

Llegados a este punto, creo que sería buena idea echarle un vistazo a esta maravillosa entrada de Red Canguro, donde se explican las claves para que un porteo sea seguro, antes de hablaros de la importancia de una postura correcta que garantice el bienestar de vuestro bebé.

Respecto a la importancia de la postura de las piernas y la columna para un buen desarrollo de la espalda y caderas del bebé, ya escribí esta entrada sobre Porteo y Displasia, en la que hablo de la postura correcta, y el por qué de esa postura, que puede incluso, ayudar a tu bebé si tiene una ligera displasia, o ayudar en el uso de arneses si la displasia fuera más pronunciada y éstos fueran necesarios.

Pero hay una cosa importante, que enlaza con la preocupación que sentí al ver a aquel bebé acurrucado lejos de la vista de su padre, y que explica cómo se hubieran evitado aquellas desgracias. Veamos la cabeza del bebé

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cómo garantizamos que la cabeza del bebé queda así y no de otra manera? Cuando el bebé es muy pequeño tampoco va a mover mucho la cabeza, pero en cuanto empiezan a sacar los brazos para mirarlo todo, o cuando se duermen, por ejemplo, en la espalda después de saltar y reír en el fular, la cosa puede parecernos más complicada. Pues bien: la correcta postura de las piernas y la espalda no sólo colabora en el correcto desarrollo óseo del niño, sino que constituye un cierto bloqueo cervical, de tal modo que cuando el niño se duerme, al apoyar la cabeza en el pecho o la espalda de quien le lleva y completar así la postura correcta, colocará su cabeza mirando ligeramente hacia arriba. Sólo tenemos pues que colocar el fular o la capucha de la mochila para sujetar correctamente su cabeza en esa postura.

 

¿Y cómo nunca, nunca, nunca debemos llevar al bebé? Pues así

Es verdad que hay veces que nuestro bebé nos pide llevarlo cara al mundo, pero mejor con nuestras manos, ubicando bien sus piernas con los brazos y por períodos brevísimos de tiempo. En esta postura, no sólo están forzando sus piernas hacia abajo y presionando la espalda contra el torso del portador, sino que están expuestos a estímulos de los que les resulta imposible escapar, y si se duermen su cabeza no tendrá ningún apoyo y caerá hacia abajo. Eso aparte de la resistencia que tiene que ofrecer nuestra propia espalda, que se resentirá sin duda.

 

En definitiva, las claves para poder llevar a nuestro hijo durante mucho tiempo en brazos, está en elegir buenos portabebés y hacer un buen uso de ellos. Puedo garantizar que no es tan difícil llevar a un niño de 3 ó 4 años a la espalda si sabes cómo hacerlo.

18 noviembre, 2018
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Preparación correcta del biberón

Estoy segura de que hay mujeres que, cuando leen el nombre de este espacio, La Teta y Más, sienten que aquí no tienen nada que hacer porque, bien por elección, bien por obligación, no están dando el pecho a sus hijos.

Para vosotras, os hago ver el ” … y Más” que sigue a La Teta, porque aquí entramos todos.

De hecho, a quienes dais el biberón, precisamente, es a quien más información os falta, aunque no lo creamos.

Durante… Espera. Desde siempre, se ha dado por parte de la industria alimentaria, la falsa idea de que dar el biberón es algo muy sencillo. Es tan fácil como restituir la leche en función de una fórmula que, por cierto, viene en las etiquetas de la leche artificial, y dar el biberón. Además el agua embotellada suele llevar una frasecita estupenda que dice algo así como “apta para el preparado de alimentos infantiles” que hace que tengamos la falsa idea de que podemos usar el agua así, tal cual.

Pero lo cierto es que no es tan fácil, y que de hecho, muchas de las gastroenteritis inexplicables que sufren nuestros bebés, aparte de los sustos por contaminación de partidas desde la fábrica, vienen dadas por preparar los biberones en función de esa sencillez.

Como estoy segura de que si sigo explicando yo misma todo esto va a haber quien diga que soy una exagerada y que lo que quiero es culpabilizar a las madres que han optado por la alimentación artificial, creo que lo primero que tengo que contar es que mi hija mayor se crió exclusivamente con lactancia artificial; y lo segundo, la información que voy a dar está cogida íntegramente del sitio web de la Organización Mundial de la Salud sobre Inocuidad de los Alimentos. En esta página encontraréis las directrices y publicaciones sobre la preparación de polvo para lactantes tanto en el ámbito hospitalario como en casa. Y en lugar de explicarlo yo, os pongo directamente dos de las páginas del folleto dedicado a la preparación en el ámbito del hogar.

 

 

La razón de todo esto es, aparte de que el sistema inmune de nuestro bebé no está desarrollado y que por lo tanto, son sumamente sensibles a bacterias gastrointestinales, es que en realidad y aunque nos hagan pensar lo contrario, ni el agua de las botellas ni la leche que se ha usado para hacer la fórmula están esterlizados. De ahí que se diga que el agua hay que hervirla, y que hay que preparar la fórmula antes de que la temperatura baje de 70 grados, que es la temperatura de pasteurización; por eso hay que enfriarla tan rápidamente una vez restituida: la pasteurización consiste en someter a la leche a una temperatura elevada y bajar esa temperatura inmediatamente.

Espero que esta entrada ofrezca información útil tanto a las madres que han decidido alimentar con leche artificial como a aquellas que, aunque normalmente alimenten con su leche a sus hijos, se vean en la necesidad de optar por un biberón en determinadas ocasiones.

 

Raquel García Hernando

Divulgadora sanitaria.

31 octubre, 2018
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Acompañamiento del embarazo y posparto

Vivimos en un momento social en el que las tribus no parecen tener cabida. La familia se ha hipernuclearizado, y los procesos reproductivos y de crianza se han medicalizado al extremo.

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Aunque a las mujeres nos digan una y otra vez que estar embarazada no es estar enferma ( de hecho, cada vez se nos exige más a nivel laboral en esa etapa, y cada vez nos vemos más obligadas a demostrar que podemos con todo en todas las facetas de nuestra vida), lo cierto es que todos los aspectos del embarazo se vigilan médicamente, no sólo con visitas al especialista, y a la matrona, sino con un montón de pruebas que se repiten y suceden a lo largo de todo el embarazo.

Por supuesto, hay que admitir que el seguimiento pre-natal, junto a las mejoras en las condiciones de vida (higiene y alimentación, principalmente) han conseguido unos índices de mortalidad materno-infantil que se sitúan en mínimos inmejorables; pero lo cierto es que la vivencia del embarazo está mediatizada por esos seguimientos médicos, y muchas veces, por la conveniencia ajena de protocolos que nada tienen que ver con la familia, ni mucho menos, con la mujer.

El resultado de esta tecnificación, es que la mayor parte de las mujeres pierden la conexión consigo mismas, con su cuerpo, su fisiología, su funcionamiento. Se entra en una espiral infantilizante que muchas veces sirve de abono para partos en los que los protagonistas no son madre e hijo, sino médicos y protocolos.

Yo misma, hace 16 años, viví un embarazo-parto inconscientes, de los que no me arrepiento porque aprendí a no volver a repetirlos.

Pero en este momento, cada vez más mujeres se informan, cada vez más madres quieren tomar las riendas de sus embarazos, volver a conectar con sus cuerpos y ser las protagonistas, junto con sus bebés, de ese momento que nos cambia la vida para siempre.

El problema es que, después de casi 2 generaciones de mujeres infantilizadas, de mujeres que no han vivido ese proceso sino a través de los protocolos médicos, no sabemos muy bien cómo recuperar ese poder.

Por eso, uno de los servicios a domicilio que se ofrece desde La Teta y Más, es el acompañamiento al parto consciente.

Una sesión semanal, desde el segundo trimestre, de aproximadamente una hora y media, en la que la familia (madre-padre) y yo misma, hablamos, compartimos e intercambiamos información para llegar a un parto consciente.

En estas sesiones, primero nos conoceremos, para crear un clima de confianza que permita luego preguntar absolutamente todas las dudas, en las que se ofrecerá información veraz sobre nuestros cuerpos y procesos, y en la que se recupere la confianza en ellos, para superar miedos y prevenir bloqueos, y llegar al parto empoderadas.

El trabajo es de ambas partes: en cada sesión van saliendo miedos por parte de la mujer, y luego yo me dedico, durante una semana, a recopilar toda la información sobre el tema que más le preocupa.

El miedo es como una cebolla: tiene muchas capas. En la primera conversación sale un miedo, el que está más superficial, aquél en el que la mujer piensa desde que sabe que está embarazada. Depende de cada una: a lo desconocido, al dolor, a no ser capaz… Durante la semana, hasta la siguiente cita, recopilo información, herramientas, etc. para poder ofrecer opciones a la mujer para gestionar o superar ese miedo, y de eso tratamos en la cita en su casa. Durante la interiorización de esa información, y en la conversación con ella, sale el siguiente, el miedo que estaba “bloqueado” por el primero. Mi trabajo vuelve a empezar para ofrecer de nuevo opciones la semana siguiente.

Y ésto, sin olvidarnos del padre, el encargado, al final, de acompañar a su mujer en ese momento, que también tiene sus miedos, que lógicamente son diferentes a los de la mujer, abriendo vías de comunicación entre ambos para que los dos sepan lo que esperan y lo que deben dar en el momento.

Y reservando, naturalmente, unos días para hablar de la crianza, de la lactancia, del puerperio. Son los grandes olvidados del proceso, porque normalmente olvidamos que el parto es un momento, un punto de inflexión importantísimo, que da lugar a una situación nueva que va a duran toda la vida.

De esta manera, el parto será como sea, pero será de la mujer y de su hijo, y el compañero tendrá el protagonismo que merece.

No prometo partos cortos, ni fáciles, ni indoloros. Nadie sabe cómo será un parto, y francamente, no creo que sea tan malo un parto largo (que nos puede hacer sentir mucho más poderosas que uno corto), ni un parto difícil, ni un parto doloroso. Creo que lo malo es tener un parto lleno de miedos, en el que nos sintamos inseguras y pequeñas de principio a fin. Se trata, no de aspirar a un parto sin dolor, sino a saber cómo manejarlo cuando éste llegue, y sobre todo, de no generarnos expectativas irreales que nos hagan imaginar partos ideales o que nos dificulten integrar un parto que no es el soñado.

Ofrezco la posibilidad de llegar a ese momento empoderada para sentirse poderosa y dueña del proceso. Y eso, a través de la información y el acompañamiento.

 

19 febrero, 2015
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Carta al director de Diario de León

A la att. del señor director del Diario de León:

Estimado señor:

Diario de LeónMe dirijo a usted con motivo de la publicación de una foto en la que aparezco en el diario que usted dirige, para ilustrar una información (o mejor, una desinformación) sobre las doulas.

Soy doula, y como tal se me pidió desde el Diario hace unos meses, una entrevista para explicar cuál es el ámbito en el que trabajo. Para ilustrar aquella entrevista, por cierto, llena de errores que tuve que matizar a través de mi blog, casi punto por punto (http://personal.latetaymas.com/blog/la-teta-y-mas-una-doula-en-leon/) se hizo una foto en casa de una clienta y amiga, para la que ambas dimos nuestro consentimiento, por supuesto, en aquel contexto y para ilustrar aquella entrevista.

Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando veo esa misma foto, mi cara, ilustrando una noticia de agencia en la que se acusa a las doulas, entre otras cosas, de incitar al canibalismo.

Además de doula, soy periodista de formación y de vocación, y como tal trabajé hace años. Entiendo cómo funcionan las cosas con las agencias: yo te vendo una noticia, y si quieres, por un poquito más, te vendo la imagen. Y tú dices “dame la noticia pero mira, imagen ya tengo, que creo que algo hay por ahí”. Y ya ni se valora.

Si el  diario me hubiera llamado para contrastar la sarta de barbaridades ofrecida por el consejo de enfermerías, no me hubiera molestado, ni hubiera puesto pega alguna. Pero es que lo único que aparece de una doula, que soy yo, es mi cara, justo al lado de un ladillo en el que se dice que las doulas obligan a las mujeres a comerse su placenta.

Así que, ya que no se me ha pedido, pero sí se me ha utilizado, me gustaría dejar claro lo que hacemos y lo que no hacemos las doulas, y lo que pienso del informe de marras.

Para empezar el escrito firmado por el señor Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Colegios de Enfermería, es un escrito lleno de, voy a decir errores e inexactitudes. Prefiero achacar las barbaridades que se describen a la ignorancia y el prejuicio, que hablar de ello directamente como mentiras, porque lo segundo implicaría delito. En primer lugar, y creo que es lo más destacable, es que las referencias que aporta en cuanto a enlaces citados son TODOS de páginas y artículos de matronas. Se cita, por ejemplo, el blog personal del Centro Hebamme, que es un centro gestionado por matronas, concretamente por Choni Gómez, una gran profesional que ha dedicado su vida a la atención SANITARIA (porque es enfermera/matrona) de la mujer en sus procesos, siempre desde la evidencia científica avalada por organismos internacionales, como la OMS. Se cita también un artículo aparecido en el blog de la asociación El Parto Es Nuestro, titulado No te bajes las bragas, que está firmado por otra matrona, y sin tener en consideración que dicha asociación es la más importante que aglutina usuarios y profesionales para mejorar la atención al parto en este país, y que ha participado en la elaboración de la Estrategia de Atención al Parto Normal firmada por el ministerio de sanidad.

Respecto a la actividad de las doulas…

Una doula acompaña a la mujer en sus procesos, no juzga, no obliga ni sugiere, no está para eso. La doula no es personal sanitario, y por lo tanto, no asiste; queda claro siempre (o debería) que la asistencia sanitaria la provee la profesional más capacitada para ello, que en este caso es la matrona, pero siempre teniendo claro que es la mujer la que decide. Y no decide si quiere que la asista una doula o una matrona; decide si quiere recibir asistencia sanitaria o no. Y puede ser que decida tener asistencia sanitaria y no tener la compañía de una doula, o que quiera la compañía pero no la asistencia, o que quiera ambas cosas o no quiera ninguna. También puede ser que una mujer quiera parir acostada o que prefiera hacerlo de pie, o que quiera la epidural o no la quiera, o que prefiera una cesárea programada por miedo o por trauma, …

Doula es una palabra griega que significa Esclava. De hecho, el matiz es tan duro en cuanto al servilismo, que en Grecia a las doulas no se las llama doulas, sino Paramanas, que viene a significar algo parecido a “Comadre”. ¿Cómo es posible, pues, que una esclava obligue?

Sobre la placentogia… Creo que es una cuestión anecdótica, pero por sus características, es lo que más ha dado que hablar. No voy a entrar en temas científicos; no voy a empezar a enumerar los estudios que hay sobre el tema, tanto en animales (la totalidad de mamíferos en la naturaleza, se comen la placenta) como en distintas sociedades (ninguna de ellas caníbales). Pero puesto que mi cara aparece justo al lado de la afirmación de que las doulas obligamos a las mujeres a comerse su placenta, diré que no conozco personalmente a ninguna mujer que lo haya hecho. No he hablado de placentofagia con ninguna mujer, a no ser que me hayan preguntado primero por el tema, en cuyo caso les he facilitado la información de que disponía sobre ello, igual que sobre todo aquello que la mujer a la que acompaño necesite y demande. Y no encapsulo placenta.

Estos días las redes están incendiadas con este tema. Muchas matronas y enfermeras se han sentido ofendidas por el informe (no sólo las citadas directamente en él) y por supuesto se están escribiendo entradas por parte de doulas en muchos blogs de maternidad. Pero de verdad que me gustaría que alguien se molestase en ponerse en contacto con alguna madre que haya tenido los servicios de una doula.

El perfil de mujer que solicita los servicios de una doula es de una estatus cultural medio-alto, con estudios superiores. No son mujeres tontas a las que se pueda manipular u obligar a hacer algo que no quieran. Tal vez es eso lo que molesta: mujeres que no están dispuestas a tragar protocolos obsoletos que la ven como un objeto del que extraer un producto, y que buscan información y apoyo para convertirse en lo que deben y quieren ser: sujetos de su propia vivencia sexual.

Para finalizar, y después de exponer mis razones, quiero que entiendan la exigencia que viene a continuación. Estamos en una provincia pequeña, en una ciudad pequeña, donde hay muy pocas doulas trabajando. Mi cara ilustrando semejantes barbaridades menoscaba mi derecho al honor reconocido en la constitución, y puede perjudicarme gravemente en mi vida profesional. Por eso, pido, pero con un toque de exigencia, que sea publicada esta rectificación en un lugar visible y proporcional de su periódico. No sólo es por mi. La mujer que aparece a mi lado no tiene por qué quedar como la loca mujer que se dejó comer la cabeza por una bruja caníbal, entiéndanlo.

Sin más que añadir, se despide atentamente

Raquel García

Doula, Asesora de Lactancia, y activista en pro del derecho de las mujeres a decidir.

14 octubre, 2014
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Mejor sin niños

Empiezo a escribir esto, casi con prevención, así que aviso. Esas líneas son sólo una reflexión, que no pretenden adoctrinar a nadie, ni son, ni de soslayo, una declaración de “buena madre” ni nada por el estilo. Es sólo que cuando se tiene tiempo, a veces, te dedicas a masticar algo que oíste hace tiempo, y te das cuenta de que lo tienes ahí y necesitas escribirlo para ordenarlo y para comprobar, tú también, si tiene algún sentido.

Y eso que oí-vi escrito hace tiempo, y que lo llevo masticando desde entonces es la recomendación de “mejor sin niños”.

A ver, que no se trata de que alguien me haya citado para una reunión de un comité de empresa, o de una junta directiva de un banco, o similar y me haya pedido que mejor vaya sin niños, no. Nunca he estado en una de esas reuniones, pero estoy casi segura que en sus citaciones no viene esta muletilla, porque “se supone”. No. Me refiero a una reunión de padres de alumnos, por ejemplo, o de profesores y padres, o de catequesis. Todas ellas con la excusa de hacer cosas “por el bien del niño, pero mejor sin niños”. Suena a aquello de “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.

La recomendación o mejor, petición, es fácil de entender. Parte de la premisa de que los niños dan mucho el coñazo. Bueno, no. Que se aburren, y claro como son niños, pues luego se mueven y tal. Vamos, que dan el coñazo. Que digo yo, que ya que pedimos que no estén, seamos sinceros con lo que sentimos.

La cosa está tan extendida, que a mi me han llegado a preguntar si se puede asistir a una reunión de un grupo de apoyo para la lactancia con niños. Incluso, ya el colmo, una mujer llegó a decirme, al concertar una cita para una consulta de lactancia, que tal hora era mala, porque entonces tendría que traer al bebé; que digo yo, cómo narices voy a llevar una consulta de lactancia sin el lactante. Sólo falta que cuando pidamos hora para el pediatra, nos digan que mejor, sin niño, no vaya a ser que nos distraiga de lo principal.

El caso es que hay mucha gente que no puede evitar ir con niños. La mayor parte de las veces, es porque no tiene con quién dejarlos, y entonces se ven en la terrible necesidad de pedir disculpas por tener hijos, aunque la reunión sea, precisamente, para padres. Pero también hay veces que te encuentras con quien, simplemente, no le da la gana ir sin niño. Y mira, me parece bien. Y lo dice quien suele ir sin ellas.

Voy sin ellas ahora, claro. Que es cuando ellas rara vez quieren venir conmigo.

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El caso es que no puedo evitar pensar en el libro de Jean Liedloff,  El Concepto del Continuum; en su descripción de la relación de los Yekuana con sus hijos, Liedloff no dice nunca que los niños fueran molestos. De hecho, los niños no estaban con otros niños (no sólo), sino con niños de otras edades, y con adultos. Mientras no podían caminar por si mismos, en brazos de sus madres, y en cuanto podían hacerse cargo de pequeñas tareas, las hacían. Por supuesto, nadie en la tribu esperaba que un niño de 2 años terminase una tarea, pero se animaba a hacer cositas; y nadie pensaba que fueran molestos.

Eso me lleva a mi propia experiencia.

Cuando empecé con la cosa esta de La Teta, lo hice con mi comadre Raquel Balbuena. Yo creo que todavía estamos en la memoria de alguien, con nuestros hijos pequeños a cuestas, y llevando el material para dar un taller o charla; incluso amamantando mientras le dábamos al “Enter” de la presentación en power point de turno. Recuerdo un taller en concreto. Fue el taller que supuso la norma de “no más de 10 ó 12 personas por taller”, porque fue una locura. Nos invitaron en Valladolid, y se juntaron veintimuchas personas en un aula no muy grande; en la parte práctica (era un taller de portabebés) se hicieron un montón de grupitos, y Raquel y yo íbamos de uno a otro, dando instrucciones, corrigiendo nudos, etc. Nuestros hijos, entonces de dos y tres años, simplemente iban detrás de nosotras, entre aquella multitud de piernas, brazos y extremos de fulares, sin decir ni mu. En más de dos horas no pudimos hacerles caso, y ellos lo llevaron con la paciencia de quien sabe de qué va el tema.

Cuando di el salto a la tienda, la cosa cambió. Las niñas estaban poco tiempo en ella, y era porque, la verdad, era un coñazo tenerlas allí. La mayor nunca había venido conmigo a ninguna charla o taller (no había coincidido), y cuando entraba alguien se ponía a hablar en plan Pepito Grillo, y no me dejaba meter a mí baza, y la pequeña, en cuanto veía que me ponía con un cliente, me reclamaba y tenía que cogerla y darle teta. Imposible. Así que, “mejor sin niños”, se iban con mis padres durante mi jornada.

Profesion-de-padres

Pero, ¿qué hubiera pasado si en lugar de las charlas y los talleres, que la pequeña integró tan bien, y que sabía cómo debía comportarse, hubiera tenido una tienda desde el principio? ¿Qué hubiera pasado si mis hijas, las dos, hubieran pasado tiempo en mi lugar de trabajo desde su nacimiento? Ahora atiendo en casa, y la verdad es que no dan ningún problema. Es más: muchas veces me resultan de mucha ayuda.

Recuerdo hace (mucho) tiempo, vi un reportaje fotográfico sobre una inusual redacción de una revista de maternidad. En ella, las redactoras (todas mujeres) iban al trabajo con sus hijos, de varias edades. Había carritos, fulares, tetas, parquecitos… La revista salía a su hora, con todos sus contenidos y sin ningún problema.

¿Puede ser que al sacar a los niños de nuestras rutinas de adultos les hagamos unos inútiles a la hora de integrarse en nuestra vida diaria? Si ellos deberán ser algún día adultos, que ocuparán trabajos y tendrán esa misma rutina, ¿por qué los alejamos y sólo permitimos que estén con otros niños de su misma edad? ¿Son un coñazo por si mismos, o les hemos convertido en un coñazo a fuerza de alejarlos, inutilinándolos para convivir en nuestro mundo?

Que sí, que ya sé que es fácil mirar las cosas desde esta perspectiva “niño-centrista”, cuando te dedicas a lo que me dedico yo o a lo que se dedica mi marido, pero que otra cosa sería ir al banco y encontrarnos a la cajera dando teta mientras cuenta billetes, al encargado de la tramitación de hipotecas mirando de reojo a su churumbel en un parquecito con juguetes y a la directora acunando a su rorro en el cochecito.

Bueno, igual no era un mundo tan malo, ¿no?

11 septiembre, 2014
por admin
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De intrusismos y otras usurpaciones

Hace 15 años me licencié en Ciencias de la Información. Eso me convierte en teórica de la comunicación. Además, trabajé como periodista durante algún tiempo, así que puedo hablar desde la teoría y desde la práctica. Y hoy, os voy a dar una lección de Teoría y Práctica de la Comunicación, con permiso, claro, de los profesores de periodismo que andan por las diferentes facultades que se reparten a lo largo y ancho del territorio nacional.

La información es un producto, igual que lo es el tomate, o el algodón. Este producto se puede consumir tal cual, igual que cuando consumes un tomate directamente de la cesta, o se puede procesar, como se hace con los tomates que entran en las fábricas de salsa. Y el periodista puede ser un obrero en la cadena de la fábrica de salsa, o, cada vez más, un trabajador autónomo como el agricultor almeriense.

Es decir, tú puedes consumir la información directamente, sin filtros, porque además ahora hay un acceso libre a todo tipo de información, o puedes pedir que alguien recopile toda la información que te resulte interesante, la ordene, la procese, la explique y le dé forma, y bien te la ofrezca directamente a ti o bien la procese para algún medio que luego tú consumas (recomiendo más la primera opción que la segunda; de toda la vida de dios, mejor comprarle la salsa a un artesano que a una fábrica, que vete a saber tú los colorantes que le echa).

Desde el punto de vista teórico, el periodista es el profesional que garantiza el acceso de todos a toda la información que le sea pertinente y necesaria. Y es una labor tan importante, que ese acceso está garantizado en el artículo 20 de la constitución española, es decir, dentro del grupo de artículos que recogen lo derechos de especialísima protección, aquellos que son directamente exigibles a través de los tribunales sin necesidad de que exista una ley que lo desarrolle. Para que nos entendamos: aunque el derecho a la vivienda está recogido en la constitución, por el lugar donde está nadie puede exigir directamente a los tribunales que le sea facilitada una vivienda, aunque se supone que el legislador debe proveer al ordenamiento de una norma que lo garantice; pero yo sí puedo ir directamente a un tribunal de primera instancia y reclamar que se me facilite determinada información si algún poder público me la ha escatimado, sin necesidad de que haya una ley que desarrolle ese derecho.

Y esto es así, porque aunque la gente no se lo llegue a creer, la información es un bien muy valioso para que una democracia sea efectiva, y no sólo en lo que a política se refiere. Cuando se llamaba al periodismo “Cuarto Poder”, sin duda se hacía tomando el supuesto control a los poderes públicos como referencia. Pero lo cierto es que, salvo en los países donde el periodismo es una profesión relevante y respetada, esto no es así en la práctica: los periodistas al final trabajan para medios, que suelen estar vendidos a los mismos poderes públicos ante los que deberían ejercer un control. Y así no se puede, claro.

Pero la vida en democracia y en igualdad, va más allá del conocimiento que se tenga sobre los asuntos políticos. La vida en democracia e igualdad se basa, en primer lugar, en la capacidad de todos los ciudadanos de tomar decisiones libres sobre todos aquellos asuntos que le incumben, que tienen relevancia en su día a día. Porque una vez solventado esto, lo demás vendrá solo.

Quiero decir que mientras la mayoría de los ciudadanos (y ciudadanas, claro) no sean plenamente consciente de que tienen derecho a conocer todos aquellos aspectos de cualquier disciplina que tenga que ver con su vida, y que deben reclamar ese derecho para poder decidir, dentro de las diferentes opciones, la que quieren para ellos, no entenderán que también pueden hacer lo mismo con la vida de su barrio, de su pueblo, o de su país.

Sigamos.

Dentro de los periodistas (y del periodismo), hay aquellos profesionales que no están especializados en ningún tema, que sin saber de nada son expertos de todo, que suelen ser los de los medios locales, y aquellos que están especializados, en economía, por ejemplo, e incluso, hiperespecializados, en información bursátil, por seguir con el símil. Aunque existen postgrados en las especialidades más comunes, lo cierto es que la especialización de los periodistas es, en la mayoría de los casos, de oficio. Es decir: el que se ha especializado en información bursátil no es porque después de la carrera haya hecho un postgrado en periodismo económico o en periodismo bursátil, sino que como le ha tocado ir a cubrir la bolsa durante tiempo, al final su jefe siempre le manda a él, porque así su trabajo es más eficiente que si enviase a otro que ha hecho todos los plenos del mundo pero tendría que aprender a interpretar las pizarras.

Y dentro de las especialidades (y aquí ya me acerco yo a mi monotema) está la sanitaria. Por poneros un ejemplo, Ramón Sánchez Ocaña, periodista de pro, que a fuerza de informar sobre asuntos sanitarios, de tener que prepararse durante años un programa a la semana, se convirtió en el paradigma de periodista especializado, sobre todo en una época en la que parecía que el único periodismo bueno era el político.

¿Y por qué escribo esto? ¿Por qué me he levantado hoy con el afán de daros el coñazo con teoría comunicativa? Pues porque hace unos días (unos cuantos, lo admito), mi amiga Trini, de Canguritos, compartió un propuesta de firma de una asociación profesional sanitaria relacionada con la atención a la mujer, en la que se pedía que se dejasen de hacer actividades formativas para personas que no fueran de ese ámbito. Es decir: que nadie salvo ellos pudiera tener acceso a la información sobre embarazo-parto-puerperio. Su miedo es que haya alguna persona que, teniendo esa información, se tome la libertad de informar a las mujeres sobre esos procesos, y lo haga fuera del ámbito sanitario. Así que lo que quieren es que esa información sea privativa de esos profesionales y sean ellos quienes la administren y decidan lo que las mujeres pueden y no pueden saber y en qué canales pueden y no pueden encontrarla.

Cuando me enteré, lo primero que me salió es la reacción de teórica de la información: la información es pública, no puede ser privativa de un sector, aunque se refiera a ese sector. Es decir, que por muy sanitaria que sea la información, el sector sanitario no puede apropiarse de ella, porque hacerlo va directamente contra la constitución.

Luego, me salió el ramalazo de mujer activamente feminista: la apropiación, por parte del sector sanitario, de información relativa a mi salud sexual y reproductiva, limita mi libertad de decisión en esos procesos, puesto que puedo sospechar que quien no quiere que esa información sea de acceso público, lo que quiere en realidad es ocultarme algún aspecto de la misma, lo que directamente menoscaba mi libertad a la hora de elegir la atención que quiero, puesto que no puedo valorar todos los supuestos.

Y después, y por eso he tardado tanto en escribir esto, me sale la vena de periodista educada en la mala leche: si hablamos de intrusismo, me toca directamente, que ya me toca los cojones que todo el mundo se crea con el derecho y la capacidad para tratar la información de manera veraz e inteligible por las personas a las que va dirigida: señoras y señores del sector médico-sanitario relativo a la salud sexual y reproductiva de las mujeres: si yo no me dedico a hacer su trabajo, ¿por qué narices hacen ustedes el mío? Les puedo asegurar que informo yo mucho mejor que ustedes, aunque solo sea por la práctica, y por eso que tan importante les parece ahora, que es un título. ¿Tienen ustedes título alguno que les capacite para informar? Yo sí.

Y para todos aquellos que vengan ahora y me digan aquello de “pues mi vecino del quinto no pasó del Bachiller y está en no sé qué tele”; o “la prima de la mujer de mi cuñado hizo Filosofía y Letras y hace un programa en no sé qué radio”, les diré: Si tampoco hace periodismo para ejercer de periodista, entonces para informar no hace falta un título, luego que no me venga la peña diciendo que para acompañar a una mujer y facilitarle información sobre sus procesos necesito tener un título.

Es un silogismo, simple y directo.

Edito a la vista de los malos entendidos que ha suscitado esta entrada. Obviamente, cuando escribo espero una reacción, y entiendo que hay quien no comprende el sentido de todo lo que escribo; pero en este caso ha habido un número inusualmente alto de personas que lo han malinterpretado. Si eres una de esas personas, te ruego que inviertas un poco de tiempo en leerlo de nuevo con el modo ironía on. Por supuesto que entiendo que, tal y como me han recordado muy amablemente en Facebook, sólo faltaría que para pasar los informes al ordenador, los datos del parto etc se necesitase un secretario o apuntador y un periodista para informar a la paciente (que molará el día que una mujer de parto deje de ser una paciente) un electricista para q enchufe el monitor y encienda la luz, etc. Lo que he tratado de hacer es ponerme en el lado contrario de quien no quiere ver más allá de su título

2 agosto, 2014
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Hablo por mi, y sólo por mi

Hace días que las redes son el escenario de un agrio debate sobre si las Asesoras de Lactancia deben o no cobrar. Y como hay un trozo de la cuestión que me toca, voy a aclarar cosas, sobre todo porque entre lo último publicado (disculpad, pero es que no voy a compartir enlaces, porque me parece que ya hay bastante, que cada uno publique lo suyo) creo que hay algo que va totalmente contra quienes ejercen su actividad de la manera más ética posible, y esto va a perjudicarlas y de paso, a las mujeres que han confiado en ellas y ahora no sabrán qué pensar. Porque al final eso es lo que importa: las mujeres y sus hijos.

Como vivimos en el país de las titulitis, voy a referirme primero al famoso “Título de Asesora de Lactancia”. Voy a volver a recalcar algo que repito más que el chorizo: no existe ningún título oficial en España que reconozca a nadie como asesor o asesora de lactancia. Hay formaciones de doulas o de asesoras de maternidad (que tampoco son oficiales) que recogen en sus temarios cuestiones sobre lactancia materna. Hay asociaciones de grupos de apoyo que ofrecen, para sus voluntarias, formaciones para que ejerzan su voluntariado. En España, como en muchos otros países, se celebra una vez al año, un examen para acreditarse como ibclc, que es una certificación internacional, pero que tampoco tiene ninguna validez legal real. Y luego la federación que aglutina a  las asociaciones de grupos de apoyo, tiene una formación de la que quien la hace, sale con el título de Asesora de Lactancia, para ejercer de manera voluntaria al amparo de cualquiera de esas asociaciones. Una vez más, no tiene acreditación legal ni por parte del Ministerio de Educación, ni por parte del Ministerio de Sanidad.

Si hacemos historia, hasta 1923, en este país, no había un título legalmente reconocido para ningún sanitario no médico que asistiera partos. Fue entonces cuando los Auxiliares Técnicos Sanitarios se pudieron acreditar, legalmente, para asistir el parto normal. En casa de mis abuelos todavía está colgado el diploma de mi abuelo Terenciano, en el que se acreditaba como tal: “Se acredita a D. Terenciano García Zamora como Auxiliar Técnico Sanitario acreditado para la asistencia del parto normal. A (no me acuerdo la fecha exacta, lo siento) de 1923. D. Alfonso XIII Rey”.  Hasta entonces, quienes asistían a la mujer de parto podían ser desde el médico del pueblo, si lo había, hasta el veterinario, pasando por vecinas, amigas, cuñadas, o tu madre.

Vale, ahora voy a hablar por mi, y sólo por mi.

Yo soy voluntaria en una asociación de grupos de apoyo. Tiene su propia formación para sus voluntarias, y yo no hice nunca ninguna otra formación “oficial”. A pesar de que desde el principio de mi lactancia tuve claro que quería ejercer como voluntaria en esa asociación, las escasez de formadoras hizo que la cosa se alargara mucho. Cuando por fin pude empezar, yo ya había iniciado mi auto-formación. Busqué, hablé con iblcl’s, hablé con madres con problemas y seguí buscando, investigando. Cuando me trababa con algo, acudía a alguna “amiga de la red” con más sabiduría y experiencia que yo, que me ponía en el buen camino para seguir investigando. Es una dinámica que aún hoy, no he abandonado. Aunque tuviera un título “oficial” no me permitiría a mi misma quedarme en esa especie de “funcionariado” del que se cree que ya lo sabe todo. El caso es que cuando por fin empecé mi formación como voluntaria insistí en que mi formadora me ayudara sobre todo a actuar de manera tal que no mezclara ambos mundos: el del voluntariado con el profesional remunerado, que yo ya había comenzado. Era una cuestión de deontología profesional. Tuve incluso un pequeño problema que me hizo plantearme mi voluntariado, porque no quería que la asociación a la que pertenecía se viera afectada, y por supuesto, no quería que ninguna madre creyera erróneamente  que una voluntaria cobra. Hice ejercicios, y discutí mucho, mucho con mi madrina (y aquí empleo el término discusión, como  intercambio de ideas para avanzar juntas, no un encono absurdo, como el que estoy viendo por ahí). Y otra cosa: la formación de mi asociación la pagué, por supuesto, pero no me pareció cara, ni me resulta gravoso seguir con ellas, porque, aunque somos poquitas en mi comunidad autónoma, nos llevamos bien, y entendemos los problemas y limitaciones de cada una, así que los viajes que hacemos, que son para vernos, los hacemos en función de esos problemas.

Yo no me he pagado formación destinada a voluntarias, sino módulos en formaciones internacionales on-line, porque no tengo disponibilidad para hacerlas presenciales, o con gente de mi entera confianza de la que sé que puedo aprender, no sólo materia nueva, conocimientos nuevos que me hagan crecer, sino una forma ética de hacer las cosas. Y si no puedo pagar a esas personas, les propongo un trueque. Y si no, me espero a poder pagarlas.  Y no hago esas formaciones para poner un título en la pared, porque soy consciente de que me daría igual, porque no existe ningún título oficial que reconozca a nadie en este país como Asesor de Lactancia. Las hago para poder ofrecer a las mujeres que atiendo cada vez más conocimientos y por lo tanto, más opciones.

Y si cobro, no es porque espere recuperar mis “inversiones” en esas formaciones, sino porque quiero dedicar todo mi tiempo a este trabajo, aunque no gane mucho dinero. Si lo hiciera sólo de forma voluntaria tendría que buscar otro trabajo que probablemente no me llenase más que el tiempo que le puedo dedicar a una mujer.

Y además, sigo ofreciendo mi voluntariado, que además enriquezco con mis propios conocimientos, pero que ejerzo siguiendo las normas que impone mi asociación para ejercerlo.

Decir que quien quiere dedicarse a esto se aprovecha de que una mujer puede estar tan desesperada que pagaría aun a quien no debe cobrar es, por un lado, desacreditar a las asesoras que ejercen de manera responsable y con una ética intachable; por otro, liar aún más a las madres que pueden no tener un grupo de apoyo cerca, o puede ser que no quieran acudir a uno (yo tuve una clienta que le daba vergüenza ir a un grupo de apoyo, prefería pagar, y estar sola con alguien a quien contar cosas que jamás contaría en un grupo o a una voluntaria, y es su libertad). Puede ser que la que ya ha acudido y pagado a una asesora ahora se sienta mal, y sienta que hay algo que no ha hecho bien y vuelva a tener problemas. Y sobre todo, es una muestra de paternalismo hacia la mujer que busca y decide. Y algo muy sencillo de decir por parte de un sanitario o una matrona, el criticar a alguien porque cobra por dar su tiempo cuando ellos cobran al final de mes una nómina.

En fin, que no quiero contribuir a la polémica, porque de hecho, no creo que deba haber polémica. Creo que todos deberíamos remar en la misma dirección, que es mejorar el cuidado de madres y niños y crecer todos. Pero ya que nos ponemos a descalificar, por lo menos que quien ha decidido llamarme para que las acompañe esté tranquila con la elección que ha tomado.

30 julio, 2014
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¿Negocio?

ENFERMERA ASISTE A UNA MUJER EMBARAZADA EN SU DOMICILIOFOTO BRUNO MORENO

Ayer escribí un desahogo en el Facebook de La Teta y Más. Lo cierto es que era sólo eso: un desahogo. Y lo escribí porque el muro es mío, y puedo hacerlo, no hay otro motivo, de verdad. No son indirectas, ni quiero resultar hiriente ni quiero que nadie se ofenda. Es sólo que tengo un muro en facebook (bueno, tengo dos, pero en el otro no escribo estas cosas) y creo que puedo escribir lo que me apetezca.

Como el muro es público, no lo tengo restringido a nadie, no me voy a quejar por lo que surgió después. Si me diera miedo el debate, haría como otros muros, que restringen o moderan o tienen políticas de privacidad muy estrictas, pero lo cierto es que la censura siempre me ha parecido mal, y cuando he sido objeto de un lápiz rojo me ha sentado como un tiro, así que, salvo salidos que buscan la palabra teta a ver si ven una para aliviarse, no modero ni un solo comentario, y suelo contestar, salvo que no los vea, que también pasa.

Lo cierto es que el desahogo, ha terminado en una cuestión desagradable y una entrada en otro blog hablando del supuesto negocio de las asesoras (que yo no me había enterado que la peña se hace rica con esto, a ver si me ponen al día que tengo la cuenta temblando), y sobre si es legal o no llamarse asesora de lactancia y no ser voluntaria de un grupo de apoyo.

Primero voy a decir algo: yo soy voluntaria en un grupo de apoyo. Amo esa asociación, a las mujeres que la integran y el tiempo que paso en ella. No me arrepiento en absoluto de pertenecer a su familia, y me enorgullezco plenamente de la labor que realizo junto con otras mujeres, especialmente con mi compañera, que fue mi madrina cuando quise ejercer mi voluntariado con ella. Si no nombro esta asociación no es porque me pueda avergonzar o porque no crea en su labor, sino por respeto a ella y a sus principios fundamentales. Y porque mi voluntariado no tiene por qué ser público (ya lo dice la biblia, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha).

Además, a esa asociación le debo mucho, igual que muchas otras madres y familias. Le debo la lactancia de mi hija pequeña, a través de las manos amorosas, la paciencia y el apoyo de la voluntaria que me ayudó. Por eso en mi práctica privada, siempre remito a sus reuniones mensuales.

Y le debo el descubrir que yo deseaba dedicar todo mi tiempo a ello, que no quería trabajar en otra cosa, que me sentía plena y feliz viendo la sonrisa de una mujer que consigue amamantar a su bebé. Eso es fundamental.

Y esto me lleva al tema de cobrar.  Porque si quiero dedicar mi tiempo completamente a ello, o soy millonaria, que no es el caso, o tengo un marido ingeniero, que tampoco, o cobro por ello.

Se supone que no puedo llamarme a mi misma Asesora, porque por lo visto en algún momento se decidió que las Asesoras de Lactancia son sólo voluntarias, no pueden cobrar. Yo no lo sabía, no me había llegado la honda. Y al de Hacienda cuando mi di de alta como Asesora, pues tampoco. El caso es que en Hacienda no me puedo dar de alta ni como doula, ni como consultora, ni como facilitadora… si quiero hacer las cosas bien, y registrar mi actividad en la administración, sólo puedo hacerlo como Asesora. Ahora, bien, si eso molesta, de verdad que no lo vuelvo a usar. Realmente suelo usar el término Doula, que me gusta más, sobre todo porque abarca más aspectos, y no sólo la lactancia. Pero lo cierto es que una doula no tiene por qué saber mucho de lactancia, porque también está a otra cosa; pero vale, puedo ser doula “especialista” en lactancia. Pero tampoco, porque no existe una titulación reglada que me califique de “especialista” en lactancia, así que la experticia me la atribuyo yo.

Y aquí llegamos a otra cuestión, y es lo de los títulos reglados.

Se ha dicho que las únicas que están capacitadas para cobrar por una consulta de lactancia son las ibclc, que son unas personas (hombres o mujeres) que pasan un examen, que es cierto que cuesta una pasta, que las acredita ante una organización internacional como expertas en lactancia. Y para demostrar que se reciclan, tienen que pasar un examen cada 5 años. No les quito el mérito. Pero lo cierto es que en España ni el ministerio de Sanidad ni el de Educación tienen homologado el título de ibclc. Yo puedo colgarlo en la pared de mi casa, igual que puedo colgar otros que he podido conseguir y que haya impartido Fulanita que sabe mogollón. Y entiendo que la cosa fastidia, porque para ser consultora certificada tienes que esforzarte un montón, pero es que legalmente, es lo que hay.

Por lo mismo, cuando alguien dice que usar el término Asesora de Lactancia para llevar a cabo una labor profesional (remunerada, se entiende) es “sencillamente ilegal”, pues no voy a decir que mienta, porque probablemente esa no sea su intención, pero lo cierto es que falta a la verdad. Ilegal es que, por ejemplo, yo me haga pasar por matrona sin serlo, porque las matronas tienen una titulación y un ámbito de actuación legalmente establecido y protegido, y por lo tanto, ni ellas pueden salirse de ese ámbito, ni otra persona puede entrar en él (salvo que seas ginecólogo, pero eso es harina de otro costal y tema de otro post). No puedo hacerme pasar por abogado sin serlo, por lo mismo. Pero mira, y hablando de algo que sé: tú puedes llegar a un periódico y decir que eres periodista que, a pesar de que hay una titulación legalmente reconocida, como lo que no está establecido por ley es su ámbito de actuación, pues cualquiera puede decir que es periodista sin serlo (y así le va al país).

Y sobre todo, lo que más me ha dolido, es que se hable de las asesoras que no son voluntarias como parte de un negocio millonario. Y me duele, lo primero, porque se utiliza lo de “hacer negocio” como algo malo, de lo que huir, y todavía no entiendo que Emilio Botín pueda ser millonario robando a la peña y yo no pueda ganar dinero con mi negocio. Y luego porque ya puedo decir que ni de coña es un negocio millonario. Vamos, no puedo hablar por boca de otras mujeres que trabajen como (venga, va) consultoras-facilitadoras de lactancia o doulas, pero en mi caso, después de pagar a hacienda, a la seguridad social, el mantenimiento de mi alojamiento web, el de la tienda on-line, los préstamos, comisiones bancarias y tal, pues vamos, que ya. Que con suerte me puedo pagar un café. Y digo con suerte, porque lo más fácil es que alguna de las cosas arriba citadas se tengan que pagar con el otro sueldo. O con aportaciones familiares de padres-tíos-abuelos.

Y una cosa más: se hace daño a la voluntaria, porque no se poner en valor, o mejor, se quita el valor de lo que hace. Porque no es lo mismo decir que lo que haces sólo lo puedes hacer de forma voluntaria, y que por lo tanto, tu trabajo no vale nada, que decir que tu trabajo vale un dinero, pero que tú en ese momento, lo quieres regalar. No es lo mismo ser “una mamá con experiencia”, que como no hace otra cosa, apoya a otras mamás, que ser una mujer formada (y muy bien formada, he de decir), que tiene la generosidad de compartir esos conocimientos con otras mujeres que la necesitan. No es lo mismo.

28 abril, 2014
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Carta de una madre a su pareja

Me veo de nuevo ante la pantalla del ordenador para escribir una carta. Esta vez, no se trata de una carta a una madre, sino a su pareja. Y lo hago por varias cosas.

Primero, porque realmente creo que es necesario. De hecho, cuando una mujer me pide que la acompañe en su embarazo, la mayor parte de las sesiones son conjuntas con la pareja, y al menos una de ellas es sólo con el padre (he empleado el término “pareja”, porque entiendo que, aunque la mayor parte de las veces, es un hombre, hay parejas, que van a tener un hijo biológico,  integradas por dos mujeres). Realmente creo que es importante, porque pedimos que nuestra pareja se implique en el proceso a un nivel en el que, culturalmente, al menos en el caso de los hombres, hasta hace bien poco eran excluidos.

Pero es que además, alguna queja he recibido, una concretamente en forma de comentario, por este párrafo:

“”No, mujer.  Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.”

Al parecer nadie ha reparado en la frase “somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja…”, y se ha centrado en lo otro.

Bien, pues para que quede claro lo que yo, una madre con pareja, cree que es importante que un padre/madre sepa cuando su compañera espera, escribo esta carta:

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Querido padre/madre, pareja de una mujer que espera.

Tienes por delante una larga carrera de fondo que sólo acaba de empezar, en la que el mayor obstáculo que tendrás que salvar será la incertidumbre. Porque todo el mundo tiene claro (o parece, que luego, no te creas) el papel de tu compañera, pero nadie parece saber decirte qué pintas tú en todo esto.

Te diré que tu papel es fundamental, pero no el que crees o esperas que te digan que es: tu papel es defenderla a ella y a la unidad que va a ser junto con vuestro hijo. Eso lo primero. Y te advierto que es muy difícil, porque todo el mundo va a ir a meterse en cada una de sus decisiones. Y sí, digo de “sus” decisiones, y de verdad que lo siento, pero es que no son las tuyas.

Entiendo que la decisión de tener al bebé que ahora esperáis es de los dos; ambos vivís en pareja, sois conscientes de las responsabilidades y, si eres hombre, seguro que estás ya lejos de los roles machistas de nuestros padres, y estás deseando tomar parte activa en todo el proceso. Lo entiendo. Pero lo cierto es que el embarazo es sólo de tu compañera.

Te voy a decir algo que mucha gente no entiende.

El embarazo, para ti, es la consecuencia del sexo (si nos ponemos puristas en lo más estrictamente biológico), pero para tu compañera es parte de su vida sexual, tanto como el acto que ha llevado a que se quede embarazada. Y lo mismo pasa con el parto y con la primera crianza, en la que entran las decisiones de si se da teta o biberón, si se duerme con el bebé o en la habitación de al lado.

Para que te hagas una idea: un parto fluye tanto mejor cuanto más similares sean las circunstancias a las de una noche de buen sexo. La intimidad, la luz tenue, hacen que el parto fluya igual que el sexo lleva al orgasmo; pero el jaleo, la luz, los miles de personas que te miran y te hablan,…. ¿te imaginas tú intentando hacer nada con ese panorama?

Por otra parte, cada una de las intervenciones que se hagan en esos procesos se hacen sobre el cuerpo de tu compañera, no sobre el tuyo. Cada tacto será una mano que se mete en la vagina de ella, y créeme que nadie dirá que, para que empatices, cada vez que eso ocurra a ti te harán un tacto rectal, porque no es así: tú te libras.

Y cuando llega la hora de decidir si el bebé va a ser amamantado o se le va a dar leche artificial, no olvides que, la lactancia también forma parte del ciclo sexual de las hembras mamíferas, una fase igual de sexual que menstruar, copular, gestar o parir, y ya que es una cuestión de su vida sexual es ella quien debe decidir.

Te digo, por experiencia propia, que cuando decides amamantar y desde fuera se te quita la posibilidad de hacerlo, se te forma una herida muy difícil de cicatrizar, así que mejor no te metas.

Querida pareja de la mujer que espera.

Habla mucho con ella. Habla de lo que deseáis, pero sobre todo, de lo que desea. Procura entenderla, porque cuando llegue el momento te va a necesitar. Porque si el parto empieza a no parecerse a lo que ambos sabéis que ella quería, no va a estar en condiciones ni físicas ni emocionales para reclamar su espacio. Porque justo después del parto va a estar más susceptible y perdida, y muchas veces se sentirá inútil y sobrepasada. Y si en esos momentos no puede contar contigo tal vez crea que no podrá hacerlo jamás.

Protégela, porque hacerlo es proteger a tu hijo, y mientras ella se fortalece para colaborar también en esa tarea, te corresponde a ti.

Y mientras, no creas que dar un biberón es la única manera de colaborar; dar un biberón es fácil y no quita ningún trabajo. Tu hijo te necesita y tu compañera también. Tu hijo necesita saber que estás ahí siempre, y necesita que le cambien y le acaricien tanto como que le alimenten, y son cosas que podéis hacer los dos.

Y es un buen momento para demostrar que te ha quedado claro aquello de que las tareas de la casa son cosas de los dos: ahora son todas tuyas, porque tu compañera está a otra cosa.

Administra las visitas, invita a la gente a irse cuando empiecen a ser impertinentes, y no olvides que una frase tuya puede marcar la diferencia. Todavía hoy, casi 7 años después de mi segunda maternidad, recuerdo a mi compañero diciéndome “decidas lo que decidas sabes que estaré aquí siempre”. Y puedo asegurar que nunca me he sentido mejor, ni le he sentido tan cerca.

23 abril, 2014
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Carta a una madre: que no te engañen

Hace unos días, desde el grupo de Facebook de Mujeres Imperfectas me lanzaron un guante: escribir una carta a una mujer que esté pensando en tener hijos. La razón es eliminar del ideario común esa imagen edulcorada de la maternidad perfecta. Y me parece estupendo.

Desde mi actividad como mujer que acompaña a otras mujeres en su embarazo-parto-puerperio, una de las cosas en las que me empeño es en que las mujeres que me eligen para acompañar su camino tengan claras las expectativas, sepan la realidad de convertirse en madres. Sin tonterías. Porque quieren ser madres por todo menos porque queda bien en la foto o porque es lo que toca.

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Así que ahí va:

 Querida mujer que estás pensando en tener una criatura o que vas a tener en breve una criatura, antes de que suceda me gustaría contarte…

– Que cuando oigas que los bebés maman plácidamente en unos 10 minutos para después hacer unas cacas que huelen a rosas y dormir quietos y felices en su cuna durante 3 horas, te están mintiendo. Que cuando llegues a casa, tendrás un bebé en la teta vete tú a saber las horas, que cagará cada vez que se le ponga en las narices (y mejor así, porque si no, te preocuparás y te preocuparán) y  olerá exactamente a lo que es, y que ni de coña dormirá 3 horas; ni mucho menos quieto y feliz en su cuna.

– Que tengas claro que los bebés vienen al mundo con una alarma de “falta de proximidad”, y que no importa lo dormidísimo que tú creas que está: en cuanto su cuerpo toque la cuna llorará como un desesperado.

– Que no tendrás fuerzas ni ganas para tener la casa limpia y recogida ni para ser la anfitriona perfecta. Que te joderá horrores que venga alguien a tocarte las narices justo en ese momento en que el nene ha cogido el sueño y puedes ir al baño, o dormir un rato con él. Que te joderá aún más que la visita se empeñe en arrumacar al nene consiguiendo irremediablemente que se despierte, con lo que tendrás que volver a ponerlo en la teta, otra cagada y de nuevo a empezar el ciclo. Y que, eso seguro, cuando la visita vea el ritual tendrá palabras de desánimo y desaliento, que no solucionarán nada pero que te llenarán la cabeza de dudas y desconcierto.

– Que si hasta ahora eras una gran profesional con un montón de responsabilidades a las que nadie dudaba que eras perfectamente capaz de atender, a partir de ahora eres una niña cabezota que no escucha a nadie, que pone en peligro constante la vida de su hijo y que actúa como una perfecta idiota.

– Que los niños no distinguen el día de la noche, y que dormir más de 2 horas seguidas por la noche es cosa definitivamente del pasado.

– Que te digan lo que te digan, no se enseña a un niño a dormir, se le adiestra para que no moleste sienta lo que sienta. Y el mal rollo que esta certeza te dé, es cosa tuya. El que escribió el libro que dice lo contrario y todos lo que están empeñados en que lo pongas en práctica, estarán en su casita cuando tengas que oir llorar desesperado a tu bebé desde el pasillo.

– Que, aunque dar la teta es lo mejor para ambos (eso es indiscutible) puede haber problemas, y que tendrás a una legión de cotillas apostados contra las rocas deseando que eso suceda para poder decirte lo mal que funcionas y lo necesario que era que tuvieras biberones “por si acaso”.

– Que, si finalmente optas por dar el biberón, habrá otra legión de libre-pensantes apostados contra las rocas de enfrente, para decirte que si le das ese veneno eres la peor madre del mundo.

– Que los pediatras están apostados a ambos lados del rocaje.

– Que adelgazarás, se te pondrá cara de no salir, te apetecerá una mierda depilarte y calzarte los tacones, … y luego leerás un reportaje de la reciente maternidad de alguna famosa que está estupenda después de su parto y describe la maternidad como una experiencia religiosa que te eleva directamente al cielo. Pero pagan a una nurse desde el principio.

– Que no importa lo que decidas, siempre habrá alguien dispuesto a decirte cómo debes criar a tu hijo. Pero nadie se querrá poner en tus pantalones a la hora de dormir.

– Que no debes decir “leí esto en internet”, porque te recordarán que sabes leer y eso es malo. O que tienes internet, y eso también. O las dos cosas.

– Que ser madre es cansado, y a veces duele.

– Que es normal que haya momentos en que te den ganas de mandarlo todo a la mierda, pero no se lo podrás decir a nadie porque “ser madre es maravilloso”.

Y no me entiendas mal, mujer. Ser madre es maravilloso. Te lo dice una que lo es, y que repitió después de saber lo que entrañaba.

Pero no es bueno pensar que parir es soltar un muñeco que nos va a seguir el juego y va a quedar estupendo en las felicitaciones de navidad o super cool en el selfie de twitter. Porque no. Y no es justo pensar que es él quien tiene que adaptarse a nuestra vida, porque hemos sido nosotras quienes hemos decidido traerle (de momento, en unos meses a lo mejor la decisión es de Gallardón, y entonces sugiero que le llevéis al rorro todas las noches a dormir-cagar-mamar a su casa, y así descansais un ratito).

No, mujer. Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.

Los hijos no son de una tribu, son nuestros. Y tenerlos y ejercer la maternidad con responsabilidad es un buen ejemplo para que luego cuando crezcan sean capaces de defender también sus propias opiniones y que nadie les coma la merienda.

Pero todo esto no es fácil, mujer. Es difícil. Lleva trabajo y mucho. Y no voy a decir que conlleve sacrificios, porque creo que cuando tienes claro lo que tienes que esperar, cuando sabes a lo que te vas a enfrentar con la llegada del inquilino, entonces no haces sacrificios ni concesiones; es simplemente que reorganizas tus prioridades. O las dejas como están, pero tienes que ser tú.

Y no te dejes engañar por las entrevistas a las famosas. Eres una tía lista, seguro. Y de la misma manera que jamás te crees que su figura escultural y la perfección de sus poros no es más que un engaño del fotoshop, igual que sabes que las nubes huelen a humedad, debes tener claro que su maternidad, esa casi virginal y tan perfecta como sus piernas, es falsa.

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